Mateo 8: La Muerte en vida

Mat 8:16-27

En la primera parte de estos versículos se ve un ejemplo notable de la prudencia con que nuestro Señor procedió con todos los que se manifestaban deseosos de ser sus discípulos. El pasaje merece especial mención por cuanto aclara mucho un asunto acerca del cual abundan el día de hoy graves errores.

Un escriba ofreció seguir a nuestro Señor á donde quiera que fuera. Ese ofrecimiento nos parecerá singular si tenemos en cuenta en qué tiempo se hizo y á qué clase pertenecía el hombre. La contestación fue notable: no fue ni una aceptación directa ni una repulsa perentoria. Hela aquí: « Las zorras tienen cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene en donde recostar su cabeza..

Otro adepto se presentó luego y rogó se le permitiese ir á sepultar á su padre antes de seguir más lejos al Señor. La súplica parece á primera vista justa y natural; mas la respuesta que hizo desprender de los labios de nuestro Señor no fue menos solemne que la arriba citada : «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos..

Hay algo muy imponente en ambas contestaciones. La primera nos enseña que á todo el que manifieste deseos de hacerse discípulo de Jesucristo, deben hacérsele ver las consecuencias que de ese acto pueden resultar. Si no están dispuestos á someterse á todo género de trabajos y á tomar sobre sí la cruz, no se hallan en aptitud de dar el primer paso. La segunda nos enseña que hay épocas en que es preciso que los cristianos lo abandonen todo por amor á su Maestro, y en que aun deberes tan premiosos como el de atender al entierro de un padre deben dejarse á cargo de otras personas. Esto porque nunca faltará quienes quieran cumplirlos; y porque no puede en manera alguna comparárseles con el de predicar el Evangelio y trabajar en la causa de Jesucristo.

Nada ha perjudicado tanto al Cristianismo como la práctica de engrosar las filas del ejército de Jesucristo con cada voluntario que se manifieste dispuesto á hacer profesión de fe y á hablar dilatadamente de sus sentimientos religiosos. No es el número lo que constituye la fuerza, y puede suceder que haya mucha religión externa y muy poca gracia. Recordemos esto, y no ocultemos la realidad de los jóvenes que quieran hacer profesión de fe. Digámosles con ingenuidad que al fin de la peregrinación encontrarán una corona de gloria, pero que es preciso que por el camino lleven a cuestas una cruz.

En la última parte de estos versículos se nos enseña que la verdadera fe se encuentra muchas veces amalgamada con defectos y flaquezas. Este pensamiento nos hace sentir humillados; pero es provechoso.

Nuestro Señor y sus discípulos atravesaban el mar de Galilea cuando de súbito sobrevino una tempestad, y el barco estaba á riesgo de llenarse de agua, pues por todos lados se levantaban las embravecidas olas. Entre tanto Jesús dormía. Los discípulos sobrecogidos de temor lo despertaron implorándole su auxilio.

Oyendo El sus gritos aquietó las aguas con una palabra, y se siguió una gran bonanza. Mas al propio tiempo reprendió á los discípulos por su ansiedad diciéndoles: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?.

¡Cuan á lo vivo nos representa ese suceso el carácter de millares de creyentes! ¡Cuántos no hay que tienen fe y amor suficientes para abandonarlo todo por amor de Jesucristo y para seguirle á todas partes, y que sin embargo á la hora de prueba se llenan de sobresalto! ¡Cuántos no hay qué poseen bastante fe en toda angustia para implorar el auxilio de Cristo, pero que no obstante no la tienen para permanecer quietos y creer que todo va bien! Razón tienen á la verdad los creyentes para revestirse de humildad.

Que una de nuestras diarias plegarias sea siempre: « Señor, aumenta mi fe.» No es sino hasta la hora de prueba que sabemos cuan débil es nuestra fe. Feliz el que por experiencia aprende que su fe puede vencerlo todo, y el que como Job puede exclamar: «Aun cuando me matare, en él esperaré.» Job_13:15.

Mat 8:28-34

Convenzámonos de que el diablo existe. Esta es una verdad terrible, pero que á menudo se pasa por alto. Hay constantemente y cerca de nosotros un espíritu invisible, de inmenso poder y lleno de odio contra nuestras almas. Desde el principio de la creación se ha empeñado en causarle males al hombre. Hasta que el Señor venga por segunda vez y lo ate, no dejará de tentar y ejecutar iniquidades. Es bien claro que en los días en que nuestro Señor estuvo en el mundo ejercía un influjo especial sobre los cuerpos y almas de algunos individuos. Aun en nuestros días, puede ser que exista más de ese mal de lo que comúnmente se supone, aunque no de una manera tan grave como en tiempo de Jesús. Pero que el diablo se halla siempre cerca de nosotros en el espíritu y que á todas horas procura seducirnos con tentaciones, es un hecho que no debe olvidarse.

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