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Mateo 8: La Muerte en vida

Es un hecho definitivamente probado que un cierto doctor Janet, en dieciocho casos de veinticinco, pudo hipnotizar sujetos a distancia, y en otros cuatro casos lo consiguió ‹parcialmente.

No cabe duda que la mente puede actuar sobre la mente a través de distancias de una manera que empezamos a descubrir; aunque todavía estamos muy lejos de entender. Si las mentes humanas pueden alcanzar estos límites, ¡cuánto más la de Jesús! Lo extraño de este milagro es que el pensamiento moderno, en vez de hacerlo más increíble, lo hace más creíble.

UN MILAGRO EN UN HOGAR

Mateo 8:14-15

Cuando Jesús fue a casa de Pedro supo que la suegra de Pedro estaba en cama, enferma de unas fiebres. Jesús le tocó la mano, y la fiebre se le fue. Luego ella se levantó, y se dedicó a servirles a ellos.

Si comparamos el relato de los Hechos que nos hace Marcos con el de Mateo, vemos que este incidente tuvo lugar en Cafarnaum, un sábado, después de estar Jesús en el culto de la sinagoGálatasGa. Cuando Jesús estaba en Cafarnaum, Su cuartel general era la casa de Pedro, porque Jesús no tenía nunca un hogar propio. Pedro estaba casado y se nos dice que posteriormente la mujer de Pedro fue su colaboradora en la obra del Evangelio. Clemente de Alejandría (Stromata 7.-6) nos cuenta que Pedro y su mujer sufrieron juntos el martirio. Pedro sufrió la prueba terrible de ver morir a su mujer antes que él. « Al ver que llevaban a la muerte a su mujer, Pedro se regocijó de que fuera llamada y trasladada al Hogar, y la llamó por su nombre, animándola y confortándola: «¡Acuérdate del Señor!»»

En esta ocasión, la madre de la esposa de Pedro estaba enferma de unas fiebres. Había tres clases de fiebres que eran corrientes en Palestina. Estaban las fiebres que se llaman de Malta, y que se caracterizan por debilidad, anemia y agotamiento, y que duraban meses, y a menudo acababan en la muerte. Estaba lo que se llamaba una fiebre intermitente, que muy bien puede haber sido las fiebres tifoideas. Y, sobre todo, estaba la malaria. En las regiones en que el río Jordán entraba en el Mar de Galilea y salía de él había terrenos pantanosos; Allí se criaban y multiplicaban los mosquitos de la malaria, y tanto Cafarnaum como Tiberíades eran lugares donde la malaria era muy corriente. Iba acompañada a menudo de ictericia y jaqueca, y dejaba al paciente en una situación lastimosa. Es lo más probable que fuera de malaria de lo que estaba sufriendo la suegra de Pedro.

Este milagro nos dice mucho acerca de Jesús y no poco acerca de la mujer que Él curó.

(i) Jesús había venido de la sinagoga; allí había tratado con un hombre poseído del demonio, y le había curado (Mar_1:21-28 ). En Mateo encontramos que había sanado al siervo del centurión de camino a casa. No debemos pensar que los milagros no le costaban nada a Jesús; el poder salía de Él en cada curación; y no cabe duda que estaría cansado. Fue para descansar a la casa de Pedro, y en cuanto llegó encontró que allí le estaba esperando otra necesidad de ayuda y curación.

Aquí no hubo publicidad; aquí no hubo una multitud que mirara y admirara y se maravillara. Aquí no había nada más que una casa humilde y una pobre mujer que padecía de una fiebre corriente. Y sin embargo, en aquellas circunstancias, Jesús aplicó todo Su poder.

Jesús nunca estaba demasiado cansado para ayudar; las demandas de la necesidad humana nunca le parecían una molestia insoportable. Jesús no era una de esas personas que están en su mejor actitud en público y en su peor en privado. Ninguna situación era demasiado humilde para que Él ayudara. No necesitaba una audiencia de admiradores para estar en Su mejor momento. Su amor y Su poder estaban a disposición de cualquiera que los necesitara.

(ii) Pero este milagro también nos dice algo de la mujer que Jesús sanó. Tan pronto como se sintió bien se ocupó de atender a las necesidades de sus huéspedes. Sin duda se consideraba «salva para servir.» Jesús la había sanado; y ahora su único deseo era usar su salud recién encontrada para ser de utilidad y servicio a Jesús y a otros.

¿Cómo usamos los dones de Cristo? Oscar Wilde escribió una vez lo que llamó «la mejor novela corta del mundo.» W. B. Yeats la cita en su autobiografía entre todo lo que llama «de una belleza terrible.» Yeats lo cita en su sencillez original antes de que fuera decorado y estropeado con los trucos literarios de su forma final:

Cristo vino de una llanura blanca a una ciudad púrpura; y, al pasar por la primera calle, oyó unas voces por encima, y vio a un joven borracho tumbado en el alféizar de una ventana. «¿Por qué desperdicias tu alma en la bebida?» Le dijo. El hombre respondió: «Señor, yo era leproso, y Tú me curaste, ¿qué otra cosa puedo hacer?» Un poco más adelante en la población vio a un joven que iba detrás de una prostituta, y le dijo: «¿Por qué disuelves tu alma en la concupiscencia?» Y el joven le contestó: «Señor, yo era ciego y Tú me sanaste, ¿qué otra cosa puedo hacer?» Por último, en medio de la ciudad, vio a un viejo retorcido, llorando en el suelo; y, cuando le preguntó por qué lloraba, el viejo respondió: «Señor, yo estaba muerto, y Tú me devolviste a la vida, ¿qué otra cosa puedo hacer sino llorar?»

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