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Mateo 5 El sermón del monte

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 Bienaventurados los de limpio corazón, porque verán a Dios.

Aquí tenemos una bienaventuranza que exige que toda persona que la lea se detenga, piense y haga un examen de conciencia.

La palabra griega para limpio es katharós, que tiene una variedad de usos, cada uno de ellos con algo nuevo que añadir al sentido de esta bienaventuranza para la vida cristiana.

(i) En su origen quería decir simplemente limpio, y podía usarse, por ejemplo, de la ropa sucia que se había lavado para que volviera a estar limpia.

(ii) Se usa frecuentemente del trigo que se había aventado y cribado para dejarlo limpio de polvo y paja. En sentido figurado se usa de un ejército que se ha limpiado de soldados descontentos, cobardes o flojos, y que está formado exclusivamente de luchadores de primera categoría.

(iii) Suele aparecer corrientemente en compañía de otro adjetivo griego, akératos. Akératos se usa de la leche o el vino sin adulterar, y del metal que no tiene ni la más ligera aleación. Así pues, el sentido básico de katharós es sin mezcla ni adulterio ni aleación. Es por esto por lo que esta bienaventuranza es tan exigente. Podría traducirse:

¡Bendita la persona cuyos motivos son siempre totalmente sin mezcla, porque verá a Dios!

Rara vez se da el caso, hasta en nuestras acciones mejores, de que no haya la menor mezcla de motivos. Si nos entregamos total y generosamente a alguna buena causa, puede que nos quede en el corazón algún resto de propia satisfacción y aprobación, alguna complacencia en la gratitud y alabanza y crédito que cosechamos. Si hacemos algo bueno que requiere algún sacrificio por nuestra parte, puede que no estemos totalmente libres del sentimiento de que otros verán en nosotros algo heroico, y nos considerarán mártires.

Hasta un predicador que sea sincero no está totalmente libre del peligro de la propia satisfacción de haber predicado un buen sermón. ¿No fue Juan Bunyan el que le contestó tristemente a uno que le dijo que su sermón había sido muy bueno: «Sí, ya lo sé; ya me lo ha dicho el diablo cuando me bajaba del púlpito»?

Esta bienaventuranza nos exige el más severo examen de conciencia. ¿Hacemos nuestro trabajo para aportar un servicio o para que nos lo paguen? ¿Cumplimos con nuestro trabajo por motivos de servicio o de paga? ¿Prestamos nuestro servicio por generosidad o por egoísmo? ¿Hacemos lo que hacemos en la iglesia para el Señor o para nuestro propio prestigio? ¿Vamos a la iglesia para encontrarnos con Dios o para cumplir con una costumbre o para que se nos considere respetables?

¿Es nuestra vida de oración y meditación inspirada por un deseo sincero de comunión con Dios o porque nos da un sentimiento agradable de superioridad? ¿Cultivamos la vida espiritual porque somos supremamente conscientes de nuestra necesidad de Dios en lo más íntimo de nuestro ser, o porque nos producen un sentimiento de comodidad y bienestar los pensamientos piadosos? El examinar nuestros propios motivos produce inquietud y vergiienza, porque hay pocas cosas en este mundo que aun los mejores de nosotros pueden hacer sin tener motivos diversos y discutibles. Jesús pasó a decir que sólo los puros de corazón verán a Dios. Es uno de los simples hechos de la vida que vemos sólo lo que estamos dispuestos a ver. Y eso es verdad no solamente en el sentido físico, sino en todos.

Si una persona comente mira los cielos en una noche clara, no ve nada más que una inmensidad de puntitos de luz; ve sólo lo que está capacitado para ver. Pero en los mismos cielos un astrónomo podrá llamar a las estrellas y los planetas por sus nombres, y moverse entre ellos como entre amigos; y un marino podrá encontrar en los mismos cielos el medio para llevar su navío al puerto deseado por un mar sin caminos trazados. Francisco García Navarro nos cuenta su llegada a Jaca el 1/1/32, donde le estaba esperando el pastor y maestro don Salvador Ramírez con sus hijos varones. < En el camino de la estación de Jaca -nos cuenta-, ya anochecido, la conversación emprendida por D. Salvador, más dirigida a sus hijos que a mí, consistió en una grata y eficaz lección planetaria, mientras nos hacía contemplar el firmamento tan pletórico de belleza como de estrellas rutilantes.

Pura lección que corroboraba, decía, las palabras del Salmista: < Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de Sus manos» (Salmo 19:1). Fue para mí un placer escucharle en silencio, porque planteó la localización de estrellas y sus nombres, el movimiento y función de cada una, las constelaciones y su distinción, las galaxias y su formación, los años luz de distancia que nos separan de ellas y la perfección del Universo regido por leyes inalcanzables dictadas por el único Dios y Creador.> Buen comienzo, pensó Francisco García Navarro, de los descubrimientos que había de hacer con tan sabio < ayo» en los caminos de la teología, la moral y la educación.

Una persona comente que vaya dándose un paseo por los caminos del campo no verá en los setos nada más que un amasijo de arbustos y espinos. Un botánico experimentado se fijará en cada cosa, llamándola por su nombre y conociendo su uso; y puede que hasta descubra algo de rareza y valor extraordinarios, porque tiene ojos para ver.

Si ponemos a dos personas en una habitación llena de cuadros antiguos, la que no tenga conocimiento ni habilidad no verá la diferencia que hay entre una pieza maestra y una copia sin valor, mientras que un experto crítico de arte descubrirá un valor incalculable en una pintura que otros pasarían de largo sin fijarse siquiera.

Hay personas de mente sucia que ven en cualquier situación un material para una observación soez o un chiste sucio. En cualquier esfera de la vida, cada uno ve lo que está capacitado para ver. Así, dice Jesús, son solamente los puros de corazón los que verán a Dios. Es una seria advertencia para que recordemos que cuando mantenemos la limpieza de corazón por la gracia de Dios, o cuando lo ensuciamos por malicia humana, estamos capacitándonos o incapacitándonos para ver algún día a Dios.

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