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Mateo 22: Gozo y juicio

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2. El maravilloso acierto con que nuestro Señor contestó A sus adversarios. Los fariseos y los herodianos le preguntaron si era lícito dar tributo al César, creyendo sin duda que no podría contestarles Sin caer en sus redes. Si él hubiera replicado simplemente que era justo dar el tributo, lo habrían acusado ante el pueblo de que había desacatado los privilegios de Israel, y había considerado A los hijos de AbrahAn no ya como libres, sino como vasallos de un poder

extranjero. Si, por otra parte, hubiera contestado que no era lícito pagar el tributo, lo habrían acusado ante los romanos como sedicioso y rebelde contra César.

Pero nuestro Señor con su conducta desbarató sus planes completamente. Pidió que se le mostrase moneda del tributo; y les preguntó de quién era la figura que sobre ella había estampada. Le contestaron que del César, reconociendo así que César ejercía sobre ellos funciones gubernativas, puesto que el que acuñaba la moneda corriente regia doquiera que esa moneda circulaba como legal. La respuesta de nuestro Señor fue tan pronta como concluyente: «Pagad, pues, A César lo que es de César, y A Dios lo que es de Dios.» El principio que estas palabras entrañan es de grandísima importancia. El cristiano debe, por una parte, obediencia al gobierno civil bajo cuyo amparo vive, en todo lo temporal. Aunque no apruebe todos los actos de ese gobierno, tiene que someterse A sus leyes mientras estén vigentes. Pero, por otra parte, debe obediencia al Dios de la Biblia en todo lo que sea puramente espiritual. Ni la pérdida temporal, ni la privación de derechos civiles, ni la opresión de las autoridades dominantes, deben inducirlo A hacer lo que estA claramente prohibido en la Biblia.

Esta cuestión es, sin duda, harto difícil y delicada. Aun los hombres rectos y sabios han diferido mucho entre sí al determinar en donde termina lo que es del César y empieza lo que es de Dios. Para juzgar con acierto acerca de esta clase de cuestiones, todo cristiano verdadero debe implorar constantemente el auxilio divino.

Mateo 22:23-33

Los saduceos, A imitación de los fariseos y los herodianos, intentaron confundir A nuestro Señor con preguntas complicadas; mas tampoco lograron su intento. Es digno de notarse, en primer lugar, que las objeciones absurdas que los escépticos alegan contra la Biblia son antiguas. Los saduceos querían demostrar cuan absurda era la doctrina de la resurrección y de la vida venidera; con ese fin se acercaron A nuestro Señor para referirle un cuento que probablemente habían inventado A propósito: le dijeron que cierta mujer se había casado sucesivamente con siete hermanos que habían muerto sin dejar hijos, y le preguntaron de quién de ellos seria esposa en el otro mundo cuando todos resucitasen. El objeto de la pregunta era claro: lo que querían en realidad era echar por tierra la doctrina de la resurrección, insinuando, que por fuerza tendrA que haber disputas, confusión y desorden, si después de muertos todos volvieren A vivir.

No debemos sorprendernos si A nosotros se nos hicieren objeciones semejantes respecto de las doctrinas de la Escritura, y especialmente de las que se refieren A la otra vida. Dos cosas conviene que tengamos presentes: primera, que en una religión que dimana de Dios, tiene que haber misterios, y que un niño puede hacer preguntas que el filósofo mAs profundo no se halle capaz de contestar; y segunda, que hay verdades innumerables que son claras y explícitas, verdades que bien podemos acatar, creer y practicar.

Es digno de observarse, en segundo lugar, qué texto tan notable fue el que citó nuestro Señor en prueba de la resurrección. Fue el texto las palabras que dirigió Dios A Moisés en el zarzal: «Yo soy Dios de AbrahAn, Dios de Isaac, y Dios de Jacob.» Exo_3:6. Por vía de explicación agregó Jesús lo siguiente: « Dios no es de los muertos sino de los vivos.» Dos siglos hacia que Jacob, el Último de los tres, había muerto y había sido llevado al sepulcro; y sin embargo Dios los mencionó como si todavía fuesen sus siervos, y él fuese su Dios. No dijo, «Yo era el Dios,» etc., sino, «Yo soy el Dios,» etc. El aniquilamiento jamAs tendrA lugar. El sol, la luna, las estrellas, las gigantescas montañas, las profundidades del mar se reducirAn algún día A la nada; pero el mAs tierno y débil parvulito del hombre mAs miserable vivirA para siempre en el otro mundo.

Merece notarse, por último, lo que nuestro Señor dijo respecto del estado de hombres y mujeres en el otro mundo. Los saduceos creían que la vida futura seria tan sensual como la presente. Nuestro Señor les manifestó que aunque los hombres tuvieran entonces un cuerpo material, la constitución y necesidades consiguientes de éste serian muy distintas de lo que son ahora. Nótese sí que aludió solo A los que se salvan. Estas fueron sus palabras: « En la resurrección, ni se casan, ni se dan en casamiento; mas son como los Angeles de Dios en el cielo.» Es muy poco lo que sabemos acerca de la gloria. QuizA nos formaremos una idea mAs clara considerando lo que no serA que considerando lo que serA. Allí no se sentirA ni hambre ni sed; las enfermedades y el dolor no tendrAn cabida; no habrA decadencia, vejez ni muerte: no habrA necesidad del matrimonio, de los nacimientos, ni de la sucesión constante de población, pues los que fueren admitidos en el cielo morarAn allí para siempre. Y, para tratar de lo que serA la gloria, se sabe que los que se salven serAn «Como los Angeles de Dios.» A semejanza de ellos le servirAn A Dios de una manera perfecta, incansable y decidida; estarAn siempre en su presencia; se complacerAn en cumplir su voluntad; y rendirAn alabanza al Cordero.

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