Parábola del sembrador

(i) Tenemos al oidor de mente cerrada. No tiene la Palabra más posibilidad de introducirse en la mente de algunas personas que la semilla que ha caído en un sendero endurecido por muchos pares de pies de penetrar en la tierra. Hay muchas cosas que pueden cerrar la mente de una persona. Los prejuicios pueden hacer que uno esté ciego a todo lo que no quiera ver. El espíritu que se niega a aprender puede levantar una barrera que no se pueda sobrepasar ni eliminar. Este espíritu puede proceder de dos cosas. Puede ser la consecuencia del orgullo que no quiere reconocer que necesita aprender; o del miedo a toda nueva verdad y el rechazo a aventurarse por el camino del pensamiento. A veces un carácter inmoral y la forma de vida de una persona pueden cerrarle la mente. Puede que haya una verdad que condene las cosas que ama, y que denuncie las cosas que hace; y muchos se niegan a escuchar o a reconocer la verdad que los condena, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver.

(ii) Tenemos al oidor de mente tan superficial como el terreno que apenas cubre la roca. Es la persona que se niega a pensarse las cosas por sí y en serio. Algunas personas están a merced de las novedades. Recogen lo que sea sin pensárselo un momento, y lo dejan igual. Tienen que estar siempre a la moda. Empiezan cualquier pasatiempo nuevo o a adquirir alguna nueva técnica con entusiasmo, pero en cuanto les presenta la más mínima dificultad o simplemente se enfrían lo abandonan. Las vidas de algunas personas están llenas de restos de cosas que empezaron y que lo terminaron. Se puede ser así con la Palabra. Cuando uno la oye, se entusiasma; pero no se puede vivir de emociones pasajeras. Tenemos una mente, y la obligación moral de usarla y de tener una fe inteligente. El Cristianismo tiene sus exigencias, y hay que mirarlas de frente antes de aceptarlas. El ofrecimiento cristiano no es solo un privilegio, sino también una responsabilidad. Un entusiasmo repentino puede convertirse en cenizas tan rápidamente como un fuego moribundo.

(iii) Tenemos al oidor con tantos intereses en la vida que a menudo no le queda espacio para las cosas más importantes. Es característico de la vida moderna que cada vez se llena más y va más deprisa. Se está demasiado ocupado para orar; tan preocupado con muchas cosas que se olvida de estudiar la Palabra de Dios; se puede estar tan metido en juntas y comités y empresas y planes que no le dejan tiempo a uno para Aquel de Quien proceden el amor y el servicio. Los negocios le pueden tener a uno tan acogotado que está demasiado cansado para pensar en ninguna otra cosa.

No son las cosas manifiestamente malas las más peligrosas en este sentido. Muchas veces son cosas buenas, pero «lo bueno es siempre el enemigo de lo mejor.» No es que uno destierre deliberadamente de su vida la oración y el estudio de la Palabra de Dios y la iglesia; puede que piense en estas cosas con frecuencia y trate de tener tiempo para ellas; pero, por lo que sea, nunca dispone de él en su abarrotada vida. Debemos tener cuidado de no desplazar a Cristo del lugar supremo que Le corresponde.

(iv) Tenemos al oidor que es como la buena tierra. Recibe la Palabra en cuatro etapas. Tiene mente abierta. Siempre está dispuesto a aprender. Está listo para oír. No es demasiado orgulloso, ni está demasiado ocupado para escuchar. Muchos se habrían ahorrado muchos quebraderos de cabeza y de corazón si se hubieran detenido a escuchar la voz de un amigo sensato o de Dios. Entiende. Se lo ha pensado y sabe lo que quiere decir para él, y está preparado a aceptarlo. Traduce la audición en acción. Produce la buena cosecha de la buena semilla. El verdadero` oidor es el que escucha, entiende y obedece.

No hay que desesperar

Dijimos que esta parábola tenía un doble impacto. Ya hemos mirado al impacto que estaba diseñada para hacer en los que oyen la Palabra. Pero también estaba diseñada para hacer un impacto en los que predican la Palabra. No solo se pretendía que les dijera algo a las multitudes que formaban la audiencia; también al círculo más íntimo de los discípulos.

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