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Mateo 5 El sermón del monte

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El matrimonio entre los griegos

Hemos visto cómo estaba el matrimonio en Palestina en el tiempo de Jesús; pero no pasaría mucho tiempo antes de que el Cristianismo saliera de Palestina, y es necesario que veamos cómo estaba el matrimonio en el mundo más amplio al que llegarían las enseñanzas del Cristianismo.

En primer lugar, vamos a ver cómo estaba el matrimonio entre los griegos. Dos cosa viciaban la situación del matrimonio en el mundo griego. El gran investigador clásico A. W. Verrall decía que una de las principales enfermedades de las que murió la civilización antigua era el bajo concepto de las mujeres. Lo primero que arruinó la situación del matrimonio entre los griegos fue el hecho de que las relaciones extramatrimoniales no tenían ningún estigma, y hasta eran algo esperado y aceptado. A tales relaciones no se les daba la menor importancia; eran parte de la rutina de la vida. Demóstenes estableció como práctica reconocida y aceptada: «Tenemos prostitutas para el placer; concubinas, para la cohabitación diaria, y esposas, para tener hijos legítimos y una fiel guardiana de los asuntos del hogar.» Posteriormente, cuando las ideas griegas se habían introducido y habían arruinado la moralidad romana, Cicerón, en su En defensa de Cecilio, dice « Si hay alguien que piense que hay que negarles a los jóvenes el amor de las prostitutas, sería extremadamente severo. No puedo negar el principio en que se apoya; pero estaría en desacuerdo, no sólo con la permisividad de su propia edad, sino también con las costumbres y con la licencia de nuestros antepasados. ¿Cuándo no se ha hecho así? ¿Cuándo se ha considerado que era reprobable? ¿Cuándo se negó la licencia? ¿Cuándo no ha sido legal lo que lo es ahora?»

El punto de vista de Cicerón, como había sido el de Demóstenes, era que las relaciones extramatrimoniales eran perfectamente normales y aceptables. El punto de vista griego del matrimonio era una tremenda paradoja. La decencia griega exigía que la mujer respetable viviera en tal estado de aislamiento que ni siquiera podía ir por la calle sola, y que no tomaba sus comidas en las mismas habitaciones que los hombres. No tomaba la menor parte en la vida social. Los griegos les exigían a sus mujeres la más absoluta pureza moral, mientras que para ellos reclamaban la licencia moral más absoluta. Para decirlo claro: los griegos se casaban para que la mujer se hiciera cargo de la seguridad doméstica, pero se buscaban el placer en otra parte. Hasta Sócrates decía: «¿Hay alguien a quien le confías cuestiones más serias que a tu mujer, y alguien con quien hables menos?> A Vero, el colega de Marco Aurelio en el poder imperial, le echaba en cara su mujer el asociarse con otras mujeres. Su respuesta era que tenía que tener presente que el nombre de esposa era un título de dignidad, no de placer.

Así pues, en Grecia surgió una situación extraordinaria. El templo de Afrodita de Corinto tenía un millar de sacerdotisas, que eran en realidad prostitutas religiosas. Bajaban a las calles de Corinto por las tardes para llevar a cabo su misión, lo que dio origen a un dicho: « No todo el mundo se puede permitir un viaje a Corinto.» Esta sorprendente alianza de la religión con la prostitución se puede ver en situaciones tan increíbles como que Solón fuera el primero en permitir la entrada de prostitutas en Atenas y la construcción de burdeles, con el producto de los cuales se le construyó un templo nuevo a Afrodita, la diosa del amor. A los griegos no les parecía mal construir un templo con las rentas de la prostitución.

Pero, totalmente aparte de la práctica de la prostitución corriente, surgió en Grecia una clase sorprendente de mujeres llamadas las hetaira¡. Eran las queridas de hombres famosos; eran las mujeres más cultas y mejor situadas en la sociedad de su tiempo; sus hogares no eran nada menos que salones, y muchos de sus nombres pasaron a la historia compartiendo la fama con la de los hombres con los que estuvieron asociadas. Thais fue la hetaira de Alejandro Magno, a la muerte del cual pasó a ser la esposa de Tolomeo y la madre de la familia real egipcia.

Aspasia fue la hetaira de Pericles, probablemente el mayor gobernante y orador de Atenas; y se dice que fue ella la que le enseñó a Pericles oratoria y le escribía sus discursos. Epicuro, el famoso filósofo, tuvo a su igualmente famosa Leontion, y Sócrates, a Diotima. Cómo se consideraba a estas mujeres se puede deducir de la visita que le hizo Sócrates a Theodota, que nos cuenta Jenofonte. Fue a ver si era tan hermosa como se decía. Le habló con amabilidad; le dijo que le cerrara la puerta a los insolentes y que cuidara de sus amantes en la enfermedad y se congratulara con sus honores, y que amara tiernamente a los que le dieran su amor.

De modo que vemos en Grecia todo un sistema basado en relaciones extramatrimoniales; vemos que esas relaciones se aceptaban y consideraban naturales y normales, y nada vergonzosas; vemos que esas relaciones podían, de hecho, llegar a ser el factor dominante de la vida de un hombre. Vemos una situación sorprendente en la que los griegos mantenían a sus esposas absolutamente recluidas en una pureza obligatoria, mientras ellos se buscaban el placer y hasta el amor en relaciones fuera del matrimonio.

La segunda cosa que viciaba la situación en Grecia era que el divorcio no requería el más mínimo proceso legal. Todo lo que tenía que hacer el hombre era despedir a su mujer en presencia de dos testigos. La única cláusula que se le imponía era que tenía que devolver la dote íntegra. Es fácil ver la increíble novedad que suponía la enseñanza cristiana de la castidad y fidelidad en el matrimonio en una civilización así.

El matrimonio entre los romanos

La historia del desarrollo de la situación matrimonial entre los romanos es trágica. Tanto la religión como la sociedad romanas estaban basadas originalmente en el hogar. La base de la comunidad romana era la patria potestas, el poder del padre; el padre tenía literalmente poder de vida y muerte sobre su familia. Un hombre no era nunca mayor de edad mientras viviera su padre. Podía llegar a ser cónsul; podía llegar a los más altos honores y responsabilidades que el estado pudiera ofrecer; pero, mientras su padre estuviera vivo, seguía bajo la autoridad de su padre.

Para los romanos, el hogar lo era todo. La matrona romana no estaba recluida como su equivalente en Grecia. Tomaba parte en la vida totalmente. «El matrimonio -decía el jurista latino Modestino es una comunidad de por vida de todos los derechos divinos y humanos.» Desde luego, había prostitutas; pero se las despreciaba, y el asociarse con ellas era vergonzoso. Hubo, por ejemplo, un magistrado romano al que asaltaron en una casa de mala fama, y que se negó a denunciar el caso o a llevarlo a los tribunales, porque habría tenido que confesar que había estado en tal sitio. El nivel de la moralidad romana era tan alto que, durante los primeros quinientos años del estado romano no hubo ni un solo caso de divorcio que se tramitara. El primer hombre que se divorció de su mujer fue Spurius Carvilius Ruga, el año 234 a.C., y lo hizo porque ella era estéril, y él quería tener hijos.

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