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Mateo 5 El sermón del monte

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Aristóteles define la mansedumbre (praotés), como el término medio entre orguilotés, que quiere decir ira excesiva, y aorguésía, que quiere decir pasotismo. Praotés, mansedumbre, como veía aristóteles, es el feliz término medio entre la excesiva, y la falta de, ira. Así es que la primera traducción posible de esta bienaventuranza sería: ¡Bendito el que se indigna a su debido tiempo y por la debida causa, y no al contrario! Si nos preguntamos cuál es el debido tiempo y cuál el contrario diríamos que, por regla general, en la vida no se debe uno enfurecer por un insulto o una injuria que se le hace a 61 personalmente; eso es algo que un cristiano no debe nunca tener en cuenta; pero se debe uno indignar por las injurias que se les hacen a otras personas. La ira egoísta es siempre un pecado; la ira limpia de egoísmo puede ser una de las grandes dinámicas del mundo. Pero la palabra praiis tiene un segundo uso general en griego. Es la que se usa con referencia a un animal que ha sido domesticado, que está acostumbrado a obedecer la palabra de mando, que ha aprendido a obedecer las riendas. Es la palabra que se usa de un animal que ha aprendido a aceptar el control. Así que la segunda posible traducción de esta bienaventuranza seria: ¡Bendita la persona que tiene bajo control todos sus instintos, impulsos y pasiones! ¡Bendito el que se mantiene total y constantemente bajo su propio control!

Pero en el momento en que decimos esto nos damos cuenta de que necesita un cambio. No se trata tanto de la bendición de la persona que se controla a sí misma, porque eso está fuera de la capacidad humana; sino más bien de la persona que está totalmente bajo el control de Dios, porque sólo en Su servicio encontramos la perfecta libertad, y en hacer Su voluntad, la paz. Pero hay todavía un tercer enfoque de esta bienaventuranza. Los griegos contrastaban siempre la cualidad que llamaban praotés, y que la Reina-Valera traduce por mansedumbre, con la cualidad que llamaban hysélokardía, que quiere decir altivez de corazón. En praotés se encuentra la verdadera humildad que destierra todo orgullo.

Sin humildad no se puede aprender, porque el primer paso en el aprendizaje es ser conscientes de nuestra propia ignorancia. Quintiliano, el gran maestro de oratoria hispanorromano, decía de algunos de sus alumnos: < No me cabe duda de que serían excelentes alumnos si no estuvieran convencidos de que ya lo saben todo.» No se le puede enseñar nada a una persona que cree que ya lo sabe todo. Sin humildad no puede haber tal cosa como amor, porque el verdadero principio del amor es el sentimiento de indignidad. Sin humildad no puede haber verdadera religión, porque toda verdadera religión empieza por un darse cuenta de la propia debilidad y necesidad de Dios. Una persona sólo alcanza su verdadera humanidad cuando es siempre consciente de que es una criatura y Dios es el Creador; y que sin Dios no puede hacer nada.

Praotés describe la humildad, la aceptación de la necesidad de aprender y de la necesidad de ser perdonados. Describe la única actitud adecuada del hombre para con Dios. Así que la tercera posible traducción de esta bienaventuranza sería:

¡Bendito el que tiene la humildad de reconocer su propia ignorancia, debilidad y necesidad!

Es esta mansedumbre, dice Jesús, la que heredará la Tierra. Es un hecho de la Historia que siempre han sido las personas que tenían este don de autocontrol, que teman sus pasiones, instintos e impulsos bajo disciplina, las que han sido verdaderamente grandes. Números dice de Moisés, el más grande líder y legislador que ha conocido el mundo: < Moisés era un hombre muy manso, más que todos los hombres que había sobre la Tierra> (Números 12:3). Moisés no tenía un carácter aguado; no era una ameba que no pudiera erguirse y mantenerse firme; podía ponerse al rojo de ira; pero siempre era un hombre que tenía la ira en la tralla, soltándola sólo en el momento debido. El autor de Proverbios dice: < El que domina su espíritu es mejor que el que conquista una ciudad» (Proverbios 16:32).

Fue la falta de esa misma cualidad lo que fue la ruina de Alejandro Magno que, en un ataque de genio incontrolado, en medio de una orgía, le arrojó una lanza a su mejor amigo y le mató. Uno no puede guiar a otros a menos que sea dueño de sí mismo; ni puede servir a otros hasta que se haya sometido a sí mismo; ni estar en control de otros si no ha aprendido a controlarse a sí mismo. Pero la persona que se ha sometido al perfecto control de Dios obtendrá esta mansedumbre que de veras de permitirá heredar la Tierra. Está claro que esta palabra praiis quiere decir mucho más y otra cosa que lo que quiere decir ahora la palabra española manso; está claro, de hecho, que no hay ninguna palabra española que la traduzca perfectamente, aunque tal vez la palabra apacible sea la que más se le aproxime. La traducción completa de esta tercera bienaventuranza debería ser:

jAH, LA BIENAVENTURANZA DEL QUE SE INDIGNA SIEMPRE A SU DEBIDO TIEMPO Y POR LA CAUSA DEBIDA, Y NO AL CONTRARIOS Y QUE TIENE BAJO CONTROLA PORQUE ÉL MISMO ESTÁ BAJÓ EL CONTROL DE DIOSA TODO INSTINTOS IMPULSO Y PASIÓN Y QUE TIENE LA HUMILDAD DE RECONOCER SU PROPIA IGNORANCIA Y DEBILIDAD: PORQUE TAL PERSONA ES SOBERANA ENTRE LOS SERES HUMANOS LA BIENAVENTURANZA DEL ESPÍRITU HAMBRIENTO

Bienaventurados- los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Las palabras no tienen una existencia aislada; existen sobre el trasfondo de la experiencia y del pensamiento; y el significado de cualquier palabra está condicionado por el trasfondo de la persona que la pronuncia. Eso es particularmente cierto de esta bienaventuranza. Les haría a los que la oyeron por primera vez una impresión totalmente diferente de la que nos hace a nosotros.

El hecho es que muy .pocos de nosotros en las condiciones modernas de vida sabemos realmente lo que es tener hambre o sed. En el mundo antiguo era muy diferente. El salario diario de un obrero sería el equivalente a 10 pesetas; y, aun teniendo en cuenta la diferencia del valor adquisitivo del dinero, uno no se ponía gordo con tal sueldo. En Palestina, un obrero comía carne sólo una vez por semana; y en Palestina un trabajador o un jornalero nunca estaban muy lejos de la línea que marca la verdadera hambre y la muerte por inanición.

Y esto era todavía más real en el caso de la sed. A la inmensa mayoría de la gente no le era posible abrir un grifo y recibir agua clara y fresca en su casa. Uno podía estar de viaje, y sorprenderle el viento cálido que traía tormentas de arena. No podía hacer nada más que taparse la cabeza con el blusón y ponerse de espaldas al viento y esperar mientras los remolinos de arena se le metían por la nariz hasta la garganta a punto de sofocarle y hasta que se apergaminaba todo de una sed imperiosa. En las condiciones de la vida moderna de Occidente no hay nada parecido a eso.

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