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Pedro confiesa que Jesús es el Mesías

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Desde allí partió Jesús con sus discípulos por las aldeas cercanas a Cesarea de Filipo; y en el camino preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Respondieron ellos: Unos dicen que Juan Bautista, otros Elías, otros, en fin, Jeremías a alguno de los profetas. Y les dijo Jesús: Y vosotros, ¿quien decís que soy yo? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, o Mesías, el Hijo del Dios vivo. Y Jesús, respondiendo, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jom] porque no te ha revelado eso la carne y la sangre u hombre alguno, sino mi Padre que esta en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificare mi Iglesia; y las puertas o poder del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares sobre la tierra, será también atado en los cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra, será tam­bién desatado en los cielos. Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que Él era Jesús, el Cristo, o Mesías, hasta cuando fuese la ocasión de publicarlo. Mateo 16: 13-20; Marcos 8:27-30; Lucas 9: 18-20

Aquí tenemos el relato de otra vez que Jesús Se apartó de la gente. Su fin estaba muy próximo, y Jesús necesitaba todo el tiempo con que pudiera contar para estar a solas con Sus discípulos. Le quedaba mucho qué decirles y que enseñarles, aunque todavía ellos no parecían estar preparados para recibirlo o entenderlo.

Con ese fin Se retiró con ellos a la región de Cesarea de Filipo. Cesarea estaba a unos cuarenta kilómetros al Nordeste del Mar de Galilea. Estaba fuera del dominio de Herodes Antipas, que era el gobernador de Galilea, y dentro del área del tetrarca Felipe. La población era principalmente gentil, así es que Jesús podría tener allí paz para enseñar a los Doce.

Jesús se enfrentaba entonces con un problema supremo y perentorio. Le quedaba poco tiempo; Sus días en la carne estaban contados. El problema era: ¿Había alguien que Le hubiera entendido?

¿Alguien que Le hubiera reconocido como el Que era? ¿Había personas que, cuando Él ya no estuviera en la carne, pudieran continuar Su obra, y trabajar para Su Reino? No cabe la menor duda de que ese era un problema crucial, que implicaba la supervivencia de la fe cristiana. Si no había nadie que hubiera captado, ni siquiera intuido, la verdad, entonces toda Su obra se había perdido; si había algunos pocos que se daban cuenta de la verdad, Su obra estaba a salvo. Así es que Jesús decidió hacer la prueba en intensidad, y preguntarles a Sus seguidores quién creían que era Él.

Es del máximo interés dramático ver dónde escogió Jesús hacerles la pregunta clave. Puede que hubiera pocos lugares en Palestina que tuvieran más asociaciones religiosas que Cesarea de Filipo.

(i) Toda la zona estaba jalonada con templos del dios sirio Baal. Thomson, en La Tierra y el Libro, enumera no menos de catorce tales templos que había en los alrededores. Aquella era una zona cuya atmósfera era el aliento de la antigua religión, que estaba toda ella a la sombra de los dioses antiguos.
(ii) Pero no eran los dioses de Siria los únicos que se adoraban allí. En las proximidades de Cesarea de Filipo se erguía una gran colina en la que había una profunda caverna que se decía que había sido el lugar de nacimiento del gran dios Pan, el dios de la naturaleza. Hasta tal punto estaba identificada Cesarea de Filipo con ese dios que su nombre original había sido Paneas, y hasta hoy en día se la conoce como Bániyás. Las leyendas de los dioses de Grecia se concentraban en torno a Cesarea de Filipo.

(iii) Además, esa cueva se decía que era donde nacía el río Jordán. Josefo escribió: «Hay una cueva muy hermosa en la montaña bajo la cual hay una gran cavidad en la tierra; y la caverna es abrupta, y prodigiosamente honda, y llena de agua en calma. Sobre ella se eleva una gran montaña, y por debajo de la caverna surge el río Jordán.» La sola idea de que ese era el nacimiento del río Jordán haría que rezumara todas las memorias de la historia de Israel. La antigua fe del judaísmo estaría en el aire para cualquier judío devoto y piadoso.

(iv) Pero había allí algo más. En Cesarea de Filipo había un gran templo de mármol blanco dedicado a la divinidad del césar. Lo había construido Herodes el Grande. Josefo dice: «Herodes decoró el lugar, que ya era sobresaliente, aún más con la edificación de este templo dedicado a César.» En otro lugar, Josefo describe la cueva y el templo: «Y cuando César le concedió a Herodes otro país más, construyó también allí un templo de mármol blanco, cerca de las fuentes del Jordán.

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