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Multiplicación del pan y los peces

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Caía la tarde; los hogares estaban lejos, y todos estaban cansados y hambrientos. Jesús dejó perplejos a sus discípulos cuando les dijo que le dieran de comer a toda aquella gente. Hay dos maneras honradas de considerar este milagro. La primera, se puede creer sencillamente que Jesús creó comida para aquella vasta multitud. La segunda, y esto es lo que algunos creen que sucedió, es que la gente estaba hambrienta, pero era egoísta. Todos llevaban algo de comer, pero no lo querían sacar para no tener que compartirlo con otros. Los Doce pusieron a disposición de todos sus reducidos recursos, y entonces otros se sintieron movidos a sacar lo que tenían, y al final hubo más que suficiente para todos. Así es que se puede considerar como un milagro que cambió a las personas reservadas y egoístas en personas generosas, un milagro en el que Cristo cambió el interés de cada uno en sí, mismo en voluntad de compartir. Es posible que lo que sucedió incluía las dos cosas; porque, ¿de qué serviría un milagro que saciara el hambre de un momento pero dejara a todos tan egoístas como antes? ¿No es este milagro moral el que necesita el mundo, en el que sabemos que habría suficiente para todos si los que tienen de más estuvieran dispuestos a compartir con los que tienen de menos? Por otra parte, es la inquebrantable certeza de la fe que Dios suple y multiplica los recursos naturales cuando los usamos con gratitud y obediencia a su voluntad.

Antes de distribuir los alimentos, Jesús dio gracias a Dios por ellos. Según un dicho judío, «el que participa de algo sin darle gracias a Dios es como si le robara a Dios.» La oración que se hacía en las casas judías antes de las comidas era: «Bendito seas, Señor, Rey del Universo, que haces salir el pan de la tierra.» Jesús no quería ponerse a comer sin dar gracias antes al Dador de toda buena dádiva.

Esta es una historia que nos dice muchas cosas.

(i) Jesús estaba preocupado porque la gente tenía hambre.

Sería interesantísimo calcular el tiempo que pasó Jesús, no hablando, sino aliviando el dolor de la gente y satisfaciendo sus necesidades. Jesús sigue necesitando la ayuda de nuestras manos. La madre que ha pasado una parte considerable de la vida preparando comidas para su hambrienta familia; el médico, la enfermera, el amigo y el pariente que han dedicado la vida a aliviar el dolor de otros; el reformador y el obrero sociales que se han consumido tratando de mejorar las condiciones de vida de hombres y mujeres, han predicado sermones mucho más efectivos que muchos oradores elocuentes.

(ii) La ayuda de Jesús era generosa. Hubo de sobra para todos. El amor no escatima las cosas para que haya lo justo y nada más. Así es Dios. Cuando se siembra un paquete de semillas, es corriente que luego haya que quitar y tirar más plantitas que las que se dejan en el surco. Dios ha creado un mundo en el que hay más que suficiente para todos si estamos dispuestos a compartir.

(iii) Como siempre, hay una verdad permanente en lo que sucedió aquel día. En Jesús se suplen todas las necesidades humanas. Hay hambre del alma; hay en todos nosotros, por lo menos a veces, un ansia de encontrar algo a lo que valga la pena dedicar la vida. «Nuestros corazones están inquietos hasta que encuentran reposo en Él.» «Mi Dios suplirá todas vuestras necesidades», decía Pablo (Filipenses 4:19). Y esto hasta en los desiertos de esta vida. Había veces que Jesús quería retirarse de la gente. Estaba sometido a un estrés continuo, y necesitaba descansar. Además, necesitaba estar a solas con Sus discípulos para irlos guiando a una comprensión más profunda de Sí mismo. Y también necesitaba tiempo para la oración. En esta ocasión particular era prudente retirarse para no tener una colisión frontal con las autoridades, porque todavía no había llegado la hora del conflicto final.

De Cafarnaún al otro lado del mar de Galilea había una distancia de unos siete kilómetros, que recorrieron en la barca. La gente había estado observando con admiración las obras de Jesús. Era fácil adivinar la dirección que llevaba la barca, así es que se dieron prisa para dar la vuelta a la parte superior del mar por tierra. El río Jordán entra por el extremo Norte del mar de Galilea. Dos millas río arriba estaba los vados del Jordán. Cerca de los vados había un pueblo que se llamaba Betsaida Julias, para distinguirla de la otra Betsaida de Galilea; y era hacia ese lugar hacia el que se dirigía Jesús (Lucas 9:10). Cerca de Betsaida Julias, casi a la orilla del lago, había una llanurita en la que solía haber buena hierba. Iba a ser el escenario de un acontecimiento extraordinario.

En un principio Jesús había subido a la colina que hay detrás de la llanura y se había sentado allí con Sus discípulos. Luego, el gentío empezó a presentarse en tropel. Habían recorrido a toda prisa 15 km rodeando el lago y vadeando el río. Se nos dice que era cerca de la fiesta de la Pascua, lo que haría que hubiera aún más gente en las carreteras. Posiblemente muchos iban de camino por allí a Jerusalén. Muchos peregrinos galileos viajaban por el Norte, cruzaban el vado, pasaban a Perea y luego volvían a cruzar el Jordán por Jericó. El camino era más largo, pero les permitía evitar el paso por la odiada y peligrosa Samaria. Es probable que los grupos de peregrinos que iban a Jerusalén para la fiesta de la Pascua engrosaran el gentío.

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