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Multiplicación del pan y los peces

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Los apóstoles, pues, de vuelta de su misión, reuniéndose con Jesús, le dieron cuenta de todo lo que habían hecho y enseñado. Jesús, pues, habiéndoles escuchado y oído aquello que Herodes decía de Él, les dijo: Vengan a descansar conmigo en un lugar solitario, y repo­samos un poquito. Es que eran tantos los que lo seguían, que ni aún tiempo de comer les dejaban. En la barca, fueron a buscar un lugar desierto, del territorio de Betsaida, fuera de poblado, al otro lado del mar de Galilea, que es el lago de Tiberiades, para estar allí solos. Mas como al irse los vieron y observaron muchos, de todas las ciudades vecinas acudieron por tierra a aquel sitio, y llegaron antes que ellos. Desembarcando, vio Jesús la mucha gente que le aguardaba, y se le enternecieron con tal vista las entrañas; porque andaban como ovejas sin pastor; y así se puso a instruirlos en muchas cosas, y curó a sus enfermos. Jesús con amor, les hablaba del reino de Dios.

Empezaba a caer el día. Se acercaba ya la Pascua, que es la gran fiesta de los judíos. Habiendo, pues, Jesús levantado los ojos, y viendo ante sí un grandísimo gentío, dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos panes para dar de comer a toda la gente? Mas esto lo decía para probarle, pues bien sabía el mismo lo que había de hacer. Le respondió Felipe: Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno de ellos tome un bocado. Entonces acercándose los doce apóstoles le dijeron: Despacha ya a estas gentes, para que vayan a buscar alojamiento, y hallen qué comer en las villas y aldeas del contorno; pues aquí estamos en un desierto. Les respondió Jesús: No tienen necesidad de irse, denle de comer ustedes. Le dijo uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro: Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos peces: mas ¿que es esto para tanta gente? Les dijo Jesús: Tráiganmelos acá. Y habiendo mandado sentar a todos sobre la hierba verde, divididos en cuadrillas de ciento en ciento, y de cincuenta en cincuenta, Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, los bendijo y después de haber dado gracias a su eterno Padre, los partió; y dio los panes a los discípulos, y los discípulos los dieron a la gente. Igualmente repartió los dos peces entre todos, dando a todos cuanto querían. Después que quedaron saciados, dijo a sus discípulos: Recojan los pedazos que han sobrado para que no se pierdan. Lo hicieron así, y llenaron doce cestos de los pedazos que habían so­brado de los cinco panes de cebada y de los peces, después que todos hubieron comido. El número de los que comieron fue de cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Visto el milagro que Jesús había hecho, decían aquellos hombres: Este sin duda es el gran profeta que ha de venir al mundo. Pero como Jesús se dio cuenta de que querían llevárselo ala fuerza para hacerlo rey, se retiró otra vez a lo alto del cerro, para estar solo. Mateo 14:13-21; Marcos 6:30-44; Lucas 9:10-17; Juan 6:1-15

Galilea tiene que haber sido un sitio en el que era muy difícil estar solo. Era un país pequeño, de 80 kilómetros de Norte a Sur por cuarenta de Este a Oeste, y Josefo nos dice que por aquel tiempo había en aquella área 204 pueblos, ninguno de menos de 15,000 habitantes. En un lugar tan densamente poblado no era fácil escaparse de la gente por mucho tiempo. Pero había tranquilidad al otro lado del lago, que por la parte más ancha no tenía más que 13 kilómetros. Los amigos de Jesús eran pescadores, y no Le sería difícil embarcarse en una de sus barcas y navegar a la parte oriental del lago. Eso fue lo que hizo Jesús cuando se enteró de la muerte de Juan el Bautista.

Había tres motivos perfectamente razonables para que Jesús buscara la soledad. Era humano, y necesitaba un poco de descanso. Él nunca se metió temerariamente en peligros, y era prudente retirarse para no compartir demasiado pronto el fin de Juan. Y, por encima de todo, ante la perspectiva cada vez más cercana de la Cruz, Jesús necesitaba encontrarse a solas con Dios antes de enfrentarse con las multitudes. Buscaba descanso para el cuerpo y tranquilidad para el alma en la soledad.

Pero no los encontró. Sería fácil ver la barca iniciar la travesía y adivinar hacia dónde se dirigía; el caso es que la gente rodeó el lago por la parte superior, y Le estaba esperando al otro lado cuando desembarcó. Así es que Jesús sanó a sus enfermos y, cuando atardeció, los alimentó antes de que volvieran a emprender el largo camino a sus casas. Pocos de los milagros dé Jesús son tan reveladores como este.

(i) Nos habla de la compasión de Jesús. Cuando vio a la gente se Le conmovieron las entrañas de compasión por ellos. Esto es una cosa de lo más maravillosa. Jesús había ido allí buscando paz, tranquilidad y soledad; en su lugar, Se encontró con una gran multitud expectante de lo que Él le pudiera dar. Otro cualquiera se habría molestado. ¿Qué derecho tenían a invadir Su intimidad con sus continuas exigencias? ¿Es que no podía tener ni un poco de tranquilidad y descanso, ni de tiempo para Sí mismo?

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