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Multiplicación del pan y los peces

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(iv) Al final del milagro encontramos el detalle de que se, recogieron los trozos sobrantes. Aun cuando un milagro alimentó a la multitud señorialmente, no hubo desperdicio. Hay algo que debemos aprender aquí. Dios da con magnificencia pero eso no justifica el derroche. El generoso dar dé Dios y, nuestra utilización responsable deben ir juntos.

La realización de un milagro

Hay algunas personas que, cuando leen los milagros de Jesús, no sienten ninguna necesidad de entender nada. Esas personas pueden seguir así indefinidamente sin que nada estorbe la dulce sencillez de su fe. Pero hay otras cuyas mentes hacen preguntas, y sienten la necesidad de comprender: Que no se avergüencen de su actitud, porque Dios sale al encuentro hasta más de la mitad del camino de su mente inquisitiva.
De cualquier manera que nos acerquemos a los milagros de Jesús, una cosa es cierta: no debemos contentarnos nunca con considerarlos algo que sucedió; debemos mirarlos siempre como algo que sucede. No son acontecimientos aislados de la Historia, sino demostraciones del poder de Cristo que está siempre y para siempre activo. Hay tres maneras de considerar este milagro.

(i) Podemos verlo como una sencilla multiplicación de pan y de pescado. Eso sería muy difícil, de entender, y sería algo que sucedió una sola vez y que nunca se repitió. Si lo consideramos así, démonos por satisfechos; pero no critiquemos, y menos condenemos, a los que crean que tienen que buscar alguna explicación.

(ii) Muchas personas ven en este milagro un sacramento. Han supuesto que los que estuvieron presentes no recibieron más que una cantidad muy reducida de alimento, y sin embargo recibieron las fuerzas para un largo viaje y se sintieron satisfechos. Habían comprendido que aquello no era una comida material para saciar el apetito físico, sino una comida en la que participaron del alimento espiritual de Cristo. Si fue así, este es un milagro que se . reproduce siempre que nos sentamos a la mesa del Señor; porque entonces se nos comunica el alimento espiritual que nos impulsa a recorrer con paso más firme y más fuerza y estabilidad el camino de la vida que conduce a Dios.

(iii) Hay algunas personas que ven en este milagro algo que es perfectamente natural en cierto sentido, pero que en otro es un verdadero milagro, y, que es muy precioso en cualquier sentido. Imaginemos la escena. Hay una gran muchedumbre; es tarde; todos tienen hambre. Pero, ¿era natural el que, la inmensa mayoría de esa multitud se hubiera puesto en camino rodeando el lago sin llevar nada de comida? ¿No llevarían algo, aunque fuera poco? Estaba anocheciendo y tenían hambre. Pero también eran egoístas. Y ninguno quería sacar lo que llevaba para no tener que compartirlo y que no le quedara bastante para sí mismo. Jesús dio el primer paso. Lo que Él y Sus discípulos tenían, empezó a compartirlo con una bendición, y una invitación, y una sonrisa. Y seguidamente todos se pusieron a compartir, y antes de que supieran lo que estaba pasando, hubo bastante y de sobra para todos.
Si fue algo así lo que sucedió, no fue literalmente la multiplicación de los panes y de los pescados; fue el milagro de la transformación de personas egoístas en personas generosas al contacto de Jesús. Fue el milagro del nacimiento del amor en corazones reservados. Fue el milagro de hombres y mujeres cambiados, con algo de Cristo en ellos que desterraba el egoísmo. Cuando pasó eso, entonces en el sentido más real Cristo los alimentó consigo mismo y envió Su Espíritu a morar en sus corazones. No importa cómo entendamos este milagro. Una cosa es segura: Donde está Cristo, los cansados encuentran reposo y las almas hambrientas son alimentadas.

Aquí vemos lo que podríamos llamar el ritmo de la vida cristiana. La vida cristiana es un constante entrar en la presencia de Dios desde la presencia de la sociedad, y salir de la presencia de Dios a la presencia de nuestros semejantes. Es como el ritmo del descanso y el trabajo. No podemos trabajar a menos que tengamos un tiempo de descanso; y el sueño no nos vendrá a menos que hayamos trabajado hasta cansarnos.
Hay dos peligros en la vida. El primero es el peligro de una actividad demasiado constante. Ninguna persona puede trabajar sin-descansar; y ninguna persona puede vivir la vida cristiana a menos que se tome tiempo con Dios. Bien pudiera ser que todos los problemas de nuestras vidas estuvieran en que no Le damos a Dios la oportunidad de hablarnos, porque no sabemos estarnos quietos y escuchar; no Le damos tiempo a Dios para recargar nuestras energías y fuerza espiritual, porque no apartamos un tiempo para esperar en Él. ¿Cómo podremos asumir las cargas de la vida si no tenemos contacto con el Que es el Señor de toda la vida? ¿Cómo podremos hacer la obra de Dios a menos que sea con las fuerzas que Dios da? ¿Y cómo podremos recibir esas fuerzas si no buscamos en tranquilidad y a solas la presencia de Dios?.

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