Mateo 27: Jesús es entregado a Pilatos

Mat 27:1 Cuando amaneció, todos los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos se pusieron de acuerdo en un plan para matara Jesús.

Mat 27:2 Lo llevaron atado y se lo entregaron a Pilato, el gobernador romano.

Esta sección describe el tercer juicio bajo las autoridades judaicas. La importancia del juicio se ve en el hecho de que aun a esa hora tan temprana —al amanecer (v. 1)—el Sanedrín estaba reunido en pleno. Principales sacerdotes ( v. 1b) se refiere a los sumos sacerdotes. Parece que todos se refiere a los sumos sacerdotes y ancianos, indicando una reunión en pleno. Este tercer juicio sirvió para dar cierta apariencia de legalidad a un proceso que fue, de todos modos, ilegal en muchos aspectos.

Según la ley, una sentencia de muerte tendría que pronunciarse un día, de día, y ratificarse el día siguiente. Sin embargo, habiendo condenado a Jesús a muerte durante la noche, no quisieron esperar al día siguiente, sino que se reunieron al amanecer del mismo día para ratificar la sentencia. El consejo contra Jesús… (v. 1c) tenía el solo propósito de determinar la mejor manera de lograr su muerte, pues mucho antes habían determinado matarlo. Ese consejo incluiría el plan para presionar a Pilato a dar visto bueno al fallo del Sanedrín.

El gobierno romano había concedido a los líderes judíos cierta libertad para gobernar y juzgar a su propio pueblo. Sin embargo, esa autoridad concedida no les permitía llevar a cabo la sentencia de muerte. Por eso llevaron a Jesús a Poncio Pilato para lograr su aprobación para crucificarlo (comp. Juan 18:31).

Poncio Pilato fue nombrado procurador, o gobernador, cuando Arquelao fue depuesto, y sirvió en esa categoría desde el año 26 a 36 d. de J.C. Su sede estaba en Cesarea y su jurisdicción incluía Judea y Samaria. Tiberio fue emperador durante todo el ejercicio de Pilato. La personalidad de Pilato es descrita como descortés, cruel y débil. Además, manifestaba cierto desprecio hacia los judíos. Roma lo retiró de su puesto por razón de la extrema crueldad con que sofocó una pequeña revuelta en Samaria.

Pilato provocó sobremanera a los judíos en muchas ocasiones, pero especialmente en dos acontecimientos que ellos consideraban sacrilegios. Primero, Pilato permitió que soldados romanos entrasen en Jerusalén sin sacar la imagen del emperador, o el águila romana, de su estandarte, lo cual era considerado como idolatría. Segundo, se apropió de los fondos del Templo para construir un acueducto. El historiador Eusebio relata que Pilato, después de regresar a Roma, siguió el ejemplo de Judas, suicidándose.

Judas se ahorca

Mat 27:3 Judas, el que había traicionado a Jesús, al ver que lo habían condenado, tuvo remordimientos y devolvió las treinta monedas de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos,

Mat 27:4 diciéndoles:

–He pecado entregando a la muerte a un hombre inocente. Pero ellos le contestaron:

–¿Y eso qué nos importa a nosotros? ¡Eso es cosa tuya!

Mat 27:5 Entonces Judas arrojó las monedas en el templo, y fue y se ahorcó.

Mat 27:6 Los jefes de los sacerdotes recogieron aquel dinero, y dijeron:

–Este dinero está manchado de sangre; no podemos ponerlo en elcofre de las ofrendas.

Mat 27:7 Así que tomaron el acuerdo de comprar con él un terreno llamado el Campo del Alfarero, para tener un lugar donde enterrar a los extranjeros.

Mat 27:8 Por eso, aquel terreno se llama hasta el día de hoy Campo de Sangre. [1]

Mat 27:9 Así se cumplió lo que había dicho el profeta Jeremías: «Tomaron las treinta monedas de plata, el precio que los israelitas le habían puesto,

Mat 27:10 y con ellas compraron el campo del alfarero, tal como me lo ordenó el Señor.»[2]

El fin del traidor

Mateo es el único de los cuatro Evangelios que relata el fin de Judas, aunque Lucas, en base a otra tradición, lo describe en Hechos 1:18, 19. El relato de Lucas, a pesar de ser más escueto, presenta una descripción más gráfica del suicidio. Esta sección incluye tres acciones: lo que hizo Judas -vv. 3–5-, lo que hicieron los sumos sacerdotes -vv. 6, 7- y una explicación de Mateo -vv. 8–10-.

Lo que hizo Judas.

Mateo identificó a Judas como el que entregaba a Jesús. Su traición fue un acto que la primitiva iglesia no estaba dispuesta a olvidar. El adverbio de tiempo entonces, tóte, que aparece unas noventa veces en Mateo, juega un papel importante en este capítulo normalmente sirviendo como transición. Aquí sirve para unir lo que sigue con lo que antecede, pero dándole el significado de “cuando”. Si aceptamos este criterio temporal, Judas no esperaba el orden de eventos que estaba presenciando, es decir, que Jesús permitiera que lo atasen y lo llevasen a Pilato para ser crucificado. A base de este pasaje, algunos intérpretes opinan que Judas quería forzar a Jesús a iniciar su reino terrenal con una manifestación sobrenatural. Al ver que Jesús no respondía en esa manera, se dio cuenta de lo terrible de su acto. Sintió remordimiento traduce correctamente el término griego metamélomai. La RVR de 1960 traducía este término como “arrepentido”. El término griego que más se usa para denotar “arrepentirse” es metanoéo, que significa un profundo pesar y cambio radical de actitud que se refleja en un cambio radical de conducta. En cambio, el término que se usa en este pasaje denota el remordimiento por los resultados de una acción, pero no por el mal de la acción en sí, ni disposición de cambiar. Judas lamentó los resultados de su acción y afirmó que había pecado, pero no hay evidencias de una disposición de cambiar.

El término devolvió traduce el verbo griego stréfo que significa “volver, cambiar, tornarse”. Este mismo verbo se usa en el sentido de “convertirse”. Judas devolvió el dinero a los sacerdotes, pero no se volvió él mismo a Dios. El hecho de dar algo a Dios, aun algo de valor, no agrada a Dios a menos que uno mismo se vuelva primero a Dios. Esto explicaría la diferencia entre lo que Pedro hizo y lo que Judas hizo.

Se pregunta: ¿Por qué Judas devolvió las treinta piezas de plata? ¿Esperaba que los sacerdotes soltasen a Jesús? ¿El dinero que tanto anhelaba poseer, de repente había perdido su valor? ¿El dinero quemaba su conciencia? ¿Ya había decidido suicidarse y sabía que no serviría? Estas preguntas quedan sin contestación en el texto. Por otro lado, los sacerdotes no tenían interés en el problema de Judas. Habían logrado lo que querían de él y no dieron marcha atrás. Manifestaron una actitud cínica. Dijeron literalmente: ¿Qué a nosotros? Tú verás (v. 4b; trad. del autor).

Judas se desesperó. Arrojó las monedas de plata en el templo -naós-, o sea, el lugar santo donde solamente los sacerdotes podían entrar. Quizá llegó hasta la puerta y las arrojó hacia adentro. No es probable que haya violado el recinto sagrado. Acto seguido, salió y se ahorcó. Probablemente este acto ocurrió antes del juicio final de Jesús, o sea, en la madrugada antes del amanecer.

Lo que hicieron los sacerdotes. Los sacerdotes, que no tuvieron ningún reparo en condenar a muerte a un hombre inocente y que se mostraron indiferentes ante la angustia de Judas, ahora tienen sumo cuidado de no violar la ley en cuanto a echar las piezas de plata —precio de sangre, v. 6— en el tesoro del templo. Probablemente habían sacado estas piezas de plata del tesoro del templo para pagar a Judas. Bien había dicho Jesús: Coláis el mosquito pero tragáis el camello.

Los sacerdotes decidieron usar el dinero “contaminado” para comprar un campo, conocido como el del Alfarero. Se supone que un alfarero había utilizado la tierra de ese campo para preparar el barro con que hacía los utensilios. Quizá el campo ya no serviría para otra cosa sino para cementerio. El cementerio serviría solamente para sepultar a los gentiles que vivían en la ciudad de Jerusalén, pues ningún judío sería sepultado en un lugar profano como éste.

La explicación de Mateo. Este autor explica cómo el terreno llegó a llamarse Campo de Sangre. Esta explicación era necesaria en el tiempo en que Mateo escribió su Evangelio, más de 35 años habían pasado desde el suicidio de Judas. Mateo tiene un interés especial en relacionar los eventos de la vida de Jesús con profecías del AT. Dieciséis veces usa la expresión para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta… ; o su equivalente. Aquí en cap. 27 hay una relación entre el evento recién descrito y dos profecías del AT: Jeremías 32:7–9 y Zacarías 11:12, 13. Estos dos pasajes citados no tienen relación entre sí, y solamente una relación remota con el caso de la compra del Campo de Sangre (v. 8). La devolución de las piezas de plata por Judas es parecida a lo que hizo Zacarías; pero la compra del campo del alfarero por los sacerdotes es parecida a lo que hizo Jeremías.

Final de traidores Las Escrituras nos narran que Judas, quizá vencido por el remordimiento al ver condenado a Jesús, se suicidó. Pero la leyenda acerca de Pilato cuenta que desde la crucifixión no pudo tener nunca más paz en su alma. Sabemos históricamente que fue requerido por Roma para informar acerca de unas irregularidades durante su mandato. Al parecer también se habría suicidado víctima del desasosiego permanente que sacudía su alma. En cuanto a Anás, la suerte no fue mejor porque su hogar sucumbió ante un amotinamiento originado en el pueblo mismo. Había familiares que murieron asesinados y la casa fue saqueada. Tampoco Caifás pudo seguir en su cargo por la situación embarazosa creada desde el caso de Jesús. La maldad de los hombres puede no tener límites, pero tiene su propio fin: el de la tragedia.

Jesus ante Pilatos

Según el arreglo de Robertson en su Armonía, Mateo relata el primer juicio ante Pilato en los vv. 2 y 11 al 14; luego Lucas relata el juicio ante Herodes (Luc. 23:6–12); y finalmente Mateo relata el último juicio ante Pilato (27:15–26). Se incluirá también en esta sección la burla de los soldados (27:27–31).

Mat 27:11 Jesús fue llevado ante el gobernador, que le preguntó:

–¿Eres tú el Rey de los judíos?

–Tú lo has dicho –contestó Jesús.

Mat 27:12 Mientras los jefes de los sacerdotes y los ancianos lo acusaban, Jesús no respondía nada.

Mat 27:13 Por eso Pilato le preguntó:

–¿No oyes todo lo que están diciendo contra ti?

Mat 27:14 Pero Jesús no le contestó ni una sola palabra;[3] de manera que el gobernador se quedó muy extrañado.

La pregunta de Pilato (v. 11) indica que la táctica de los líderes religiosos era la de acusar a Jesús por pretender ser rey de los judíos. Lucas menciona específicamente tres acusaciones: Agita a nuestra nación, prohíbe dar tributo al César y dice que él es el Cristo, un rey (Luc. 23:2). Las tres acusaciones eran falsas, mentiras deliberadas. Por ejemplo, Jesús había mandado explícitamente dar tributo a César (22:21). La tercera también era falsa, pues implica que pretendía ser un rey político. En una palabra, los líderes religiosos astutamente habían fabricado tres acusaciones que tenían sabor a traición contra Roma. César no permitiría actos de insurrección en sus dominios, mucho menos que alguien pretendiera ser rey. Los líderes religiosos sabían esto y buscaban una acusación que justificara ante la ley romana la sentencia de muerte.

Tú lo dices (v. 11) significa que Jesús aceptó el título, sin repetirlo. Sin embargo, el título no significaba para él lo que significaba para Pilato, ni para el César. Aparentemente Pilato entendía que Jesús no pretendía el poder político, pues no insistió sobre el punto.

Había otras acusaciones que los líderes religiosos lanzaron contra Jesús (v. 13), pero éste guardó silencio. Aun Pilato se sorprendió de esta actitud no usual. Normalmente los acusados procuraban defenderse. Pilato sabía que Jesús era inocente, pero su silencio podría señalar su culpabilidad. Probablemente Pilato hasta se molestó con la actitud de Jesús, porque quería librarlo y Jesús no cooperaba. Con todo, el silencio en este caso era elocuente. Indicaba que Jesús tenía control de sus emociones; sabía que era inútil defenderse ante personas cuyas mentes estaban cerradas. Además, ya había aceptado la voluntad del Padre de entregarse a la muerte.

Jesús o Barrabás

Mat 27:15 Durante la fiesta, el gobernador acostumbraba dejar libre un preso, el que la gente escogiera.

Mat 27:16 Había entonces un preso famoso llamado Jesús Barrabás;[4]

Mat 27:17 y estando ellos reunidos, Pilato les preguntó:

–¿A quién quieren ustedes que les ponga en libertad: a JesúsBarrabás, o a Jesús, el que llaman el Mesías?

Mat 27:18 Porque se había dado cuenta de que lo habían entregado por envidia.

Mat 27:19 Mientras Pilato estaba sentado en el tribunal, su esposa mandó a decirle: «No te metas con ese hombre justo, porque anoche tuve un sueño horrible por causa suya.»

Mat 27:20 Pero los jefes de los sacerdotes y los ancianos convencieron ala multitud de que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.

Mat 27:21 El gobernador les preguntó otra vez:

–¿A cuál de los dos quieren ustedes que les ponga en libertad?

Ellos dijeron:

–¡A Barrabás!

Mat 27:22 Pilato les preguntó:

–¿Y qué voy a hacer con Jesús, el que llaman el Mesías?

Todos contestaron:

–¡Crucifícalo!

Mat 27:23 Pilato les dijo:

–Pues ¿qué mal ha hecho?

Pero ellos volvieron a gritar:

–¡Crucifícalo!

Pilate Delivers Jesus to Be Crucified

Mat 27:24 Cuando Pilato vio que no conseguía nada, sino que el alboroto era cada vez mayor, mandó traer agua y se lavó las manos delante de todos, diciendo:

–Yo no soy responsable de la muerte de este hombre; es cosa deustedes.

Mat 27:25 Toda la gente contestó:

–¡Nosotros y nuestros hijos nos hacemos responsables de su muerte!

Mat 27:26 Entonces Pilato dejó libre a Barrabás; luego mandó azotar a Jesús y lo entregó para que lo crucificaran.

Al enterarse Pilato de que Jesús era de Galilea (Luc. 23:6), territorio bajo el control de Herodes Antipas, lo despachó a él para ser juzgado. Herodes no tardó en devolverlo a Pilato, sin haber encontrado motivo para condenarlo a muerte (Luc. 23:15). Pilato intentó otra vez librarse de la responsabilidad de sentenciar a muerte a un hombre inocente. Propuso una alternativa a la multitud: Barrabas o Jesús. El nombre Barrabas significa “hijo” (bar) “de un padre” (abba). Se supone que el nombre indica que era hijo de un noble.

No se sabe el origen de la costumbre de permitir a los judíos escoger a un preso para ser librado durante la Pascua. Algunos opinan que Herodes el Grande la comenzó durante su reinado para mantener el favor del pueblo. También, perdonar a un preso era un símbolo de la naturaleza de la Pascua: la liberación de los “presos” israelitas en Egipto. Se esperaba que el pueblo escogería al preso más meritorio, el más digno de confianza.

Confiando en el buen criterio del pueblo, Pilato escogió al preso más famoso, peligroso y menos digno de ser librado, un homicida y sedicioso (Luc. 23:19), un asaltante (Juan 18:40). Lo puso al lado de Jesús e invitó al pueblo a escoger a uno entre los dos para ser librado. Pensaba de esta manera forzar al pueblo a librar a Jesús. El pueblo, instigado por los líderes religiosos, pidió la liberación del hombre que vivía para destruir la vida de otros. Luego, demandó la muerte para el hombre enviado del cielo para dar vida abundante a los hombres, librándoles del pecado y de la condenación. Salvaron al homicida y mataron al Salvador.

Algunos manuscritos antiguos se refieren a Barrabás como “Jesús Barrabás”. Si se acepta la autenticidad de esta variante textual, que parece probable, el pueblo tuvo la opción entre “Jesús Barrabás” y Jesús, llamado el Cristo (vv. 17, 22). El nombre “Jesús” era común en el pueblo judío y por eso Pilato lo identificaba como llamado el Cristo para distinguirlo de otros. Es el nombre griego que significa “salvador” y es equivalente a “Josué” en hebreo. Cada vez que nacía un varón, se despertaba la esperanza de que éste sería un “salvador” del pueblo en el sentido político, como Judas Macabeo, quien libró a Judea de los sirios. Quizá Barrabás pertenecía a los zelotes, quienes usaban la violencia para combatir a los romanos. Para muchos, Barrabás era “un salvador del pueblo”. El pueblo tenía la opción, entonces, de escoger entre el Salvador del cielo, quien vino a establecer un reino de amor, paz y liberación espiritual, o el pretendido salvador político.

Pues, ¿qué mal ha hecho? (v. 23) representa la última apelación de Pilato a la multitud de reflexionar sobre la injusticia de su demanda. Hay seis referencias en las que Pilato afirma la inocencia de Jesús (Luc. 23:4, 14, 15; Juan 19:4, 6; Mat. 27:24). La famosa jurisprudencia romana pretendía asegurar un juicio justo a todos. Pilato era responsable por la aplicación de este alto concepto de justicia humana. Sin embargo, en realidad, Pilato dejó que la multitud dictara la sentencia de muerte a Jesús, como se ve en la pregunta: ¿Qué, pues, haré con Jesús…? (v. 22).

Una consideración que pesaba sobre Pilato era la de evitar, a todo costo, una reacción tumultuosa del pueblo. Había agotado todos los recursos disponibles para librar a Jesús y a la vez apaciguar al pueblo. Finalmente, se dio cuenta de que no se lograba nada (v. 24) y que la multitud se ponía cada vez más impaciente y exigente. El hecho de lavarse las manos delante de la multitud (v. 24b) y declararse inocente de la sangre de éste (v. 24c) jamás podría librarle de su responsabilidad como procurador romano. Por otro lado, era la única vía para evitar un disturbio que quizá no podría controlar y que traería una sanción de Roma. Pilato sabía que los judíos tenían el recurso de denunciarlo ante el emperador romano. Estaba en la “cuerda floja”; en un gran dilema.

Pilato recibió un mensaje, a la vez notable y urgente, de su esposa mientras él estaba sentado en el tribunal (v. 19), o sea, durante el curso del último juicio, temprano en la mañana. Ella también afirmó la inocencia de Jesús, refiriéndose a él como ese justo (v. 19). Esta intervención de su esposa indica probablemente que ellos habían conversado del tema la noche anterior, pues ella estaba muy al tanto del caso. Lo que ella había sufrido… en sueños por causa de él (v. 19b) sería el horror de ver a un hombre inocente llevado a la cruz por el odio apasionado de los líderes religiosos (Tasker) y de pensar que su esposo tuviese algo que ver con el caso. Sus consejos llegaron tarde. A pesar de la advertencia de su esposa, no había forma que Pilato pudiera deslindarse de la responsabilidad de juzgar a Jesús.

Según una tradición, la esposa de Pilato, Claudia Procula, era un prosélito del judaísmo. Inclusive, otra tradición establece que ella se convirtió mas tarde al cristianismo. El comentarista Barclay dice que la iglesia copta libró a Pilato de toda responsabilidad en la muerte de Cristo y elevó a él y a su esposa al rango de “santos”.

¡Será asunto vuestro! (v. 24) es la traducción de una expresión idiomática griega vosotros veréis (traducción literal; comp. v. 4). Con esto Pilato pretende pasar la culpa a los judíos. Al decir: ¡Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos (v. 25), ellos aceptaron para sí mismos y para su descendencia la responsabilidad por la muerte de Jesús. Se discute hasta el día de hoy si el pueblo judío sufre aún por esta responsabilidad. El comentarista Stagg insiste que Jesús fue crucificado por los romanos, por insistencia de los judíos, pero no todos los judíos participaron en esa demanda. Los judíos hoy en día no son más responsables por la muerte de Jesús que los demás, pues él murió por todos los hombres, y no sólo por los judíos.

Antes de entregar a Jesús para ser crucificado, Pilato mandó azotarle según la costumbre romana para los sentenciados a esta clase de muerte (comp. Isa. 53:3 ss.). El condenado era azotado cruelmente con un látigo de tiras de cuero, en la punta de las cuales ataban pequeños pedazos de metal o hueso que servían para triturar las espaldas. Los historiadores certifican que frecuentemente las víctimas morían durante este terrible castigo. Puesto que ya estaban condenados a morir, no les importaba el grado de crueldad.

Jesús burlado por los soldados

Mat 27:27 Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al palacio y reunieron toda la tropa alrededor de él.

Mat 27:28 Le quitaron su ropa, lo vistieron con una capa roja

Mat 27:29 y le pusieron en la cabeza una corona tejida de espinas y una vara en la mano derecha. Luego se arrodillaron delante de él, y burlándose le decían:

–¡Viva el Rey de los judíos!

Mat 27:30 También lo escupían, y con la misma vara le golpeaban la cabeza. [5]

Mientras algunos de la compañía romana, compuesta de entre 200 y 600 soldados, hicieron los arreglos necesarios para la crucifixión, otros se divirtieron cruelmente con Jesús. Del estrado de juicio, lo llevaron al Pretorio, que probablemente era la residencia del procurador. Lo desnudaron, probablemente de la parte superior del cuerpo. Pusieron sobre sus hombros un manto de escarlata (v. 28). El manto sería una bufanda gastada de Pilato, o un saco de uno de los soldados. En todo caso, representaba un vestido real. Faltaban la corona de espinas y una caña como cetro para completar su equipo de rey. Entendieron que él pretendía ser rey, pero para ellos era un pobre ejemplo de rey, débil, derrotado, impotente. ¡La parodia era completa!

Su desprecio de Jesús llegó al colmo. Escupían sobre él y le golpeaban (verbo imperfecto de acción continuada, o repetida) en la cabeza con la caña (v. 30). Sacaron el manto de escarlata y lo vistieron de sus propios vestidos. Pero aparentemente dejaron la corona de espinas en su cabeza.

El azote de Dios El azote era un medio para aplicar un castigo al condenado. Lo usaban casi todos los pueblos en la época de Jesús. Se hacía por medio de varas o látigos. La ley judía no permitía azotar más de 39 veces. En cambio, los romanos podían hacerlo innumerable cantidad de veces, pero lo hacían solamente con los extranjeros y esclavos. El látigo era una tira de cuero que terminaba en varias puntas a las cuales se prendían pedazos de plomo y hueso afilado. Esto laceraba la carne del reo y casi lo mataba. Por eso este tipo de castigo precedía a la crucifixión. El condenado debía poner el torso desnudo y doblado sobre un poste. Se le ataban las manos a sus espaldas, y también se amarraba el cuerpo al poste para que no se desplazara. Además de esto, los latigazos eran acompañados por las maldiciones de los que ejecutaban el castigo. Si uno se fija bien hoy qué es lo que portan ciertos oficiales del ejército o la armada cuando están de guardia, o si observa al edecán de turno, notará un cordón amarillo que rodea el brazo derecho y cayendo sobre el pecho va prendido en uno de los botones superiores de la chaqueta. Ese cordón representa un látigo, que a la vez es la autoridad. Es una sorprendente reminiscencia de los soldados de la antigüedad cuando, en esa época, se castigaba inmediatamente al rebelde que no obedecía. Pero lo que no podemos dejar de pensar es cómo el Señor Jesucristo soportó todos los azotes antes de morir y no pronunció ninguna queja.

La Crucifixión

Mat 27:31 Después de burlarse así de él, le quitaron la capa roja, le pusieron su propia ropa y se lo llevaron para crucificarlo.

Mat 27:32 Al salir de allí, encontraron a un hombre llamado Simón, natural de Cirene, a quien obligaron a cargar con la cruz de Jesús.

Mat 27:33 Cuando llegaron a un sitio llamado Gólgota, (es decir,»Lugar de la Calavera»),

Mat 27:34 le dieron a beber vino mezclado con hiel;[6] pero Jesús, después de probarlo, no lo quiso beber.

Mat 27:35 Cuando y a lo habían crucificado, los soldados echaron suertes para repartirse entre sí la ropa de Jesús. [7]

Mat 27:36 Luego se sentaron allí para vigilarlo.

Mat 27:37 y por encima de su cabeza pusieron un letrero, donde estaba escrita la causa de su condena. El letrero decía: «Este es Jesús, el Rey de los judíos.»

Mat 27:38 También fueron crucificados con él dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.

Mat 27:39 Los que pasaban lo insultaban, meneando la cabeza[8]

Mat 27:40 y diciendo:

–¡Tú ibas a derribar el templo y a reconstruirlo en tresdías![9] ¡Si eres Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y bájate de la cruz!

Mat 27:41 De la misma manera se burlaban de él los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley, junto con los ancianos. Decían:

Mat 27:42 –Salvó a otros, pero a sí mismo no puede salvarse. Es elRey de Israel: ¡pues que baje de la cruz, y creeremos en él!

Mat 27:43 Ha puesto su confianza en Dios: ¡pues que Dios lo salve ahora, si de veras lo quiere![10] ¿No nos ha dicho que es Hijo de Dios?[11]

Mat 27:44 y hasta los bandidos que estaban crucificados con él, lo insultaban.

La Muerte de Jesús

Mat 27:45 Desde el mediodía y hasta las tres de la tarde, toda la tierra quedó en oscuridad. [12]

Mat 27:46 A esa misma hora, Jesús gritó con fuerza: «Elí, Elí, ¿lemá sabactani?» (es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)[13]

Mat 27:47 Algunos de los que estaban allí, lo oyeron y dijeron:

–Este está llamando al profeta Elías. [14]

Mat 27:48 Al momento, uno de ellos fue corriendo en busca de una esponja, la empapó en vino agrio, la ató a una caña y se la acercó para que bebiera. [15]

Mat 27:49 Pero los otros dijeron:

–Déjalo, a ver si Elías viene a salvarlo.

Mat 27:50 Jesús dio otra vez un fuerte grito, y murió.

Mat 27:51 En aquel momento el velo[16] del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. La tierra tembló, las rocas se partieron

Mat 27:52 y los sepulcros se abrieron; y hasta muchas personas santas, que habían muerto, volvieron a la vida.

Mat 27:53 Entonces salieron de sus tumbas, después de la resurrección de Jesús, y entraron en la santa ciudad de Jerusalén, donde mucha gente los vio.

Mat 27:54 Cuando el capitán y los que estaban con él vigilando a Jesús vieron el terremoto y todo lo que estaba pasando, se llenaron de miedo y dijeron:

–¡De veras este hombre era Hijo de Dios!

Mat 27:55 Estaban allí, mirando de lejos, muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea y que lo habían ayudado. [17]

Mat 27:56 Entre ellas se encontraban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. [18]

Tres eventos históricos —“muerte-resurrección-ascensión” de Jesús— constituyen el núcleo, la médula del evangelio, como se ve en la predicación apostólica. La importancia de estos eventos se ve también, en parte por lo menos, en el hecho de que los cuatro Evangelios se unen para describirlos. Esta sección se divide naturalmente en cuatro acontecimientos: la “Vía Dolorosa”; las tres primeras horas en la cruz; las tres últimas horas en la cruz; y los fenómenos sobrenaturales que acompañaron la muerte de Jesús.

La “Vía Dolorosa“, 27:32–34. Cuando la procesión salió de la residencia de Pilato, Jesús llevaba el travesaño de la cruz, o sea, el palo de madera que se clavaría en forma horizontal sobre el palo vertical (Juan 19:17). El palo vertical estaba ya puesto en el lugar de la crucifixión. Aparentemente Jesús, debilitado por los seis juicios, una noche sin dormir, el azote con látigo y sin alimento, se caía bajo el peso de su cruz. Los soldados obligaron a un tal Simón de Cirene, que pasaba de camino a la ciudad, a llevar la cruz. Lo habrá hecho de mala gana, pero los soldados romanos tenían el derecho de exigir servicio a cualquiera que estuviera a su alcance, sobre todo a un extranjero.

La identidad de Simón ha dado lugar a mucha especulación. Marcos acota que era el padre de Alejandro y Rufo (Mar. 15:21). Es posible que este Rufo sea el mismo mencionado en Romanos 16:13. El hecho de que Marcos los mencione significa que serían creyentes muy conocidos en Roma cuando compuso su Evangelio allí. Se especula que Simón se quedó para presenciar la crucifixión, allí se convirtió y luego compartió el evangelio con su familia.

Cirene era una colonia en la costa del norte de Africa, al oeste de Alejandría, y directamente al sur de Grecia. Esa ciudad se caracterizaba por su comercio y una gran población de judíos. La ciudad se menciona cuatro veces en Hechos (2:10; 6:9; 11:20; 13:1). Una de estas referencias indica que los cireneos tenían una sinagoga en Jerusalén (Hech. 6:9). Quizá Simón de Cirene estuvo entre los hombres de Cirene que predicaron el evangelio a los griegos (Hech. 11:20) y fundaron la iglesia en Antioquía.

El preciso lugar donde Jesús fue crucificado ha sido motivo de muchas opiniones contrarias. Hay dos evidencias en el texto bíblico que ayudan, a lo menos, a eliminar algunos lugares que tradicionalmente fueron considerados como el lugar de la cruz. Por un lado, Jesús padeció fuera de la puerta de la ciudad (Heb. 13:12); y por otro, Juan afirma que el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad (Juan 19:20). Estos datos refutan la teoría de que la llamada Iglesia del Santo Sepulcro, situada cerca del centro de la ciudad, está edificada sobre el lugar de la cruz de Cristo.

Marcos, Lucas y Juan se refieren al lugar de la cruz como el lugar llamado Gólgota (Mar. 15:22; Luc. 23:33; Juan 19:17), lo cual parece indicar un lugar muy conocido. Juan agrega que había un huerto en el lugar donde Jesús fue crucificado (Juan 19:41). Gólgota (v. 33), un término arameo, significa “calavera”, o “cráneo”. El término “calvario” se deriva de la palabra Calavera (v. 33b) . El término griego que Mateo usa para traducir Gólgota (v. 33) es kraníon, del cual viene “cráneo”. Algunos pensaban que se refería al lugar donde había muchos cráneos a la vista, pero los judíos no permitían huesos humanos a la vista tan cerca de la ciudad. Lo más probable es que se refiere a un pequeño monte, o cerro, que tenía la forma de un cráneo. En el extremo norte del cerro del templo hay una formación que tiene la apariencia de un cráneo y algunos han pensado que podría ser el lugar de la cruz, pero aun así, quedan la dudas. La incertidumbre en cuanto al lugar de la crucifixión, sin embargo, no afecta la certidumbre en cuanto al hecho histórico en sí.

Mateo menciona un gesto humanitario de parte de los soldados, que ofrecieron a Jesús una bebida de vino mezclado con ajenjo (v. 34; comp. Sal. 69:21) o hiel, una sustancia amarga y con propiedades narcóticas. Marcos dice vino mezclado con mirra (Mar. 15:23). Parece que el propósito era amortiguar los dolores terribles de los clavos y la muerte lenta, pues la bebida tendría un efecto anestésico. Existía una organización de mujeres ricas de Jerusalén que se dedicaban a este oficio de misericordia. Compraban con su propio dinero los elementos para esta bebida que ofrecían a los que iban a ser crucificados. Pero cuando Jesús lo probó, no quiso tomarlo, pues quería tener lucidez cabal para enfrentar los sufrimientos de la cruz.

Las tres primeras horas en la cruz, 27:35–44. Al llegar a este punto en el relato del evangelio, uno piensa que debiera encontrar una descripción en detalle del sufrimiento físico de Jesús. Extrañamente, no solamente se omite por completo este elemento, sino que en v. 35 el anuncio de la crucifixión se hace con un participio que podría traducirse: Y cuando le crucificaron; o, Y habiéndolo crucificado; o, después de crucificarle (RVA). El participio está subordinado al verbo principal: … repartieron sus vestidos (v. 35b). A pesar de la realidad innegable del sufrimiento inhumano e indescriptible de Jesús, los evangelistas no querían distraer la atención del propósito redentor de la muerte de Jesús. El sufrimiento más penoso fue cuando se sintió separado del Padre por el pecado del mundo que llevaba sobre su cuerpo.

Los soldados tenían derecho a apropiarse de los vestidos de los que eran crucificados. La ropa que repartieron consistía de cinco piezas: zapatos, turbante, faja o cinto, ropa interior y manto. Normalmente, cuatro soldados clavaban al preso a la cruz. A cada soldado le tocaba una prenda de más o menos igual valor, pero el dueño del manto se decidía echando suertes (piedrecitas o palitos; comp. Juan 19:23 s.). Comenzamos a ver el cumplimiento de varios detalles del Salmo 22, quizá el más mesiánico de todos (comp. Sal. 22:18). Mateo perdió la oportunidad de llamar la atención al cumplimiento de estas profecías, como frecuentemente lo hace.

Los soldados tenían la responsabilidad de vigilar la cruz para evitar que los amigos viniesen a bajar a las víctimas, o que otros las torturasen aún más. Pusieron sobre su cabeza (v. 37) es una expresión que define la forma de la cruz, o sea, tenía la forma de “+” y no de “x”.

Pilato mandó colocar la causa judicial de Jesús, esto es, el motivo de su crucifixión: Este es Jesús, el Rey de los Judíos (v. 37). Los cuatro Evangelios mencionan este hecho, aunque es Mateo que a través de su Evangelio hace hincapié en Jesús como Rey. Juan agrega algunos detalles más de interés. La cruz estaba en un lugar sobresaliente, pues muchos judíos leyeron la causa escrita. El letrero estaba escrito en hebreo (para judíos), latín (para romanos) y griego (para el resto de la humanidad). Los sumos sacerdotes protestaron por el texto del título, pidiendo un cambio. Pilato, sin embargo, no estuvo dispuesto a hacer más concesiones (Juan 19:20–22).

En la cruz Jesús fue identificado con dos ladrones, uno de cada lado. Más de siete siglos antes, Isaías había dicho del Mesías: Fue contado entre los transgresores (Isa. 53:12). Los ladrones habían venido para robar, matar y destruir, pero Jesús vino para que tuviesen vida y para que la tuviesen en abundancia (Juan 10:10). Juntos, sí; lado a lado, sí; confundidos por las multitudes, sí; pero ¡qué contraste entre él y ellos, tanto en su carácter como también en el propósito de su vida y el propósito de su muerte!

Marcos y Mateo describen tres grupos distintos que, sin piedad, lanzaban vituperios a Jesús mientras estaba muriendo en la cruz. Primero, la gente en general que pasaba lo blasfemaba (verbo de acción continua o repetida). Los que pasaban (v. 39) indica que el evento tuvo lugar al lado de un camino muy transitado. Los que meneaban sus cabezas (v. 39; comp. Sal. 22:7) hacia la cruz estaban diciendo en efecto: “Así que estás sufriendo lo que bien mereces.” Repetía dos de las pretensiones de Jesús, mezcladas con errores: “Podría destruir el templo y en tres días levantarlo” (refiriéndose a su muerte y resurrección) y que era Hijo de Dios (v. 40). En efecto, decían: “Si tú eres quien pretendes ser, pruébalo por un acto espectacular, descendiendo de la cruz.” La partícula condicional “si” (v. 40) introduce una oración condicional “de primera clase” que acepta la realidad de la premisa. Puesto que eres Hijo de Dios… capta el sentido de la construcción (comp. 4:6).

El segundo grupo que injuriaba a Jesús era el de los mismos líderes religiosos que habían instigado su muerte. Ellos no se dirigían a Jesús, sino unos a otros. Estos mencionaban dos pretensiones más. Jesús había afirmado que vino a salvar lo que se había perdido (Luc. 19:10) y que era Rey de Israel (27:11). Sin saberlo, estos líderes religiosos acertaron en la afirmación: A otros salvó; a sí mismo no se puede salvar (v. 42). Jesús no podía salvarse a sí mismo, ni descender de la cruz, si iba a cumplir la voluntad del Padre, si iba a forjar la salvación para otros. La gran verdad del evangelio es que aun Jesús, siendo Hijo de Dios, no podía salvarse a sí mismo y salvar a otros. El optó por negarse a sí mismo, hasta la muerte, con el fin de poder salvar a otros (comp. 2 Cor. 5:21; Fil. 2:5–11; Juan 3:16). Siguiendo su ejemplo, uno aprende que una de las verdades más grandes de todas es que uno descubre la vida sólo cuando renuncia a ella por amor a Cristo y en el servicio a favor de otros (16:24–26). Nuestra versión hace bien (v. 42) en omitir la partícula condicional “si” que se incluye en la RVR de 1960, pues no está en los mejores manuscritos antiguos.

Los líderes religiosos razonaban entre sí de la siguiente manera: “Este pretende que es Hijo de Dios y que confía plenamente en él. Si fuera así, seguramente Dios no le permitiría sufrir en esta forma. Por lo tanto, es evidente que no es Hijo de Dios, ni confía en Dios” (v. 43).

El tercer grupo que se mofaba de Jesús era el de los ladrones que fueron crucificados a su lado (v. 44). Sólo Lucas registra la reacción de uno de estos ladrones que, después de haber participado en los vituperios, se arrepintió y pidió misericordia a Jesús (Luc. 23:40 ss.).

Esta plegaria del ladrón penitente trajo de los labios del Salvador una de las promesas más preciosas y definidas en toda la Biblia en cuanto a la vida futura: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso (Luc. 23:43), o sea, en el cielo. Esta es la segunda de siete palabras pronunciadas por Jesús desde la cruz. Lucas también relata la primera cuando, refiriéndose a sus verdugos, Jesús dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Luc. 23:34). Juan registra la tercera palabra de Jesús desde la cruz, poco antes del mediodía cuando, dirigiéndose a su madre, dijo: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre (Juan 19:26, 27).

Las tres últimas horas en la cruz, 27:45–50. Las tres últimas horas de la vida terrenal de Jesús fueron dramáticas en grado máximo. Mateo describe cuatro cosas que sucedieron en este período: una oscuridad sobrenatural, el clamor de desolación de Jesús, las actitudes de los soldados y la muerte de Jesús.

La oscuridad que se extendió sobre toda la tierra (v. 45) fue una manifestación sobrenatural. Toda la tierra se referiría probablemente a Judea, o a Palestina, o en último caso al Imperio Romano, pero no a la redondez del planeta tierra. Un eclipse del sol no sería una explicación natural aceptable, pues era el tiempo de la Pascua, la cual se celebraba con luna llena. Otros intentos de una explicación natural caen por su propio peso. Fue un evento concreto, objetivo y a la vez simbólico de la hora solemne cuando las fuerzas de “tinieblas espirituales” reinaban aparentemente sin límites. Mateo dice con precisión que la oscuridad se extendió desde la sexta hora… hasta la hora novena (v. 45). Es la primera referencia en Mateo a la hora del día, lo cual da aun mayor garantía de historicidad al evento.

Poco antes de las tres de la tarde, o sea, la hora novena (v. 46) contando desde el amanecer, Jesús emitió un clamor de desolación que llega a nosotros con tremendo impacto después de dos mil años. Sólo Marcos y Mateo registran esta cuarta palabra que Jesús pronunció desde la cruz. Fue pronunciada en arameo, lenguaje usado comúnmente por los judíos, pero traducido al griego por ambos evangelistas. Estaba citando otra vez el salmo mesiánico (22:1) que había aprendido desde la niñez. Aparentemente Jesús repasaba en su mente este salmo durante toda su agonía y de vez en cuando las frases se articulaban en sus labios. El salmo describe a uno que sufre en soledad, pero mantiene su fe en Dios y termina en una nota de victoria. Describe con alta precisión lo que Jesús experimentó en el rechazo, juicio, crucifixión y resurrección. Es un modelo y ejemplo para todos los creyentes que sufren soledad y aflicción.

Ante este clamor de desolación, uno siente que está en suelo sagrado, como Moisés ante la zarza que ardía y no se consumía, cuando Dios le mandó quitarse los zapatos (Exo. 3:5). Por un lado, Jesús era plenamente hombre, agudamente sensible a los dolores físicos, pero su sufrimiento principal fue la soledad total en el momento de llevar los pecados de la humanidad sobre su cuerpo en la cruz. El clamor no expresa duda en la mente de Jesús, sino más bien plena confianza en su Padre Celestial. Su fe en Dios fue afirmada en el mismo clamor de soledad. El hecho de repetir Dios mío, Dios mío… (v. 46) revela su confianza en el Padre.

Se pregunta: ¿Realmente, el Padre abandonó al Hijo en el momento de su agonía? Este es uno de los misterios insondables del evangelio. Algunos teólogos entienden que el Padre volvió las espaldas al Hijo en el momento de su muerte porque llevaba encima los pecados del mundo. El abandono por tal causa es inaceptable. El Hijo, que siempre fue obediente al Padre, agradándole en todo, le obedeció supremamente en la cruz. Por lo tanto, el Padre, aun sufriendo con su Hijo, vio con sumo agrado lo que estaba haciendo. ¡Nunca estuvo más cerca al Hijo que en ese momento! Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo (2 Cor. 5:19). Por otro lado, el Hijo sentía una separación del Padre por razón del pecado de la humanidad que cargaba y que lo separa de Dios.

Los que confundieron el clamor de Elí, Elí… (v. 46) con el nombre de Elías, probablemente eran judíos, El único gesto de misericordia hacia Jesús durante su agonía en la cruz fue de un soldado romano. Reconociendo que tenía sed, preparó una esponja empapada de vinagre (v. 48), o vino agrio, la bebida que tomaban los soldados romanos, y se lo daba de beber (v. 48b; verbo griego en tiempo imperfecto). Según el relato de Juan, parece ser que lo que motivó al soldado a darle de beber el vino agrio fue la quinta palabra: Sed tengo (Juan 19:28). Unos, probablemente judíos, objetaron esta manifestación de misericordia. Su único interés era el de satisfacer una curiosidad morbosa y pensaban que la bebida demoraría la supuesta aparición y socorro de parte de Elías. En sucesión rápida, Jesús pronunció la sexta y séptima palabras: ¡Consumado es! (Juan 19:30) y ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Luc. 23:46).

El último clamor de Jesús fue silencioso, o más bien un fuerte suspiro. Entregó el espíritu (v. 50) es una expresión que indica una acción voluntaria de parte de Jesús. Fue Agustín quien dijo: Jesús “entregó su vida porque lo quiso, cuando lo quiso, y como lo quiso”. El texto de Mateo dice literalmente que Jesús despidió su espíritu, como si dijera “adiós”. Marcos emplea otro verbo en griego que significa que “exhaló su vida”, o expiró (Mar. 15:37). Juan, en cambio, dice sencillamente que entregó el espíritu (Juan 19:30), término que se usaba cuando uno ofrecía un sacrificio.

Los otros fenómenos sobrenaturales que acompañaron la muerte de Jesús, 27:51–56. Mateo ofrece más detalles que Marcos y Lucas en cuanto a tres fenómenos sobrenaturales que sucedieron después de las tres de la tarde en el día de la crucifixión: el velo roto, un terremoto y muertos resucitados. Además, Mateo cita la confesión del centurión y la compañía de las mujeres seguidoras de Jesús. Algunos comentaristas consideran estos fenómenos como meramente simbólicos. Por cierto son simbólicos, pero no meramente así, pues hay un triple testimonio de su autenticidad en los sinópticos, apoyado plena y unánimemente por todos los manuscritos antiguos.

El mismo verbo en griego, scidzo, se emplea para referirse al velo que se rasgó y a las rocas que se partieron. De este verbo viene nuestro término “esquizofrenia” que significa “personalidad dividida“. El velo separaba el lugar santo del lugar santísimo. Este recinto abrigaba antiguamente el arca, sobre la cual estaba una chapa metálica llamada el propiciatorio y sobre esa chapa, dos querubines, entre los cuales Jehová moraba. El sumo sacerdote entraba una vez al año, en el día de la expiación, y rociaba sangre sobre el propiciatorio. El velo se describe como de unos 10 a 15 mm. de espesor, 18 m. de largo y 9 m. de ancho. El peso era enorme.

El rompimiento del velo, de arriba abajo (v. 51), simboliza la abolición del sistema sacerdotal oficial que servía de mediador entre Dios y los hombres, y daba acceso directo a la presencia de Dios para todo creyente. El oficio del sacerdocio pasaría a todos los creyentes (Heb. 6:19 s.; 9:1–14; 10:19–22; 1 Ped. 2:9).

El segundo fenómeno sobrenatural, o tercero contando el de la oscuridad, consistió de un fuerte temblor de la tierra, o un terremoto, que logró partir piedras. El verbo griego seío G4579 quiere decir “agitar” o “sacudir”, del cual viene el término “sismo”. Algunos suponen, aunque el texto no lo aclara, que el mismo terremoto partió el velo. El texto, sí, dice que partió las piedras y parece decir que abrió los sepulcros, que estaban labrados en montes rocosos (comp. 27:61).

El tercer fenómeno sobrenatural en esta sección es el de la “resucitación” de muchos cuerpos de hombres santos (v. 52) y la aparición de ellos en Jerusalén después de la resurrección de Jesús (v. 53). Hay tres elementos que requieren nuestra atención. Primero, es mejor considerar el levantamiento de los cuerpos como “resucitación” y no como “resurrección”, porque ellos volvieron a morir en algún tiempo posterior, como los casos de Lázaro, de la hija de Jairo y del hijo de la viuda de Naín. Segundo, se pregunta: ¿Quiénes eran los hombres santos ? El término “santo”, en el NT, se refiere en casi todos los casos a creyentes en Cristo. Algunos opinan que se refieren a creyentes en Cristo que habían muerto y fueron enterrados cerca de Jerusalén, lo cual es lo mas probable, aunque otros opinan que se trató de “santos del viejo Israel”. Tercero, su aparición en Jerusalén se produjo solamente después de la resurrección de Jesús. Esto quiere decir que fueron resucitados en el día viernes pero que no fueron vistos hasta el domingo, o después. En todo caso, Jesús es primicias de los que durmieron (1 Cor. 15:20) en el sentido de que es el primero resucitado en cuerpo y que no volvió a experimentar la muerte.

La confesión del centurión romano ante la cruz de Cristo (v. 54b) no deja de ser una nota sorprendente y altamente simbólica. Aquí encontramos a un gentil, oficial romano sobre cien soldados, hombre experimentado en el arte terrible de la guerra, quien demuestra una gran sensibilidad espiritual. Se discute si el centurión reconoció la plena divinidad de Jesús, o si ante los fenómenos sobrenaturales tuvo gran temor y reconoció sólo que los dioses paganos estaban actuando en Jesús, o que éste era un héroe. Los que siguen esta línea llaman la atención al hecho de que falta el artículo definido ante “Dios” y ante “Hijo”, de modo que admite la traducción: un hijo de un dios. Sin embargo, la ausencia del artículo definido normalmente enfatiza calidad o carácter. Por ejemplo, en Juan 1:1 también falta el artículo ante Dios donde dice: … y el Verbo era Dios. Pero no es correcto decir: “… y el Verbo era un Dios.” Significa más bien que el Verbo era divino.

Lo más probable, por lo tanto, es que Mateo quería establecer un contraste entre la prontitud de un gentil pagano para reconocer la deidad de Jesús, por un lado; y por otro, la indisposición ciega de los líderes religiosos para hacer lo mismo. El centurión había escuchado la mofa de los líderes judíos en relación con la pretensión de Jesús de ser Hijo de Dios. Habría llegado a la conclusión de que Jesús era lo que él pretendía ser y lo que ellos decían que no era: ¡Verdaderamente éste era Hijo de Dios! (v. 54b). Corroborando esta interpretación, toda mención de centuriones en el NT revela una actitud positiva hacia Jesús y sus seguidores (comp. 8:5; 27:54; Hech. 10:1; 27:1, 43).

Una compañía compuesta de varias mujeres y conocidos de Galilea (Luc. 23:49), estaba mirando desde lejos (v. 55). Esta referencia indica que Jesús gozaba del apoyo y servicio de varias personas, además de sus discípulos. Estos aparentemente estaban ausentes durante la crucifixión, con la excepción de Juan. María Magdalena no debe identificarse con la María de Betania, ni mucho menos con la mujer pecadora (Luc. 7:35–48). Su nombre significa que era de Magdala, ciudad sobre el mar de Galilea. Salomé era la madre de los hijos de Zebedeo (Mar. 15:40). Probablemente Mateo y Marcos mencionan por nombre estas mujeres porque iban a jugar un papel importante en la resurrección de Jesús (comp. 28:1).

Verdades prácticas

  1. Cristiano: Cuando la desesperación te haga creer que ya nada se puede hacer, no bajes los brazos. Cuando consideres que ya nada te debe preocupar porque es irremediable la situación, no te cruces de brazos. Cuando alguien se aferre a ti como un último intento de salvación, no cierres los brazos. Mantén siempre tus brazos extendidos y bien abiertos, porque así vivió y murió tu Maestro.
  2. El grito final de Jesús es un grito de triunfo, no de dolor o derrota. El cristianismo es un movimiento en la historia preparado para vencer y no para ser vencido. Pero si un cristiano duda de esta victoria ya está derrotado desde el comienzo.

La sepultura del cuerpo de Jesús

Mat 27:57 Cuando y a anochecía, [19] llegó un hombre rico llamado José, natural de Arimatea, que también se había hecho seguidor de Jesús.

Mat 27:58 José fue a ver a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo dieran,

Mat 27:59 y José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana de lino limpia

Mat 27:60 y lo puso en un sepulcro nuevo, de su propiedad, que había hecho cavar en la roca. Después de tapar la entrada del sepulcro con una gran piedra, se fue.

Mat 27:61 Pero María Magdalena y la otra María[20] se quedaron sentadas frente al sepulcro.

Los once discípulos, que brillaron por su ausencia en el momento de necesidad, contrastan con la aparición de dos discípulos secretos, miembros del Sanedrín, los que no habían consentido con la decisión de matar a Jesús (Luc. 23:51). Los cuatro Evangelios mencionan a José de Arimatea, pero solo Juan menciona a Nicodemo (Juan 19:39). José es descrito como hombre rico… también… discípulo de Jesús (v. 57) y miembro ilustre del concilio (Mar. 15:43). Este entró osadamente a Pilato (Mar. 15:43) y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato verificó la muerte de Jesús con el centurión y le dio permiso a bajarlo y sepultarlo.

Normalmente ese permiso demoraba, pues había casos cuando el mismo emperador tenía que aprobarlo. Hay tres motivos para explicar la diligencia con que Pilato lo autorizó y tan pronto. Primero, el sol declinaba rápidamente, y había una ley que prohibía dejar un cuerpo humano colgado durante la noche (Deut. 21:23). También, al ponerse el sol comenzaba el día sábado en el cual se prohibía toda clase de trabajo. Tercero, seguramente Pilato quería terminar cuánto antes todo lo relacionado con ese Justo (v. 19) que él entregó a la muerte.

Nicodemo cooperó con José en preparar el cuerpo de Jesús para el entierro. Proveyó como treinta y cuatro kg. de un compuesto de mirra y áloes, juntamente con el lienzo, suficientes para envolver y embalsamar el cuerpo (Juan 19:39). Lo colocaron en un sepulcro nuevo, labrado en la peña, que pertenecía a José. Ya ni José ni su familia podrían usar la tumba, porque la ley rabínica prohibía que uno enterrase su familia en una tumba donde yacía el cuerpo de un hombre que hubiera sido muerto. Aseguraron la tumba contra ladrones con una roca grande puesta sobre la entrada (v. 60). Era una roca grande, redonda, chata, que rodaba en una zanja hasta tapar la entrada. Cuando José y Nicodemo se retiraron, las dos Marías quedaron allí mirando, meditando y probablemente llorando. ¡Pronto su tristeza se tornaría en gozo! (ver Juan 16:22).

La Guardia ante la tumba

Mat 27:62 Al día siguiente, es decir, el sábado, [21] los jefes de los sacerdotes y los fariseos fueron juntos a ver a Pilato,

Mat 27:63 y le dijeron:

–Señor, recordamos que aquel mentiroso, cuando aún vivía, dijo que después de tres días iba a resucitar. [22]

Mat 27:64 Por eso, mande usted asegurar el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos y roben el cuerpo, y después digan a la gente que ha resucitado. En tal caso, la última mentira sería peor que la primera.

Mat 27:65 Pilato les dijo:

–Ahí tienen ustedes soldados de guardia. Vayan y aseguren elsepulcro lo mejor que puedan.

Mat 27:66 Fueron, pues, y aseguraron el sepulcro poniendo un sello sobre la piedra que lo tapaba; y dejaron allí los soldados de guardia.

Solo Mateo registra el episodio de los esfuerzos por asegurar la tumba. Es interesante la manera que Mateo se refiere al día sábado, como el día después de la Preparación (v. 62). La Preparación se refería al día viernes. El día más importante (sábado) era definido por el día menos importante (el viernes).

¡Otra vez los líderes judíos se presentan ante Pilato para pedirle un favor! Nos acordamos (v. 63) significa que “acaba de ocurrírsenos”, o “ahora recordamos” de una profecía que Jesús hizo antes de morir, de que resucitaría después de tres días. Aquel engañador (v. 63b) es una expresión doblemente despectiva. “Aquel” es un pronombre demostrativo que se refiere a uno que está lejano, o que está a cierta distancia. Quizás estaban pensando que ya Jesús estaba más allá de la muerte, bien lejos. “Engañador traduce el adjetivo griego plános G4108 que significa “vagabundo”, o “viajero sin rumbo”. El significado derivado aquí se refiere a uno que no sólo viaja sin rumbo, sino que seduce a otros a seguirle. De allí la idea de “engañador”, o “impostor”.

Los líderes religiosos querían a todo costo asegurarse que los discípulos no robasen el cuerpo de Jesús. Ellos mismos tenían sus guardas del templo, pero querían además una guardia romana. El término guardia (v. 65; G2892) se refería normalmente a una compañía de unos sesenta soldados. La misma insistencia de los líderes religiosos en asegurar la tumba vino a ser uno de los mejores argumentos a favor de la resurrección de Jesús.

El último fraude (v. 64) se refería al engaño que los líderes pensaban que los discípulos estaban preparando: robar el cuerpo y decir al pueblo que había resucitado. “El primero” se refería a la pretensión de Jesús de ser Hijo de Dios. Ya no podían evitar el primer “engaño”, pero harían todo lo posible por evitar el segundo, pues los mostraría a ellos como asesinos del mismo Hijo de Dios, enemigos de Dios.

La respuesta de Pilato da lugar a dos interpretaciones. El verbo tenéis (v. 65) puede traducirse como de modo indicativo o de imperativo. Si es modo indicativo, Pilato negó el pedido, diciendo que ya tenían sus propios guardas del templo y que ellos podían asegurar la tumba sin la intervención de soldados romanos. O podría indicar que ya les había dado un grupo pequeño de soldados y que ellos eran suficientes. Si el verbo es de modo imperativo, Pilato concedió el pedido, diciendo: Tened la guardia. Id y aseguradlo… En ambos casos, Pilato se muestra impaciente.

Tomaron dos medidas para asegurar el sepulcro: Primero, según la costumbre, extendieron una cuerda de lado a lado de la piedra que servía de puerta, sellando la cuerda en ambas puntas en el costado de la peña con barro o cera, y probablemente dejando la marca del sello del emperador en el barro. Romper el sello sería alta traición. Este proceso se hizo en presencia de los soldados quienes serían responsables por la seguridad de la tumba. Segundo, dejaron un grupo de soldados, tomando turno, para vigilar la tumba.

Al fin, fueron los mismos líderes religiosos quienes engañaron al pueblo. Después de la resurrección de Jesús, ellos pagaron a los guardas para decir que los discípulos habían robado el cuerpo. La respuesta de los creyentes consistió en recordarles que ellos mismos habían asegurado la tumba de modo que un robo sería absolutamente imposible.

Sábado: un día de densas tinieblas

Los Evangelios no relatan eventos que hayan sucedido desde la noche del viernes (sábado judío) hasta la noche del sábado (el comienzo del domingo judío). Solamente Lucas comenta que después de la sepultura, las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús regresaron y prepararon especias aromáticas y perfumes, y reposaron el sábado, conforme al mandamiento (Luc. 23:56).

Aquí se nos presenta con todo su colorido macabro el último acto de la tragedia de Judas. Comoquiera que interpretemos su mentalidad, una .cosa está clara: que Judas entonces comprendió el horror de lo que había hecho. Mateo nos dice que Judas llevó el dinero y lo tiró en el templo; y es interesante que la palabra que usa no es la palabra más general para todos los edificios del templo (hierón), sino la palabra para el templo propiamente dicho (naos: Se recordará que el templo estaba formado por una serie de atrios cada uno a continuación del precedente. Judas, en su ciega desesperación, entró por el Atrio de los1”Gentiles; pasó por el Atrio de las Mujeres; pasó hasta el final del Atrio, de los Israelitas; no podía entrar más allá: había llegado a la barrera que impedía la entrada en el Atrio de los Sacerdotes, al final del cual se encontraba el templo propiamente dicho. Judas llamó a los sacerdotes para que recogieran el dinero; no acudieron, y él se lo tiró desde lejos, y se marchó, y se ahorcó. Los sacerdotes recogieron el dinero, tan contaminado que no podía echarse al tesoro del templo, y compraron con él un campo para cementerio de los gentiles, para enterrar los cuerpos inmundos de los gentiles que murieran en la ciudad. –

El suicidio de Judas sería la prueba concluyente de que su plan había fracasado. Había pretendido que Jesús Se manifestara como conquistador; pero lo único que había conseguido había sido empujarle hacia la Cruz, y la vida ya no tenía para Judas ningún sentido. Hay dos grandes verdades aquí acerca del pecado.

  1. Lo terrible del pecado es que no podemos atrasar el reloj. No podemos deshacer lo que hemos hecho. Una vez que se ha hecho algo, nada lo puede alterar o hacer volver.

    No hace falta ser muy viejo para sentir el anhelo de vivir otra vez alguna hora. El recordar que no se puede traer al presente nada que ya esté en el pasado debería hacernos tener mucho cuidado con nuestras acciones.

  2. Lo extraño del pecado es que una persona puede llegar a odiar lo que ganó cometiéndolo. El mismo precio que recibió por. pecar puede llegar a asquearle hasta tal punto que su único deseo sea desembarazarse de él. La mayor parte de la gente peca porque cree que, si puede simplemente conseguir la cosa prohibida, le hará feliz. Pero lo que era el deseo del pecado puede convertirse en la cosa de la que uno querría librarse -y a menudo no puede.

    Como ya hemos visto, Mateo encuentra profecías de los acontecimientos de la vida de Jesús en los lugares más insospechados. Aquí comete una equivocación. Mateo está citando de memoria; y la cita que hace no es de Jeremías, como dice, sino de Zacarías. Es de un extraño pasaje -Zac_11:10-14- en que el profeta nos dice que recibió una recompensa indignó y se la tiró al alfarero. En aquella antigua alegoría, Mateo vio un anuncio simbólico de lo que sucedió con el dinero de Judas.

Si Judas hubiera seguido fiel a Jesús, podría haber acabado su vida como un mártir; pero, como prefirió escoger su propio camino, fue su propia mano la que le causó la muerte. Se perdió la gloria de la corona del martirio para darse cuenta de que la vida le resultaba insoportable a causa de su pecado.

Mateo nos presenta otra historia de traición, pero que contrasta con la de Pedro. Ese relato de un fracaso temporario bajo estrés culminó con las lágrimas de Pedro en arrepentimiento, y su restauración posterior se implica. Pero Judas, por contraste, había decidido claramente en contra de Jesús, y su remordimiento al darse cuenta de su error lo condujo, no a un verdadero arrepentimiento, sino a la desesperación y el suicidio.

El tema del precio de sangre recoge la idea de la culpabilidad por la sangre de los profetas en 23:29-36, culminando en 27:24, 25. Judas, sin poder quitarse de encima la culpabilidad al devolver el dinero, se ahorcó; pero los principales sacerdotes, haciendo uso del mismo precio de sangre para comprar el campo del Alfarero, también quedaron implicados. El Campo de Sangre (acéldama) tradicionalmente está ubicado en el valle de Hinom (de donde se cavaba la arcilla para el alfarero). Estos y otros vislumbres en las palabras de Mateo sugieren que él comprendió todo el relato a la luz de Jer. 19:1-13, donde el valle de Hinom está ligado con entierros y “sangre inocente” y un alfarero. Otros pasajes en Jer. también pueden haber estado incluidos (la casa del alfarero en Jer. 18; la compra de un campo en Jer. 32).

Así que es apropiado que el relato llegue a su clímax (9, 10) en una cita-fórmula, supuestamente de Jer., acerca del uso de dinero de sangre para comprar el campo del alfarero. Las palabras citadas en realidad se basan más íntimamente en Zac. 11:12, 13, con su mención de “treinta monedas de plata” (ver sobre 26:15) que son arrojadas misteriosamente en la casa de Jehovah “para el alfarero”. El dinero en el pasaje de Zac. es el precio del insulto que el pastor dado por Dios (el Mesías) recibe como paga de su rebaño rebelde (véase sobre 26:31 para otras alusiones a esta profecía extraña). Sin embargo, esta no es una cita sencilla de un solo pasaje, sino un entretejido sutil de los temas tomados de Jer. y Zac. a la luz de los hechos aquí citados. El “cumplimiento” que Mateo traza en este lugar es algo mucho más sustancioso que un sencillo hecho predicho.

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