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Multiplicación del pan y los peces

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(b) Puede que se tratara en realidad de una comida sacramental. En el resto el capítulo, el lenguaje de Jesús es el que usó en la última Cena acerca de comer Su carne y beber Su sangre. Podría ser que en esta comida no les dio más que un bocadito, como el sacramento, que cada persona recibía; y la emoción y la maravilla de la presencia de Jesús y la realidad de Dios convirtió aquella miguita sacramental en algo que realmente alimentó sus corazones y almas, como sigue sucediendo en la Mesa de Comunión hasta nuestros días.

(c) Puede que haya otra explicación muy entrañable. Cuesta creer que aquella multitud se había puesto en camino para una expedición de quince kilómetros sin hacer los más mínimos preparativos. Si había peregrinos entre ellos, es de suponer que llevarían provisiones para el camino. Pero puede ser que ninguno sacara lo que llevaba porque, por un egoísmo muy humano, se lo quería guardar para él mismo. Puede ser que Jesús, con aquella cautivadora sonrisa Suya, sacara las escasas reservas que tenían É1 y Sus discípulos; con una fe radiante diera gracias a Dios, y empezara a compartirlo; y que, movidos por Su ejemplo, todos los que tuvieran algo hicieran lo mismo, y a1 final hubiera suficiente, y más que suficiente, para todos.

Puede que este sea un milagro en el que la presencia de Jesús convirtiera una multitud de hombres y mujeres egoístas en una comunidad de personas dispuestas a compartir. Puede que esta historia represente el milagro más grande de todos, no el de un cambio que se realizó en unos panes y unos peces, sino en unos hombres y unas mujeres. ¿No es éste el milagro que tiene que asumirse en la humanidad, y que estamos seguros de que se repetiría si, siguiendo el ejemplo de Cristo, aprendiéramos todos a compartir?

Fuera como fuera, allí había ciertas personas sin las cuales el milagro no habría sido posible.

(i) Estaba Andrés. Hay un contraste entre Andrés y Felipe. Felipe fue el que dijo: «Estamos en una situación desesperada. No se puede hacer nada.» y Andrés fue el que dijo: «¡A ver lo que puedo hacer yo! Seguro que Jesús hará todo lo demás.»

Fue Andrés el que trajo a aquel muchacho a Jesús, lo que fue el primer paso para que se realizara el milagro. No podemos saber nunca lo que puede suceder cuando le traemos a alguien a Jesús. Si un padre entrena a su hijo en el conocimiento y el amor y el temor de Dios, no hay nadie que pueda decir lo que Dios puede llegar a hacer algún día con ese niño. Si un maestro de escuela dominical le lleva un niño a Jesús, nadie puede saber lo que algún día Jesús hará con él. Se cuenta que un anciano maestro de escuela alemán, cuando entraba en el aula por la mañana, se quitaba el sombrero para saludarlos respetuosamente. Una vez alguien le preguntó por qué lo hacía, y él contestó: «Uno no sabe lo que uno de estos chicos puede llegar a ser el día de mañana.» Y tenía razón: uno de aquellos niños era Martín Lutero.

Andrés no sabía lo que pasaría con aquel chico y su merendilla cuando le trajo a Jesús aquel día, pero estaba aportando una pieza clave para que sucediera un milagro. No podemos calcular las posibilidades cuando le traemos a alguien a Jesús.

(ii) Estaba el muchacho. No podía ofrecer mucho; pero con aquello tuvo Jesús el material necesario para obrar un milagro. Habría habido un acontecimiento maravilloso menos en la humanidad si aquel chico se hubiera guardado sus panes y sus peces para sí, y nadie se lo habría podido reprochar.

Jesús necesita lo que le podamos ofrecer. Puede que no sea mucho, pero Él lo necesita. Puede que el mundo se vea privado de milagro tras milagro y triunfo tras triunfo porque no le traemos a Jesús lo que tenemos y lo que somos. Si nos colocáramos en el altar de su servicio, no se puede decir lo que Él haría con nosotros y por medio de nosotros. Puede que sintamos no tener más y nos dé vergüenza traer tan poco; pero eso no es razón para dejar de aportar lo que tenemos y somos: Poco es a menudo mucho en las manos de Cristo.

La reacción del gentío

Cuando toda aquella gente se dio cuenta de lo que había hecho Jesús, dijeron: – ¡No cabe duda que Éste es el Profeta Que tenía que venir al mundo! Pero Jesús, consciente de que iban a venir a apoderarse de Él para hacerle rey, se retiró a la montaña .a solas.

Aquí tenemos la reacción de la multitud. Los judíos esperaban al Profeta que creían que les había prometido Moisés. «Profeta de en medio de ti, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor tu Dios. A él atenderéis» (Deuteronomio 18: J5). En aquel momento, en Betsaida Julias, estaban dispuestos a reconocer a Jesús como el esperado Profeta, y hacerle rey por aclamación popular. Pero aquello sucedía no mucho antes de que otro gentío gritara: « ¡Crucifícale, crucifícale!» ¿Por qué le aclamaron entonces en la primera de estas dos ocasiones?

Una de las razones fue que estaban ansiosos por respaldar a Jesús porque les había dado lo que ellos querían. Los había curado y los había alimentado; en consecuencia, estaban dispuestos a reconocerle como su jefe. Hay tal cosa como una lealtad interesada. Hay tal cosa como amor de despensa. El doctor Johnson, en uno de sus momentos más cínicos, definió el agradecimiento como «un sentimiento vivo de favores que se espera que continúen.»

La actitud del gentío nos desagrada. Pero, ¿somos nosotros tan diferentes? Cuando queremos consuelo en la aflicción, fuerza en la dificultad, paz en el revuelo, ayuda en la depresión, esperanza ante la muerte, no hay nadie tan maravilloso como Jesús, y le hablamos y vamos a Él y le abrimos nuestro corazón; pero, cuando nos viene con alguna seria demanda de sacrificio, con algún desafío al esfuerzo, con el ofrecimiento de alguna cruz, no queremos saber nada de Él. Si nos examinamos el corazón, puede que descubramos que nosotros también queremos a Jesús por lo que le podamos sacar. Además, la gente quería usar a Jesús para sus propios fines y moldearle de acuerdo con sus propios sueños. Estaban esperando al Mesías; pero se le figuraban a su manera. Buscaban a un Mesías que fuera un rey conquistador, que le pisara el cuello al águila romana y expulsara sus legiones de su tierra. Habían visto lo que Jesús podía hacer; y lo que se les pasaba por la mente era: «Este Hombre tiene poder, un poder maravilloso. Si le podemos uncir a Él con todo Su poder a nuestros sueños, empezarán a suceder cosas.» Si hubieran sido honrados, habrían reconocido que lo que querían era usarle para sus propios fines.

Veamos, otra vez: ¿somos nosotros tan diferentes? Cuando invocamos a Cristo, ¿es para que nos dé fuerzas para proseguir con nuestros proyectos e ideas, o para aceptar Sus planes y deseos humilde y obedientemente? ¿Es nuestra oración: «Señor, dame fuerzas para hacer lo que Tú quieres que haga,» o: «Señor, dame fuerzas para hacer lo que yo quiero hacer»? Aquella multitud de judíos habría seguido a Jesús al momento porque les daba lo que ellos querían, y deseaban usarle para sus propios fines. Esa actitud todavía prevalece. Querríamos los dones de Cristo sin Su Cruz; querríamos usarle en vez de dejarle que nos usara Él.

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