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No juzgar a otros

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Será difícil encontrar alguien que no haya sido culpable de algún grave juicio erróneo; o que lo haya sufrido de otras personas. Y sin embargo, lo raro es que no habrá otro mandamiento de Jesús que se olvide o quebrante con más frecuencia.
Sólo Dios puede juzgar

Hay tres grandes razones para no juzgar a nadie.

(i) Nunca conocemos totalmente los hechos o a la persona.

Hace mucho, el famoso rabí Hil.lel dijo: «No juzgues a nadie hasta que hayas estado tú en sus mismas circunstancias o situación.» Nadie conoce la fuerza de la tentaciones de otro. Uno que tenga un temperamento plácido y equilibrado no sabe nada de las tentaciones de otro que tenga un genio explosivo y unas pasiones volcánicas. Una persona que se haya criado en un buen hogar y en círculos cristianos no sabe nada de las tentaciones de la que se ha criado en una chabola, o entre gente del hampa. Un hombre que haya tenido buenos padres no sabe nada de las tentaciones del que ha recibido de los suyos un mal ejemplo y una mala herencia. El hecho es que, si supiéramos lo que algunas personas tienen que pasar, en vez de condenarlas, nos admiraría el que hubieran conseguido ser tan buenas como son.

Y todavía conocemos menos a la persona total. En un cúmulo de circunstancias, una persona puede ser vulgar y desagradable, mientras que en otro entorno esa misma persona sería una torre de gracia y fortaleza. Mark Rutherford nos presenta en una de sus novelas a un hombre que se casó por segunda vez. Su mujer también había estado casada antes, y tenía una hija adolescente. La hija parecía una criatura desagradable, sin una pizca de atractivo. El hombre no la podía entender.

Entonces, inesperadamente, la madre se puso enferma. Inmediatamente se produjo una transformación en la hija. Se convirtió en una perfecta enfermera, la encarnación del servicio y de la devoción incansable. Su hosquedad se iluminó repentinamente con un fulgor radiante, y apareció en ella una persona que nadie habría soñado que estuviera allí.

Hay una clase de cristal, el espato de labrador que, a primera vista está turbio y sin brillo; pero si se va moviendo poco a poco, se llega de pronto a una posición en la que la luz le penetra de cierta manera y centellea con una belleza casi deslumbrante. Hay personas que son así. Pueden resultar antipáticas simplemente porque no las conocemos del todo. Hay algo bueno en todo el mundo.

Nuestro deber es no condenar ni juzgar por lo que aparece a la superficie, sino buscar la belleza interior. Eso es lo que querríamos que los demás hicieran con nosotros, y lo que debemos hacer con ellos.

(ii) A todos nos es prácticamente imposible el ser estrictamente imparciales en nuestros juicios.
Una y otra vez presentamos reacciones instintivas e irracionales con la gente. Se dice que a veces, cuando los griegos tenían un juicio particularmente importante y difícil, lo tenían a oscuras para que ni el juez ni el jurado pudieran ver a la persona que juzgaban, para que no fueran influenciados nada más que por los hechos del caso.

Montaigne tiene una historia macabra en uno de sus ensayos. Hubo un juez persa que había dado un veredicto parcial bajo la influencia del soborno. Cuando el rey Cambises descubrió lo que había sucedido, mandó ejecutar al juez. Luego mandó que le quitaran la piel al cadáver para conservarla; y tapizó con ella el sillón en que se sentaban los jueces en el tribunal para dictar sentencia, para que les recordara que no debían permitir nunca que ningún prejuicio o consideración personal, y menos el cohecho, afectara jamás sus veredictos.

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