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Mateo 5 El sermón del monte

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(i) Está el nombre storgué, con el verbo correspondiente storguein. Estas palabras son las más características de la familia amor. Son las que describen el amor de los padres a los hijos, y de los hijos a los padres. « Un hijo -decía Platónama (storguein) y es amado por los que le trajeron al mundo.» «Dulce es un padre a sus hijos -decía Filemón- si les tiene amor (storgue).» Estas palabras describen el afecto familiar.

(ii) Está el nombre erós, con el verbo correspondiente eran. Estas palabras describen el amor entre un hombre y una mujer; siempre conlleva pasión y es siempre amor sexual. Sófocles describía erós como «un anhelo terrible.» En estas palabras no hay nada esencialmente malo; simplemente describen la pasión del amor humano; pero, con el paso del tiempo empezaron a ensuciarse con la idea de la concupiscencia, y no aparecen nunca en el Nuevo Testamento.

(iii) Está filía, con el verbo correspondiente filein. Éstas son las palabras griegas más cálidas y mejores para el amor.

Describen el amor verdadero, el verdadero afecto. Hoi filuntes, el participio de presente, es la palabra que describe a los amigos más auténticos e íntimos de una persona. Es la palabra que se usa en el famoso dicho de Menandro: «El que los dioses aman, muere joven.» Filein puede querer decir acariciar o besar. Es la palabra que indica la clase más sublime de amor, el afecto cálido y tierno.

(iv) Está agapé, con el verbo correspondiente agapan. Estas palabras indican una benevolencia inconquistable, una buena voluntad invencible. (Agapé es la palabra que se usa aquí). Si miramos a una persona con agapé, esto quiere decir que no importa lo que esa persona nos haga, o cómo nos trate; no importa que nos insulte o injurie u ofenda: No dejaremos que nos invada el corazón ninguna amargura contra ella, sino la seguiremos mirando con esa benevolencia inconquistable y esa buena voluntad que no procurará sino su bien supremo. De aquí surgen algunas cosas.

(i) Jesús no nos ha pedido nunca que amemos a nuestros enemigos de la misma manera que amamos a nuestros íntimos y próximos. La misma palabra es ya diferente; amar a nuestros enemigos de la misma manera que amamos a nuestra familia no sería posible ni justo. Ésta es una clase de amor diferente.

(ii) ¿Dónde está la diferencia? En el caso de nuestros familiares, no podemos evitar amarlos. Hablamos de enamorarnos; es algo que nos sucede sin buscarlo; es algo que nace de las emociones del corazón. Pero en el caso de nuestros enemigos, el amor no es algo solamente del corazón; es también algo de la voluntad. No es algo que no podemos evitar; es algo que tenemos que estimularnos a hacer. Es, de hecho, una victoria sobre lo que le sucede instintivamente al hombre natural.

Agapé no quiere decir un sentimiento del corazón, que no podemos evitar, y que nos sucede sin quererlo ni buscarlo; quiere decir una decisión de la mente mediante la cual conseguimos esta inconquistable buena voluntad aun para los que nos hacen daño u ofenden. Agapé, ha dicho alguien, es el poder para amar a los que no nos gustan y a los que no gustamos. De hecho, sólo podemos tener agapé cuando Jesucristo nos permite conquistar nuestra tendencia natural a la ira y al resentimiento, y lograr esta buena voluntad invencible para con todo el mundo.

(iii) Es totalmente obvio que lo que no quiere decir agapé, el amor cristiano, es que dejemos a la gente hacer absolutamente lo que les dé la gana, sin nuestra más mínima intervención. Nadie diría que un padre ama de veras a su hijo si le deja hacer y vivir como le dé la gana. Si miramos a una persona con una invencible buena voluntad, a menudo esto querrá decir que tenemos que castigarla, reprimirla, disciplinarla y protegerla contra sí misma. Pero también querrá decir que no la castigaremos para satisfacer nuestro deseo de venganza, sino para que se realice como persona. Querrá decir que toda disciplina y todo castigo cristiano debe proponerse, no la venganza, sino la cura. El castigo no debe ser nunca meramente retributivo; tiene que ser curativo.

(iv) Hay que notar que Jesús estableció este amor como la base para las relaciones personales. La gente usa este pasaje como una base para el pacifismo y como un texto en relación con las relaciones internacionales. Por supuesto que lo incluye todo, pero lo primero y principal es que se refiere a nuestras relaciones personales con nuestra familia y con nuestros vecinos y con las personas que encontramos en nuestra vida diaria. Es mucho más fácil ir por ahí declarando que no debería haber tal cosa como guerra entre las naciones, que vivir una vida en la que nunca permitamos que las desavenencias invadan nuestras relaciones con los que tratamos a diario. En primer lugar y principalmente, este mandamiento de Jesús se refiere a nuestras relaciones personales. Es un mandamiento del que tenemos que decir en primer lugar y principalmente: «Esto va por mí.»

(v) Debemos notar que este mandamiento es sólo posible para un cristiano. Sólo la gracia de Jesucristo puede capacitar a una persona para tener esta inconquistable benevolencia y esta buena voluntad invencible en sus relaciones personales con otros. Sólo cuando Cristo vive en nuestros corazones llega a morir la amargura y brota este amor a la vida. Se dice a menudo que este mundo sería perfecto con que sólo la gente viviera según los principios del Sermón del Monte; pero el hecho escueto es que nadie puede ni empezar a vivir según estos principios sin la ayuda de Jesucristo. Necesitamos a Cristo para que nos capacite para obedecer el mandamiento de Cristo.

(vi) Finalmente -y esto puede que sea lo más importante de todo- debemos notar que este mandamiento no solamente no implica dejar que la gente haga lo que quiera con nosotros; también implica que nosotros debemos hacer algo por ellos. Se nos manda orar por ellos. Nadie puede orar por otra persona y seguir odiándola. Cuando se presenta ante Dios con la otra persona que tiene la tentación de odiar, algo sucede. No podemos seguir odiando a nadie en la presencia de Dios. La manera más eficaz de acabar con la amargura es orar por la persona que estamos tentados a odiar.

EL AMOR CRISTIANO

Su razón de ser

Ya hemos visto lo que quería decir Jesús cuando nos mandó tener este amor cristiano; y ahora debemos pasar a ver por qué nos demandó que debíamos tenerlo. ¿Por qué, entonces, demanda Jesús que una persona tenga este amor, esta benevolencia inconquistable y esta buena voluntad invencible? La razón es muy sencilla y tremenda: Es que ese amor hace que la persona se parezca a Dios.

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