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Mateo 5 El sermón del monte

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Hay tres maneras de tomar esta bienaventuranza.

(i) Se puede tomar literalmente: ¡Bendita la persona que ha soportado el dolor más amargo que puede producir la vida! Los árabes tienen un proverbio: < La luz del sol produce un desierto.> La tierra sobre la que siempre brilla el sol acabará por convertirse en un lugar árido en el que no pueda crecer la vida. Hay ciertas cosas que sólo la lluvia puede producir; y ciertas experiencias que sólo puede germinar el dolor.

La aflicción puede hacer dos cosas por nosotros. Puede mostrarnos, mejor que ninguna otra cosa, la esencial amabilidad de nuestros semejantes; y puede mostrarnos, mejor que ninguna otra cosa, el consuelo y la compasión de Dios. Muchas y muchas personas a la hora del dolor han descubierto a sus semejantes y a Dios como nunca antes. Cuando todo nos va bien es posible vivir años en la superficie de las cosas; pero cuando llega la aflicción le hace a uno profundizar en las cosas de la vida y, si se acepta debidamente, produce una nueva fuerza y belleza en el alma. Anduve con el Placer, y no hizo más que charlar, pero no me hizo más sabio lo que me llegó a contar.

Anduve con el dolor y no pronunció palabra; ¡y hay que ver lo que aprendí en una breve jornada!

(ii) Algunos han considerado que lo que quiere decir esta bienaventuranza es: ¡Benditas los que están desesperadamente apenados por el dolor y el sufrimiento que hay en el mundo!

Cuando estábamos pensando en la primera bienaventuranza veíamos que siempre está bien desligarse de las cosas, pero no desligarse de las personas. Este mundo habría sido un lugar mucho más pobre si no hubiera habido en él personas que se interesaban intensamente por las angustias y los sufrimientos de los demás. El Lord Shaftesbury hizo probablemente más por los hombres y mujeres trabajadores y por los niños de lo que haya hecho nunca ningún otro reformador social. Todo ello empezó muy sencillamente. Cuando era un muchacho estudiando en Harrow, iba por una calle un día cuando se encontró con el entierro de un pobre. El ataúd era una caja fea y mal hecha. Lo llevaban en un carro de mano del que iban tirando cuatro hombres que estaban borrachos; mientras tiraban y empujaban iban cantando canciones indecentes y gesticulando y bromeando entre ellos. Cuando iban subiendo una cuesta con el carro, la caja que era el ataúd se cayó del carro, y se reventó. Algunas personas habrían pensado que todo el asunto era de risa; algunos se habrían vuelto, asqueados; algunos habrían movido los hombros y se habrían dicho que aquello no iba con ellos, aunque fuera una pena el que sucedieran esas cosas. El joven Shaftesbury lo vio y se dijo a sí mismo: «Cuando sea mayor voy a dedicar mi vida a que no sucedan cosas así.» Así que dedicó su vida a cuidarse de los demás.

El Cristianismo es cuidarse de los demás. Lo que quiere decir esta bienaventuranza es: ¡Bendito el que se interesa intensamente por los sufrimientos, las angustias y las necesidades de otros!

(iii) Sin duda las dos ideas están en esta bienaventuranza, pero su principal pensamiento es: Bendita la persona que está desesperadamente dolorida por su propio pecado e indignidad. Como ya hemos visto, el primer mensaje de Jesús fue: «¡Arrepentíos!» Arrepentirse quiere decir tener pesar por los pecados. Lo que realmente cambia a una persona es el encontrarse de pronto cara a cara con algo que le abre los ojos a lo que es y puede hacer el pecado. Un chico o una chica pueden vivir a su aire sin pensar en los efectos o las consecuencias; pero cuando algún día sucede algo y el chico o la chica ven la tristeza dolorida en los ojos de su padre o su madre, entonces, de pronto, descubren lo que es el pecado.

Ese es el efecto que produce la Cruz en todos nosotros. Cuando miramos a la Cruz, no tenemos más remedio que decir: «Eso es lo que el pecado puede hacer. El pecado puede apoderarse de la vida más encantadora del mundo y aplastarla en una Cruz.» Uno de los grandes efectos de la Cruz es abrirles los ojos a hombres y mujeres al horror del pecado. Y cuando una persona ve el pecado en todo su horror, no puede por menos de experimentar intenso pesar por su pecado.

El Cristianismo empieza por un sentimiento de pecado. Bendita la persona que está intensamente apesadumbrada por su pecado, cuyo corazón se quebranta al pensar en lo que Le ha hecho a Dios y a Jesucristo, la persona que ve la Cruz y se siente oprimida por el estrago que ha causado el pecado. La persona que ha tenido esta experiencia será, sin duda, consolada; porque esa experiencia es lo que llamamos penitencia -del latín poenitere, dolerse, condolerse-, y al corazón contrito y humillado Dios no despreciará jamás (Salmo 51:17). El camino que conduce al gozo del perdón pasa por el dolor desesperado del corazón quebrantado. El verdadero sentido de la segunda bienaventuranza es:

¡AH, LA BIENAVENTURANZA DE LA PERSONA QUE TIENE EL CORAZÓN DESTROZADO ANTE EL SUFRIMIENTO DEL MUNDOS Y POR SU PROPIO PECADOS PORQUE EN SU DOLOR ENCONTRARÁ EL GOZO DEL SEÑOR LA BIENAVENTURANZA DE LA VIDA BAJO EL CONTROL DE DIOS

Bienaventurados los mansos, porque recibirán la tierra por heredad.

En el español actual la palabra manso no es una de las palabras honorables de la vida. Ahora conlleva la idea de servilismo, bajeza de carácter, consentimiento al mal e incapacidad o falta de voluntad para resistirse a una afrenta vergonzosa. Nos presenta el retrato de una criatura sumisa e ineficaz. Pero resulta que la palabra manso -en griego praiisera una de las grandes palabras éticas.

Aristóteles tenía mucho que decir de la cualidad de la mansedumbre (praotés). Aristóteles seguía un método para definir cualquier virtud que consistía en encontrar el término medio entre dos extremos. Por una parte estaba el extremo por exceso; y por la otra, por defecto; y entre ambos estaba la virtud misma, el término medio feliz. Para dar un ejemplo: En un extremo se encontraría el pródigo, y en el otro, el tacaño; y entre ambos, la persona generosa.

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