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Mateo 7: El error de juzgar

Pastor Lionel

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Es difícil seguir con tino este precepto. La mayor parte de los cristianos están más expuestos á pecar de prudentes que de demasiado celosos. Por lo general estamos más dispuestos á recordar cuando debemos callar que cuando debemos hablar. Empero á una persona reflexiva no pueden menos que venirle á la mente serias preguntas. ¿He impedido por medio de mi indiferencia ó irritabilidad que mis amigos me dieran sanos consejos? ¿No he obligado á los demás, con mi orgullo y desdén á que guarden silencio en mi presencia? Ah! tal vez he errado en este respecto.

Lo último que el pasaje de que tratamos nos enseña se refiere al deber de orar y á los estímulos que para su cumplimiento se nos presentan.

Existe una notable relación entre esta lección y la que la precede. Si queremos saber cuando es que debemos callar y cuando hablar, cuando es que debemos tratar de cosas santas y enseñar nuestras perlas es preciso que hagamos oración. Que este es un asunto al cual nuestro Señor dio grande importancia, se deja ver por la manera que de él habló. Para expresar la misma idea empleó tres palabras distintas: «pedir,» «buscar,» «llamar..

La promesa que hizo á los que oraren fue amplia y significativa: «Cualquiera que pide, recibe.» Y por último por medio del ejemplo de nuestros padres en la tierra explicó como Dios está pronto á oír nuestras plegarias. Si ellos, siendo pecadores y egoístas por naturaleza, no se desentienden de las necesidades de sus hijos, mucho menos abandonará á los suyos un Dios de misericordia y de amor.

¿Practicáis el deber de la oración? Nada hay tan sencillo como orar si uno tuviere voluntad de hacerlo; mas, por otra parte, no hay deber que el hombre descuide tanto. Y, sin embargo, sin orar nadie puede ser salvo. No se nos condenará á ninguno por no haber hecho lo que le fue imposible ejecutar, ó por no haber sabido lo que le fue imposible saber; pero muchos se perderán por no haber rogado á Dios que los salvase.

Mat 7:12-20

Examinemos uno por uno los preceptos que nuestro Señor inculca en esta parte de su sermón.

En primer lugar, sienta un principio general como norma de la conducta de los hombres entre sí. Debemos conducirnos con los demás de la manera que quisiéramos que ellos se condujesen con nosotros. No hemos de portarnos con ellos así como se portan con nosotros: tal proceder revelaría un egoísmo detestable. Hemos de portarnos como quisiéramos que ellos se portasen con nosotros: tal proceder armoniza con el espíritu del Cristianismo.

Con razón se ha llamado esta «la regla de oro.» No solo prohíbe pequeños actos de malevolencia, venganza y engaño: abarca en su aplicación muchas acciones: y arregla infinidad de disputas que se suscitan entre los hombres. Previene así la necesidad de prescribir un sin número de reglas para guía de nuestra conducta en casos especiales, pues lo incluye todo en un gran principio, y señala la pauta que todos deben seguir en el cumplimiento de su deber. ¿Hay algo que quisiéramos que nuestro prójimo no hiciera hacia nosotros? Pues, entonces recordemos que eso es precisamente lo que hemos de evitar hacer hacia él.

¿Hay algo que quisiéramos que él hiciera hacia nosotros? Pues, entonces eso es lo que debemos ejecutar para con él. Cuántas disputas no se decidirían prontamente de una manera satisfactoria si se observara escrupulosamente esta regla.

En segundo lugar, el Señor nos previene de una manera general acerca del camino que siguen los muchos en materias religiosas. No siempre es lo más recomendable pensar como otros piensan y obrar como otros obran; o adoptar las opiniones de moda y nadar con la corriente. Jesús nos dice que el camino que conduce á la vida perdurable es angosto y que pocos son los que lo siguen; en tanto que el camino que conduce á la perdición eterna es ancho, y los que lo transitan son muchos. Estas verdades son terribles, y debieran impulsar á todo el que las lee á hacer un detenido examen de conciencia, y á preguntarse á sí mismo: «¿Cuál de estas sendas es la que yo sigo?» Todos nos encontramos en una de las dos.

Razón tendremos para temblar y sobrecogernos de temor si nuestra religión sea la que profesa la muchedumbre. Si lo único que podemos alegar en nuestro favor es que vamos á donde los demás van, y rendimos culto donde los demás lo rinden, y que tenemos esperanza de que no nos quedaremos en zaga de los demás, pronunciamos así nuestra propia condenación. ¿Qué es esto sino seguir el «camino ancho»? ¿Qué es esto sino andar en la senda que conduce á la perdición? No tenemos razón para desalentarnos y abatirnos, si la religión que profesamos no es popular y si pocos son los que convienen con nosotros. El arrepentimiento, la fe en Jesucristo y la santidad de vida no han estado jamás de moda: el verdadero rebaño de Cristo ha sido siempre pequeño. Ni debemos sorprendernos si se nos considera singulares y excéntricos en cuanto á nuestra conducta, y fanáticos y mezquinos en cuanto á nuestras ideas. Es á la verdad mejor entrar á la vida eterna con unos pocos, que descender al infierno en medio de un numeroso concurso.

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