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Romanos 12: El culto verdadero y el cambio esencial

Bendecid a los que os persiguen; bendecidlos en vez de maldecirlos. Alegraos con los que están alegres, y llorad con los que lloran. Vivid en armonía con los demás. Guardaos del orgullo, y no os resistáis a asociaros con la gente sencilla. No os creáis más sabios que nadie. No devolváis mal por mal. Procurad que vuestra conducta sea tal que no ofenda a nadie. En lo que dependa de vosotros, vivid en paz con todo el mundo. Queridos hermanos: No tratéis de vengaros de nadie por vosotros mismos; dejad que sea La Ira la que lo haga por vosotros; porque está escrito: «La venganza me corresponde a Mí; Yo retribuiré, dice el Señor. » Así que, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber. Al hacer eso le amontonas brasas sobre la cabeza. No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien.

Pablo ofrece una serie de reglas y principios para gobernar nuestras relaciones con nuestros semejantes.

(i) El cristiano debe arrostrar la persecución orando por los que le persiguen. Hace mucho tiempo Platón había dicho que una buena persona prefiere que le hagan mal antes que hacérselo ella a los demás; y odiar siempre es malo. Cuando un cristiano es insultado o maltratado, tiene el ejemplo de su Maestro, Que pidió el perdón de los que Le estaban crucificando.

Una de las más fuertes fuerzas de atracción al Cristianismo ha sido esta serena actitud de perdón que han mostrado los mártires de todos los tiempos. Esteban murió pidiéndole a Dios que perdonara a los que le estaban apedreando (Hechos 7:60), entre los cuales había un joven llamado Saulo, que después sería Pablo, apóstol de los gentiles y siervo de Cristo. No cabe duda que el impacto de la escena de la muerte de Esteban fue una de las claves de su conversión. Como dijo Agustín: « La Iglesia debe Pablo a la oración de Esteban.» Muchos perseguidores han llegado a ser seguidores de la fe que trataron de destruir al comprobar cómo perdonan los cristianos.

(ii) Hemos de alegrarnos con los que están alegres, y llorar con los que lloran. Hay pocos lazos tan entrañables como el del dolor compartido. Cierto escritor nos cuenta lo que dijo una mujer americana de color: Una señora de Carleston conocía a la criada negra de una vecina. « He sentido mucho la muerte de su tía Lucy -le dijo-. Debe de echarla usted mucho de menos, porque eran tan amigas…» « Es verdad -contestó la criada-, siento mucho que se haya muerto. Pero no éramos amigas.» « ¿Qué?

Yo creía que sí lo eran. Las he visto a ustedes hablar y reírse juntas muchas veces.» « Sí, es verdad -fue su respuesta-;nos reíamos y hablábamos mucho, pero no éramos más que conocidas. ¿Sabe, señorita Ruth? Nunca lloramos juntas. Las personas tienen que llorar juntas para ser amigas.» El lazo que producen las lágrimas une más que nada en el mundo. Y sin embargo es más fácil llorar con los que lloran que alegrarse con los que están alegres. Hace mucho, Crisóstomo escribió sobre este pasaje: «Requiere más talante cristiano alegrarse con los que están alegres que llorar con los que lloran; porque esto último se hace perfectamente por naturaleza, y no hay nadie tan duro de corazón que no llore con el que pasa por una calamidad; pero lo otro requiere un alma muy noble, que no sólo está libre de la envidia, sino que siente placer con la persona que es estimada.» Es verdad que es más difícil congratularse con el éxito ajeno, especialmente cuando supone una desilusión propia, que sentir el dolor o la pérdida de otro. Sólo cuando estamos muertos al yo podemos regocijarnos en el éxito de otro como si fuera nuestro.

(iii) Hemos de vivir en armonía con los demás. Fue Nelson el que, después de una de sus grandes victorias, dio como la razón de ésta en su informe: «Tuve la dicha de mandar a una compañía de hermanos.» Eso es lo que debe ser una iglesia cristiana: una compañía de hermanos. Leighton escribió una vez: « La forma de gobierno eclesiástico puede ser optativa; pero la paz y la concordia, la amabilidad y la buena voluntad son indispensables.» Cuando la discordia se introduce en la sociedad cristiana, se pierde la esperanza de hacer un buen trabajo.

(iv) Hemos de guardarnos del orgullo y el esnobismo. Tenemos que recordar siempre que el parámetro por el que juzga el mundo no es necesariamente el mismo que usa Dios. La santidad no tiene nada que ver con el rango, la riqueza o el nacimiento. El Dr. James Back describe una escena de una iglesia cristiana primitiva. Se ha convertido una persona importante, y viene al culto por primera vez. Entra en la habitación donde se está celebrando. El que dirige el culto le señala un lugar. « ¿Se quiere sentar ahí, por favor?» -le dice. «No me puedo sentar ahí -le contesta el hombre importante-,porque eso sería sentarme al lado de mi esclavo.» «¿Quiere usted tener la bondad de sentarse ahí?» -le vuelve a indicar el pastor. «Pero -replica el hombre-, ¡no querrá usted que me siente al lado de mi esclavo!» « ¿Quiere usted sentarse ahí?» -le dice el otro por tercera vez. Por último el hombre importante cruza la habitación, se sienta al lado de su esclavo y le da el beso de paz. Eso es lo que hacía el Cristianismo, que era lo único que lo podía hacer en el Imperio Romano. La iglesia cristiana era el único lugar en el que se sentaban el amo y el esclavo el uno al lado del otro. Sigue siendo el único sitio en el que todas las diferencias humanas han desaparecido, porque Dios no hace discriminación.

(v) Hemos de procurar que nuestra conducta sea tal que no ofenda a nadie. Pablo insiste en que la conducta cristiana no sólo debe ser buena, sino parecerlo. Hay un supuesto «cristianismo» intransigente y antipático; pero el verdadero Cristianismo es algo que da gusto ver.

(vi) Hemos de vivir en paz con todo el mundo. Pero Pablo añade dos condiciones:›(a) Dice si es posible. Puede llegar el momento en que las exigencias de la cortesía tengan que ceder el paso a las del principio. El Cristianismo no es una pachorra tolerante que lo acepta todo con los ojos cerrados. Puede que haya momentos en los que hay que librar batallas, y el cristiano no debe evadirlas. (b) Dice en lo que dependa de vosotros. Pablo sabía muy bien que a algunos les es más fácil vivir en paz que a otros. Sabía que algunos tienen que contenerse más en una hora que otros en toda la vida. Haremos bien en recordar que la bondad les es considerablemente más asequible a unos que a otros. Eso nos librará de la crítica y del desánimo.

(vii) Hemos de abstenernos hasta de pensar en vengarnos. Pablo da tres razones:

(a) La venganza no nos corresponde a nosotros, sino a Dios. En última instancia ningún ser humano tiene derecho a juzgar a otro; sólo Dios puede hacerlo.

(b) La mejor manera de ganarnos a una persona es tratarla con amabilidad en lugar de vengarnos. La venganza puede quebrantar su espíritu; pero la amabilidad quebrantará su corazón. « Si somos amables con nuestros enemigos dice Pablo-, eso amontonará brasas sobre su cabeza.» Eso no quiere decir que hará que le caiga encima un castigo peor, sino que les hará sentir una vergüenza que no podrán soportar, y que los obligará a cambiar.

(c) El rebajarnos a vengarnos es dejarnos vencer por el mal. El mal nunca se puede conquistar con el mal. Cuando el odio se encuentra frente al odio, se crece; pero si se encuentra con el amor, se desintegra. Como decía Booker Washington: «No voy a permitir que ninguna persona me haga rebajarme a odiarle.» La única manera de dejar de tener enemigos es hacernos sus amigos.

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