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Multiplicación del pan y los peces

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A Jesús se le avivó la compasión a la vista de la multitud. Llegaban hambrientos y agotados. Era natural acudir en primer lugar a Felipe, que era de Betsaida (Juan l: 44) y conocería bien los recursos de la región. Jesús le preguntó dónde se podían obtener alimentos. La respuesta de Felipe era descorazonadora,,:. Dijo que, aun en el caso de que se pudiera conseguir, costaría más de 200 denarios dar a cada uno de los presentes aunque nos, fuera más que un bocado. Recordemos que un denarios serían, unas diez pesetas; pero era el salario diario de un obrero, así; que tendríamos que calcular a lo que equivaldría hoy en día en cada país. En España sería algo así como medio millón de pesetas. El sueldo de siete meses. Comprendemos la perplejidad de Felipe.

Pero entonces aparece Andrés en la escena. Había descubierto a un chaval que llevaba cinco panecillos de cebada y dos pescaditos. Probablemente aquello era su merendilla. A lo mejor había salido a pasar el día en el campo, y se había unido al gentío. Andrés, como tenía por costumbre, le trajo a Cristo.

El chico no llevaba gran cosa. El pan de cebada era el más barato, y se tenía en poco. En la Misná se estipula la ofrenda que debe ofrecer una mujer que haya sido sorprendida en adulterio. Debe, desde luego, hacer la ofrenda de la expiación. Con todas las ofrendas se incluía comida, que consistía en harina, vino y aceite mezclados. Por lo general se usaba harina de trigo; pero se establecía que, en el caso de la ofrenda por adulterio, la harina podía ser de cebada, que es comida de animales, porque el pecado de la mujer había sido propio de los tales. El pan de cebada era el de los más pobres.

Los pescaditos no serían más grandes que sardinas. El pescado en escabeche que se preparaba en Galilea en aquel tiempo se conocía en todo el imperio romano. Entonces el pescado fresco era un lujo inasequible para la mayoría, porque no había medios para transportarlo y conservarlo en buenas condiciones. Pececillos parecidos a las sardinas que abundaban en el mar de Galilea eran los que se conservaban en escabeche, y esos serían los que llevara el muchacho para hacer más apetitoso el pan de cebada.

Jesús les dijo a Sus discípulos que hicieran que la gente se sentara. Tomó en Sus manos los panecillos y los pescaditos y dio gracias a Dios por ellos. Al hacerlo estaba actuando como el padre de aquella familia. La acción de gracias sería la que se decía entonces en las casas: «Bendito seas, oh Señor nuestro Dios, Que haces que el pan salga de la tierra.» La gente comió hasta quedar satisfecha. Hasta la palabra que se usa para satisfecha, llena (jortázesthai), es muy sugestiva. Antiguamente, en griego clásico, era una palabra que se usaba de cebar los animales. Cuando se usaba de las personas quería decir «darse un hartazgo» o «una jartá».

Cuando la gente se quedó satisfecha, Jesús mandó a Sus discípulos que recogieran los restos. ¿Por qué? En las fiestas judías se tenía la costumbre de dejar algo para los servidores. Lo que se dejaba se llamaba la pea; y no hay duda que eso es lo que harían muchos en esta ocasión.

Se recogieron doce cestas llenas de pedazos sobrantes. Sin duda cada uno de los apóstoles tendría su cesta (kófinos, como en español cofín). Solía tener una forma como de botella, y ningún judío viajaba sin ella. Dos veces menciona Juvenal (3:14; 6:542) «al judío con su cestita y su manojo de heno.» (El heno era para usarlo de cama, porque parece que había muchos judíos errantes).

El judío con su cestita inseparable era un tipo notorio. La llevaba, en parte, porque guardaba lo que encontrara de interés; y también para llevar su propia comida si quería cumplir todas las reglas alimentarias judías. Con los restos de aquella comida, cada discípulo llenó su cestita. Así se alimentó la hambrienta multitud, y más.

El sentido de un milagro

Tal vez nunca sepamos exactamente lo que sucedió en aquella llanurita herbosa cerca de Betsaida Julias. Vamos a considerarlo de tres maneras.

(a) Podemos considerarlo sencillamente como un milagro en el que Jesús multiplicó panes y pescados. Algunos lo encontrarán difícil de imaginar; y algunos lo encontrarán difícil de conciliar con el hecho de que eso es lo que Jesús se negaba a hacer en Sus tentaciones (Mateo 4:3s). Si podemos creer en el sencillo carácter milagroso de este milagro, no tenemos por qué cambiar de opinión. Pero si estamos perplejos, consideremos otras dos explicaciones.

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