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Mateo 5 El sermón del monte

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Pero del culto de Roma se pasó a otro objeto. Había un hombre que era la personificación del imperio romano, en quien podría decirse que Roma se encarnaba, y ese hombre era el emperador; así es que llegó a considerársele un dios, y se le empezaron a dar honores divinos y a levantarse templos a su divinidad. No fue el gobierno romano el que inició este culto; de hecho, en su principio, hizo todo lo posible para desanimarlo. El emperador Claudio, decía que lamentaba que se le dieran honores divinos a cualquier ser humano. Pero, con el paso de los años, el gobierno romano vio en el culto al emperador la única práctica que podía unificar el vasto imperio romano; ahí había un centro en el que se podían reunir todos sus habitantes. Así es que acabó por, no sólo aceptar, sino imponer el culto al emperador. Una vez al año, todas las personas tenían que presentarse y quemar una pizca de incienso a la divinidad del césar y decir: «César es señor.» Y eso era precisamente lo que los cristianos se negaban a hacer. Para ellos, Jesucristo era el único Señor, y no le darían a ningún ser humano ese título que pertenecía exclusivamente a Cristo.

Está claro que el culto al césar era una prueba de lealtad política más que ninguna otra cosa. De hecho, cuando un hombre había quemado su pizquita de incienso y repetido la fórmula, recibía un certificado, un libellus, de que lo había hecho, y luego podía ir y dar culto a cualquier dios, siempre que no fuera contra la decencia y el orden público. Los cristianos se negaron a someterse. A1 enfrentarse con el dilema «César o Cristo» no vacilaban en su elección: sólo Cristo. Se negaban en redondo a una componenda. El resultado era que, por muy bueno que fuera el hombre, aunque fuera un ciudadano excelente, quedaba fuera de la ley automáticamente. En el vasto imperio romano no se podían tolerar bloques de desafectos, y eso era exactamente lo que las autoridades romanas consideraban ser las congregaciones cristianas. Un poeta ha hablado de «El agobiado, acurrucado rebañito cuyo crimen era Cristo.»

El único crimen de los cristianos era que colocaban a Cristo por encima del césar; y por esa suprema lealtad murieron los cristianos a millares y arrostraron la tortura por causa de la exclusiva supremacía de Jesucristo.

LA BIENAVENTURANZA DEL SENDERO ENSANGRENTADO

Cuando vemos cómo surgió la persecución, estamos en posición de ver la verdadera gloria del sendero de los mártires. Puede que nos parezca extraordinario el hablar de la bienaventuranza de los perseguidos; pero para los que tengan ojos para ver más allá del presente inmediato, y una mente capaz de comprender la grandeza de las cuestiones implicadas, tiene que haber habido gloria en el sendero ensangrentado.

(i) El tener que sufrir persecución era una oportunidad de demostrar la fidelidad a Jesucristo. Uno de los mártires más famosos fue Policarpo, el anciano obispo de Esmirna. El populacho le arrastró al tribunal del magistrado romano. Se le presentó la disyuntiva de costumbre: ofrecer sacrificio a la divinidad del césar o morir. «Ochenta y seis años -fue su respuesta inmortal- he servido a Cristo, y jamás me ha hecho ningún mal. ¿Cómo voy a blasfemar a mi Rey, Que me salvó?» Así es que le llevaron al patíbulo, donde él hizo su última oración: « ¡Oh Señor Dios todopoderoso, Padre de Tu muy amado y siempre bendito Hijo, por medio de Quien hemos recibido Tu conocimiento… Te doy gracias por considerarme digno en Tu gracia de este día y hora.» Se le había concedido la oportunidad suprema de demostrar su lealtad a Jesucristo.

En la 1 Guerra Mundial, el poeta Rupert Brooke fue uno de los que murieron demasiado jóvenes. Antes de salir al combate, escribió:

«Gloria sea a Dios, que nos ha tenido por dignos de esta hora.»

Muchos de nosotros puede que no hayamos hecho nunca en nuestra vida nada que pudiera considerarse un verdadero sacrificio por Jesucristo. El momento en que parece probable que el Cristianismo nos cueste algo es el momento cuando tenemos la posibilidad de demostrar nuestra lealtad a Jesucristo de una manera que otros puedan ver.

El tener que sufrir persecución es, como dijo el mismo Jesús, recorrer el mismo camino que recorrieron los profetas, y los santos, y los mártires. El sufrir por lo justo es ganarse un puesto en una gran sucesión. La persona que tiene que sufrir algo por su fe puede levantar bien alta la cabeza y decir < Hermanos, vamos marchando por la senda que abrieron los santos.»

(iii) Tener que sufrir persecución es participar en una gran ocasión. Siempre resulta emocionante aunque sólo sea estar presente en las grandes ocasiones, el estar allí cuando algo memorable y crucial está teniendo lugar. Pero hay una emoción todavía mayor en tomar parte, aunque sea pequeña, en el acontecimiento. Ese era el sentimiento acerca del cual escribió Shakespeare un pasaje inolvidable de su Enrique V, en las palabra que puso en boca del rey antes de la batalla de Agincourt: «EL que viva este día y llegue a la vejez festejará a los suyos de este día la víspera, porque dirá: «Mañana es día de san Crispín.» Mostrará remangado todas sus cicatrices, y dirá: «Estas heridas obtuve en san Crispín.»

Caballeros ingleses que ahora están en la cama se tendrán por malditos porque aquí no estuvieron, y los tendrán por menos siempre que alguno hable que luchó con nosotros el día de san Crispín.»

Cuando uno es llamado a sufrir algo por el Evangelio, ese es siempre un momento crucial. Es la gran ocasión; es la colisión entre el mundo y Cristo; es un momento del drama de la eternidad. Tener un papel en tal escena no es un castigo, sino una gloria. «Alegraos de ese momento -dice Jesús- y estad contentos.» La palabra para estar contentos es el verbo griego agal.liasthai, que procede de dos palabras que quieren decir dar un salto extraordinario. Es un gozo como para saltar de alegría. Como se ha dicho acertadamente, es el gozo del escalador que ha alcanzado la cima, y que salta de alegría porque ha conquistado la montaña.

(iv) Sufrir persecución es ponérselo más fácil a los que vendrán detrás: Hoy disfrutamos la bendición de la libertad gracias a las personas que estuvieron dispuestas a pagar por ella sangre, sudor y lágrimas. Nos lo pusieron más fácil; y mediante un firme e inalterable testimonio de Cristo nosotros también se lo pondremos más fácil a los que vengan detrás.

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