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Mateo 6: Lo correcto por un motivo erróneo

RAZONES PARA DAR

Veamos ahora algunas de las razones que hay detrás del acto de dar.

(i) Puede que uno dé por sentimiento del deber. Puede que dé, no porque quiere dar, sino porque piensa que es un deber del que uno no se puede evadir. Puede que hasta una persona llegue a considerar -tal vez inconscientemente- que los pobres están en el mundo para permitirle a él .cumplir con ese deber y adquirir así méritos a ojos de Dios.

Catherine Carswell, en su autobiografía Lying Awake, cuenta sus años mozos en Glasgow: «Los pobres, uno podría decir, eran nuestros animales de compañía. Decididamente, siempre estaban con nosotros. En nuestra arca particular se nos enseñaba a amar, honrar y atender a los pobres.» La nota clave, como ella misma advertía, era de superioridad y condescendencia. El dar se consideraba como un deber;, pero a menudo iba acompañado de un sermón que producía un placer cursi al que lo daba. En aquellos días, Glasgow estaba lleno de borrachos la noche del sábado. Ella escribe: «Todos los domingos por la tarde, durante años, mi padre hacía la ronda de las celdas de las estaciones de policía, pagando fianzas de medias coronas para que soltaran a los borrachos del fin de semana, para que no perdieran el trabajo el lunes por la mañana. Les hacía firmar a cada uno el compromiso de devolverle la media corona del sueldo de la semana siguiente.» No cabe duda de que aquello estaba muy bien; pero él le daba un cierto aire de respetabilidad, e incluía un sermón. Estaba claro que él se sentía de una categoría moral completamente diferente de aquellos a los que daba. Se dijo de un gran hombre, pero superior: «Con todo lo que da, nunca se da a sí mismo.» Cuando se da, como si dijéramos, desde un pedestal; cuando se da siempre con un cierto cálculo; cuando se da por sentimiento del deber -hasta por un sentimiento cristiano del deber-, se puede ser generoso con las cosas, pero lo único que uno no da nunca es a sí mismo, y por tanto ese tipo de dar es incompleto.

(ii) Puede que uno dé por razones de prestigio. Puede que dé para recibir la gloria de dar. Lo más probable es que si nadie lo supiera, o si no se le diera ninguna publicidad, no daría nada. Si no se le dan las gracias y se le reconoce y alaba y honra, se da por ofendido. Da, no para la gloria de Dios , sino para la suya propia. Da, no exclusivamente para Dios a una persona necesitada, sino para gratificar su propia (vanidad Y su , propio sentido de poder.

(iii) Puede que uno dé sencillamente porque tiene que hacerlo. Porque el amor y la amabilidad que fluyen de su corazón no le dejarán hacer otra cosa. Puede que dé porque, por mucho que lo intente, no puede por menos de sentirse obligado a ayudar al necesitado.

El doctor Johnson difundía una atmósfera de amabilidad. Había una pobre criatura que se llamaba Robert Levett, que había sido en tiempos camarero en París y médico en las partes más pobres de Londres. Tenía una apariencia y unos modales, como decía Johnson, que asqueaban a los ricos y aterraban a los pobres. Fuera como fuera llegó a formar parte de la casa de Johnson. Boswell estaba alucinado con todo el asunto, pero Goldsmith conocía mejor a Johnson. Decía de Levett: «Es pobre y honrado, lo que ya es suficiente recomendación para Johnson. Ahora ya es pobre de solemnidad, y eso le asegura la protección de Johnson.» La indigencia era el pasaporte al corazón de Johnson.

Boswell cuenta esta anécdota de Johnson: « Cuando volvía una vez tarde a casa se encontró a una pobre mujer tirada en el suelo, tan agotada que no podía ni hablar. Se la echó a la espalda y la llevó a su casa, donde descubrió que era una de esas pobres mujeres que han caído hasta lo más bajo del vicio, de la pobreza y de la enfermedad. En vez de echárselo en cara con dureza, hizo que se tuviera cuidado de ella largo tiempo con toda ternura por un precio considerable hasta que recuperó la salud, e hizo lo posible para ponerla en una manera virtuosa de vida.» Todo lo que Johnson sacó de aquello fueron suspicacias indignas acerca de su propio carácter; pero había sido su corazón el que le había obligado a ayudar.

Una de las páginas más preciosas de la historia de la literatura es la que nos presenta a Johnson, en los días de su pobreza, volviendo a casa de madrugada y, a medida que iba pasando por el Strand, dejando peniques en las manos de los pobres y vagabundos que dormían en los portales porque no tenían otro sitio. Hawkins nos cuenta que alguien le preguntó cómo podía tener la casa llena de «vagos y de gente de mal vivir.» Johnson le contestó: «Si yo no los ayudo, nadie lo hará; y no se deben perder de necesidad.» Ahí tenemos el dar como es debido, que surge del amor de un corazón humano, que es lo que rebosa del amor de Dios.

Tenemos el dechado de este perfecto dar en Jesucristo mismo. Pablo escribió a sus amigos de Corinto: «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, Que, aunque era rico, por causa de vosotros Se hizo pobre para enriqueceros con Su pobreza» (2Co_8:9 ). Nuestro dar no debe ser nunca el hosco y superior resultado del sentimiento del deber; y menos todavía hemos de hacerlo para ensalzar nuestra gloria y prestigio entre la gente; debe ser el fluir instintivo de un corazón amante; debemos dar a otros como Jesucristo Se nos ha dado a Sí mismo a nosotros.

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