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Romanos 10: Un celo mal orientado

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Hermanos, lo que deseo cordialmente para los judíos y Le pido a Dios para ellos es que se salven. Porque hay que reconocerles que tienen celo por las cosas de Dios; pero no está basado en un conocimiento verdadero; porque no se dan cuenta de que el hombre no puede llegar a la condición de justicia para con Dios nada más que aceptándola como don de Dios, y ellos tratan de establecerla por sí mismos; así es que no se han sometido a ese poder de Dios que es el único que los puede hacer justos en relación con Él. Porque Cristo es el fin de todo el sistema de la ley, porque vino precisamente para poner en la debida relación con Dios a todos los que creen y confían. Moisés dice que el que actúa de una manera conforme con la justicia que exige la ley, vivirá por ella. Pero de la justicia que se deriva de la fe, la Escritura dice: «¿Quién subirá al Cielo?» -es decir, para hacer bajar a Cristo-; o «¿Quién podrá bajar a lo profundo del abismo?» -es decir, para sacar a Cristo de entre los muertos-. Pero, ¿qué es lo que dice? « La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón. » La palabra de la que se habla aquí es el Mensaje de fe que proclamamos: Que, si confesáis con vuestra boca que Jesús es el Señor, y creéis con el corazón que Dios Le levantó de los muertos, seréis salvos. Porque al creer con el corazón llegáis a la perfecta relación con Dios, y al confesar con la boca estáis en el camino de la Salvación. Porque la Escritura dice: «Nadie que crea en Él será defraudado.» Así que no hay diferencia entre judíos y griegos; porque el mismo Señor es el Señor que está sobre todos, y es suficiente Salvador de todos los que Le invocan; porque dice la Escritura: «Todo el que invoque el Nombre del Señor se salvará.»

Pablo ha estado diciendo algunas cosas muy duras de los judíos; cosas que a ellos les resultaría desagradable oír, y más aún reconocer. Todo el pasaje de Romanos 9 al 11 es una condenación de la actitud religiosa de los judíos. Sin embargo, desde el principio hasta el fin no hay ira, sino anhelo y ansiedad cordiales. Lo que Pablo desea por encima de todo es que los judíos se salven.

Si vamos a llevar a Cristo a otras personas, esa debe ser nuestra actitud. Los grandes predicadores lo han reconocido. «No des palizas» -decía uno-. «Acuérdate de no chillar demasiado» -decía otro. Y un gran predicador de los tiempos presentes decía que predicar es «suplicar a las almas.» Eso era lo que decía también Pablo (2 Corintios 5- :20). Y Jesús lloró por Jerusalén. Hay una manera de predicar que pretende aterrar al pecador con palabras airadas de condenación; pero Pablo decía la verdad con amor.

Pablo estaba totalmente dispuesto a admitir que los judíos tenían celo de Dios; pero ese celo estaba mal orientado. La religión judía estaba basada en una obediencia meticulosa a la Ley. Ahora bien: está claro que esa obediencia sólo se la podía proponer alguien que tomara la religión totalmente en serio. No era nada fácil. En muchas ocasiones llevaría a graves inconvenientes y haría la vida sumamente incómoda.

Tomemos como ejemplo la ley del sábado. Se establecía exactamente la distancia máxima que se podía andar; se prohibía llevar una carga superior al peso de dos higos secos; se prohibía cocinar en sábado; se fijaban los medios para evitar que un enfermo se pusiera peor, pero se prohibía curarle. Todavía hoy en día hay judíos ortodoxos estrictos que no encienden ni apagan una luz en sábado. Algunas familias judías acomodadas emplean a criados gentiles para que hagan las cosas imprescindibles los sábados -aunque, según Éxodo 20:10 y Deuteronomio 5:14, la ley del sábado obligaba igualmente a los siervos y ‹a, los forasteros gentiles.

Esto es algo que nos cebe mover, no a la risa, sino a la admiración. La vida bajo la Ééy.no era fácil. Nadie se sometería a menos que lo tomara realmente en serio. Los judíos eran y son celosos. Pablo no tenía dificultad en reconocérselo, pero les advertía que aplicaban u orientaban mal su celo.

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