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Refinando la plata

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«¿Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿Quién podrá estar en pie cuando Él se manifieste? Porque El es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. Y se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví­, los afinará como a oro y como a plata, y traerán al Señor ofrenda en justicia» (Malaquí­as 3:2-3)

Este versí­culo desconcertó a un grupo de hombres que estaban estudiando la Biblia. ¡Qué declaración sobre el carácter y la naturaleza de Dios! Estuvieron de acuerdo en que investigarí­an acerca del proceso de refinar la plata. Llamaron a un platero e hicieron una cita para observar su trabajo. Mientras observaban al platero, vieron que sostení­a una pieza de plata sobre el fuego y luego dejaba que se calentara.

Les explicó que al refinar la plata se necesita sostenerla en medio del fuego donde las flamas son más calientes para que se quemen todas las impurezas. Pensaron entonces en el versí­culo, en Dios sosteniéndonos con Sus manos en un sitio tan caliente. Le preguntaron si era cierto que tení­a que sentarse allí­ frente al fuego todo el tiempo en que la plata se estaba refinando. El hombre contestó que sí­, y no sólo eso sino que debí­a mantener sus ojos fijos en la plata el tiempo que estuviera en el fuego porque podrí­a destruirse si la dejaba aunque sea un momento más. Ahí­ fue que le preguntaron cómo sabí­a cuando la plata estaba completamente refinada. El sonrió y dijo que eso era muy fácil; estaba lista cuando veí­a su imagen reflejada en ella.

Esta historia es especialmente apropiada para aquellos de nosotros que pudiéramos estar en la parte más caliente de las llamas ahora.

¡Es reconfortante saber que Dios tiene Sus ojos fijos en los que está refinando, y que no puede distraerse. Nada de lo que pasa en nuestras vidas puede pasar desapercibido para el Padre. El esta pendiente de todo, esta a nuestro lado.

Los frutos del Espí­ritu son amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Un verdadero cristiano será conocido por sus frutos. Es el fruto del Espí­ritu de Dios a través nuestro lo que nos responsabiliza aún más frente al creador. Siempre que nos encontremos en la llama más caliente, pensemos qué fruto estará tratando de producir el Señor en nosotros.

¡Que siempre podamos reflejar claramente la imagen de Jesús!.

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