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Mateo 9: Estar a buenas con Dios

Las multitudes miraban a Jesús con admiración porque eran gente sencilla con un sentido intenso de necesidad; y veían que Jesús podía suplir su necesidad de una manera de lo más sorprendente. Jesús siempre le parecerá maravilloso al que tiene sentimiento de necesidad; y cuanto más profundo sea el sentimiento de necesidad tanto más maravilloso parecerá Jesús.

Los fariseos veían a Jesús como uno que actuaba de acuerdo con los poderes del mal. No negaban esos poderes maravillosos; pero se los atribuían a Su complicidad con el príncipe de los demonios. Este veredicto de los fariseos era debido a algunas de sus actitudes mentales.

(i) Estaban demasiado afianzados en su posición para cambiar. Como ya hemos visto, por lo que a ellos respectaba no se podía añadir ni sustraer una sola palabra de la Ley. Para ellos todas las cosas grandes y maravillosas pertenecían al pasado. Para ellos, cambiar una tradición o un convencionalismo era pecado mortal. Cualquier novedad era errónea. Y cuando vino Jesús con una nueva interpretación de lo que era en realidad la religión, Le odiaron como habían odiado sus antepasados a los profetas de tiempo antiguo.

(ii) Estaban demasiado orgullosos de su propia autosuficiencia para someterse. Si Jesús tenía razón, ellos estaban equivocados. Los fariseos estaban tan satisfechos consigo mismos que no veían ninguna necesidad de cambiar; y odiaban a todo el que quisiera cambiarlos. El arrepentimiento es la puerta por la que todas las personas deben entrar al Reino; y el arrepentimiento quiere decir reconocer el error de nuestros caminos y darnos cuenta de que sólo en Cristo hay vida; y someternos a Él y a Su voluntad y poder, que es lo único que nos puede cambiar.

(iii) Tenían demasiados prejuicios para ver. Tenían los ojos tan cegados por sus propias ideas que no podían ver en Jesucristo la verdad y el poder de Dios.

Uno que tenga sentimiento de necesidad siempre verá maravillas en Jesucristo. El que está tan seguro de su posición que no quiere cambiar, el que está tan orgulloso de su propia justicia que no se quiere someter, el que está tan cegado por sus prejuicios que no puede ver, siempre resentirá y odiará y tratará de eliminar a Jesucristo.

LA TRIPLE OBRA

Mateo 9:35

Jesús recorrió todos los pueblos y aldeas enseñando en las sinagogas y proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando toda dolencia y toda enfermedad.

Aquí tenemos en una sola frase la triple actividad que era la esencia de la vida de Jesús.

(i) Jesús era el Heraldo. El heraldo es el que trae un mensaje del rey: Jesús era el Que traía un mensaje de Dios. La función del heraldo es la proclamación de certezas; la predicación siempre debe ser la proclamación de certezas. Una iglesia no se puede nunca formar con personas que están seguras, como si dijéramos, por delegación. No debe ser el predicador el único que esté seguro. Los miembros también.

No ha habido nunca una época en la que esta certeza se necesitara más que en nuestro tiempo. Geoffrey Heawood, director de un gran instituto inglés, ha escrito que la gran tragedia y el gran problema de esta edad es que estamos en una encrucijada, y se han caído las señales.

Beverley Nichols escribió una vez un libro de entrevistas con gente famosa. Uno de los entrevistados fue Hilaire Belloc, uno de los más famosos católicos ingleses. Después de la entrevista Nichols escribió: « A mí me daba pena Belloc porque me parecía que había puesto por lo menos algunas de sus banderas en un asta equivocada; pero todavía me dio más pena de mí mismo y de mi propia generación porque sabía que no tenemos banderas de ninguna clase que poner en ningún asta.»

Vivimos en una era de incertidumbre, una era en la que la gente ha dejado de estar segura de nada. Jesús era el Heraldo de Dios, Que vino proclamando las certezas por las que viven las personas; y nosotros también debemos poder decir: «Yo conozco a Aquel en Quien he creído.»

(ii) Jesús era el Maestro. No basta con proclamar las certezas cristianas, y dejar así las cosas; también debemos poder mostrar la diferencia que aportan esas certezas para la vida y la conducta. La importancia y el problema de esto radica en el hecho de que enseñamos el Evangelio, no meramente hablando de él, sino viviéndolo. No es el deber del cristiano discutir el Cristianismo con los demás, sino más bien mostrarles lo que es el Cristianismo.

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