Mateo 20: El Propietario busca obreros

 Jesús siguió diciéndoles:

-Porque en el Reino del Cielo se presentarán casos como el que le sucedió a un propietario que salió a primera hora de Id mañana a contratar jornaleros para su viña. Cuando llegó a un acuerdo con ellos de que trabajarían por diez pesetas al día, los envió a su viña. Salió otra vez a eso de las 9 de la mañana, y vio a otros que estaban parados en la plaza del mercado; y les dijo:

Id vosotros también a la viña, y os pagaré lo que sea justo.

Y ellos fueron. Y él salió otra vez a eso de las 12 del mediodía; y luego alrededor de las 3 de la tarde, e hizo lo mismo. A eso de las 5 de la tarde salió otra vez y encontró a otros que estaban allí, y les dijo:

-¿Por qué estáis ahí todo el día sin hacer nada?

-Porque nadie nos ha contratado -le contestaron. Y él les dijo

-Id vosotros también a la viña.

Cuando cayó la tarde, el amo de la viña le dijo a su administrador:

Llama a los jornaleros para darles su paga, empezando por los últimos y siguiendo por ese orden hasta llegar a los primeros.

Así pues, cuando se acercaron los que habían sido contratados a las 5 de la tarde recibieron cada uno 10 pesetas. Los que habían llegado los primeros creyeron que ellos recibirían más; pero también les dieron 10 pesetas a cada uno. Cuando cogieron su jornal, se pusieron a murmurar y a quejarse del amo.

-Estos últimos -dijeron-, no han trabajado más que una hora, y tú les has pagado lo mismo que a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor de todo el día.

Amigo -le contestó él a uno de ellos-, yo no te he estafado. ¿No te pusiste de acuerdo conmigo en trabajar por 10 pesetas? ¡Pues toma lo que es tuyo, y vete! Es mi deseo darle a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo yo hacer lo que me dé la gana con mi propio dinero? ¿O es que te sienta mal que yo sea generoso?

Así sucederá que los últimos estarán los primeros, y los primeros estarán los últimos.

Esta parábola puede que nos suene a una historia puramente imaginaria, pero sería entonces de lo más real. Aparte del método de pago, la parábola describe -la clase de cosa qué sucedía- frecuentemente en ciertas épocas del año en Palestina. La cosecha de la uva maduraba hacia finales de septiembre, y las lluvias venían pisándole los talones. Si no se acababa la vendimia antes de que rompieran las lluvias, se podía perder toda la cosecha. Así que la vendimia era una carrera de locos contra el tiempo. Cualquier jornalero era bien venido, aunque no pudiera trabajar más que una hora. La paga era perfectamente normal: un denarius, o una drajma, era el jornal normal de un obrero; y, aun contando con la diferencia en el valor adquisitivo del dinero, 10 pesetas al día no era un jornal que dejara mucho margen.

Los hombres que se ponían en la plaza del mercado no eran vagos que estuvieran allí pasando el tiempo. La plaza del mercado era donde se contrataban normalmente los obreros. Un hombre iba allí a primera hora de la mañana con sus herramientas, y esperaba hasta que alguien le contratara. Los hombres que estaban todavía esperando trabajo hasta las 5 de la tarde es prueba de lo desesperada que era su situación.

Estos hombres eran jornaleros; pertenecían a la clase más baja de los trabajadores, y la vida era para ellos desesperadamente precaria. Los esclavos y los siervos se consideraban, por lo menos hasta cierto punto, parte de una familia; estaban en un grupo; su fortuna variaría de acuerdo con la de la familia; pero nunca estarían en ningún peligro inminente de morirse de hambre en circunstancias normales. Pero los jornaleros lo tenían muy diferente. No pertenecían a ningún grupo. Estaban totalmente a merced del empleo casual. Siempre vivían al borde del hambre. Como ya hemos visto, la paga eran 10 pesetas al día; y, si no trabajaban un día, los niños se quedarían con hambre en casa, porque rió se podía ahorrar mucho con 10 pesetas al día. Un día sin trabajo era una desgracia.

Las horas de la parábola eran las del horario normal judío. La jornada laboral judía empezaba al amanecer, como a las 6 de la mañana;. y desde entonces se contaban las horas hasta las 6 de la tarde, que era cuando empezaba oficialmente el nuevo día. Contando desde las 6 de la mañana, por tanto, la tercera hora eran las 9, la sexta las 12 de mediodía, y la undécima las 5 de la tarde.

Esta parábola nos da una descripción gráfica de la clase de cosa que sucedería en la plaza del mercado de cualquier aldea o pueblo de Palestina cuando había prisa para recoger la cosecha antes que viniesen las lluvias.

OBRA Y PAGA EN EL REINO DE DIOS

C. G. Montefiori califica esta parábola como cuna de las más grandes y más gloriosas de todas.» Es posible que tuviera una aplicación relativamente limitada cuando se dijo por primera vez, pero contiene una verdad que penetra hasta el mismo corazón del Evangelio. Empezaremos por la significación comparativamente limitada que consideramos que tuvo originalmente.

(i) En cierto sentido es una advertencia a los discípulos. Es como si Jesús les dijera: «Habéis tenido el gran privilegio de entrar en la comunidad del Reino muy temprano, en su mismo principio. Otros entrarán después. No debéis reclamar un honor ni un lugar especial por haber sido cristianos desde antes que ellos. Todas las personas, independientemente de cuando entraran, Le son igualmente preciosas a Dios.»

Hay personas que creen que, porque son miembros de una iglesia desde hace mucho, la iglesia les pertenece y ellos pueden dictar su política. A tales personas les molesta lo que les parece una intromisión de la nueva sangre o el surgimiento de una nueva generación con planes y métodos diferentes. En la Iglesia Cristiana la antigüedad no representa necesariamente un grado.

(ii) Contiene una advertencia igualmente definida a los judíos. Ellos sabían que eran el pueblo escogido, y por nada del mundo lo olvidarían. En consecuencia, miraban a los gentiles por encima del hombro. Corrientemente los odiaban y despreciaban, y no esperaban más que su destrucción. Esta actitud amenazaba con transmitirse a la Iglesia Cristiana. Si se dejaba entrar a los gentiles de alguna manera tendría que ser como inferiores.

« En la economía de Dios -como ha dicho alguien- no hay tal cosa como una cláusula de nación privilegiada.» El Cristianismo no sabe nada de la idea de un Herrenfolk una raza superior. Bien puede ser que los que somos cristianos desde hace mucho tengamos mucho que aprender de las iglesias jóvenes que han ingresado mucho después en la comunidad de la fe.

(iii) Estas son las lecciones originales de esta parábola, pero tiene mucho más que decirnos.

En ella se encuentra el consuelo de Dios. Quiere decir que no importa cuándo haya entrado una persona en el Reino, si más tarde o más temprano, si en el primer hervor de la juventud, o en el vigor del mediodía, o cuando se alargan las sombras; se es igualmente querido para Dios. Los rabinos tenían un dicho: «Algunos entran en el Reino en una hora; otros necesitan toda una vida.» En la descripción de la Santa Ciudad que encontramos en Apocalipsis hay doce puertas. Hay puertas que dan al Este, que es por donde amanece, por las que una persona puede entrar en la alegre aurora de sus días; hay puertas que dan al Oeste, que es por donde se pone el sol, por las que una persona puede entrar en el ocaso de sus días. No importa cuándo llegue una persona a Cristo; le es igualmente querida.

¿No podríamos ir todavía más lejos con este pensamiento del consuelo? Algunas veces una persona muere llena de años y de honores, con su labor concluida y su tarea completada. Algunas veces muere joven, casi antes de que se le haya abierto la puerta de la vida y de la oportunidad. Ambos recibirán de Dios la misma bienvenida, a ambos los estará esperando Jesucristo, y para ninguno de los dos, en el sentido de Dios, ha terminado la vida demasiado pronto o demasiado tarde.

(iv) Aquí encontramos igualmente la infinita compasión de Dios. Brilla un elemento de ternura humana en esta parábola.

No hay nada más trágico en este mundo que una persona que se pasa la vida en el paro, cuyos talentos se están enmoheciendo en la inactividad porque no se le ofrece ninguna oportunidad. Hugh Martin nos recuerda que un gran maestro solía decir que las palabras más tristes de todas las de Shakespeare son: «La oportunidad de Otelo se le cerró.» En el mercado de contratación algunos estaban esperando porque nadie los había contratado; en su compasión, el propietario les dio trabajo. No podía soportar verlos ociosos.

Además, en estricta justicia, cuantas menos horas trabajara un hombre, menos paga debía recibir. Pero el amo sabía muy bien que 10 pesetas no era un gran sueldo; sabía muy bien que, si un jornalero llegaba a casa con menos, se encontraría con una mujer preocupada y con chicos hambrientos; y por consiguiente fue más allá de la justicia y les dio más de lo que les correspondía.

Como se ha dicho, esta parábola expresa implícitamente dos grandes verdades que son la carta magna de los obreros: el derecho al trabajo, y el derecho a un salario que le permita vivir.

(v) Aquí está también la generosidad de Dios. Estos hombres no hicieron todos el mismo trabajo, pero recibieron el mismo jornal. Aquí hay dos grandes lecciones. La primera es, como ya se ha dicho: «Todo servicio cuenta lo mismo para Dios.» No es la cantidad de servicio lo que cuenta, sino el amor con que se presta. Puede que uno dé de lo que le sobra una ayuda de 10,000 pesetas, y es verdad que se le agradece; un niño puede que haga un regalo de cumpleaños o de navidad que cuesta unas pocas pesetas que fueron cariñosa y laboriosamente ahorradas para ese regalo que, aunque costaba poco dinero, llegaba al corazón mucho más que el otro. Dios no mira solo la magnitud de nuestro servicio. Siempre que sea todo lo que podemos aportar, todo servicio cuenta lo mismo para Dios.

La segunda lección es aún más grande: Todo lo que Dios da es pura gracia. Nunca podríamos ganar lo que Dios nos da; no podemos merecerlo; Dios nos lo da movido por la bondad de Su corazón. Lo que Dios da no es paga, sino regalo; no es un salario, sino una gracia.

(vi) Sin duda esto nos conduce a la suprema lección de la parábola: Lo más importante del trabajo es el espíritu con que se hace. Los siervos estaban divididos naturalmente en dos clases. Los de la primera habían llegado› a un acuerdo con el propietario, tenían un contrato; dijeron: «Trabajaremos para ti si nos das tal jornal.» Como mostró su comportamiento, todo lo que les interesaba era recibir lo más posible por su trabajo. Pero los que se incorporaron después, no se menciona ningún contrato; lo que querían era la posibilidad de trabajar, y dejaron todo lo referente al jornal al criterio del propietario.

Uno no es cristiano si no tiene interés nada más que en la paga. Pedro preguntó: «¿Qué vamos a sacar nosotros de todo esto?» El cristiano trabaja por el gozo de servir a Dios y a sus semejantes. Por eso es por lo que los primeros serán los últimos, y los últimos serán los primeros. Muchas personas que han obtenido grandes galardones en este mundo tendrán un lugar poco importante en el Reino si en lo único en que pensaban era en las recompensas. Muchos que, según lo valora el mundo, son pobres, serán grandes en el Reino, porque nunca pensaron en términos de compensaciones, sino trabajaron por la ilusión de trabajar y por la alegría de servir. Es la paradoja de la vida cristiana que el que trabaja por la recompensa, la pierde; y el que olvida la recompensa, la encuentra.

HACIA LA CRUZ

Mateo 20:17-19

Conforme iba subiendo hacia Jerusalén, Jesús tomó aparte a los doce discípulos y les dijo mientras iban de camino:

Fijaos: Ahora subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, que Le condenarán a muerte y Le entregarán a los gentiles para que se burlen de Él y Le azoten y Le crucifiquen; pero al tercer día resucitará.

Esta fue la tercera vez que Jesús anunció a Sus discípulos que iba de camino a la Cruz (Mat_16:21 ; Mat_17:22 s). Tanto Marcos como Lucas añaden sus propios detalles al relato para mostrar que en esta ocasión había en el grupo apostólico una atmósfera tensa y un presagio de tragedia inminente. Marcos dice que Jesús iba caminando solo por delante, y los discípulos estaban alucinados y atemorizados (Mar_10:32-34 ). No comprendían lo que estaba sucediendo, pero podían ver en cada línea del cuerpo de Jesús la lucha de Su alma. Lucas también nos dice que Jesús Se llevó consigo aparte a los discípulos a solas para tratar de hacerles comprender lo que les esperaba más adelante (Luk_18:31-34 ). Aquí tenemos el primer paso decisivo hacia el último acto de la inevitable tragedia. Jesús Se puso en camino hacia Jerusalén y la Cruz deliberadamente y con los ojos abiertos.

Había una extraña totalidad en el sufrimiento que Jesús Se anticipaba; era un sufrimiento en el que no faltaría ningún dolor de corazón o mente o cuerpo.

Había de ser entregado traidoramente a manos de los principales sacerdotes y los escribas; ahí vemos el sufrimiento del corazón quebrantado por la deslealtad de los amigos. Había de ser condenado a muerte; ahí vemos el sufrimiento de la injusticia, que es tan difícil de soportar. Había de ser objeto de burlas para los Romanos; ahí vemos el sufrimiento de la humillación y de los insultos deliberados. Había de ser azotado; pocas torturas ha habido en el mundo que se pudieran comparar con el látigo romano, y aquí vemos el sufrimiento del dolor físico. Por último, había de ser crucificado; allí vemos el sufrimiento supremo de la muerte. Es como si Jesús hubiera de reunir en Sí mismo toda clase de sufrimiento físico, emocional y mental, que el mundo pudiera infligir.

Aun en tal momento Sus palabras no terminaron ahí, sino que Jesús pasó a anunciar confiadamente Su Resurrección. Al otro lado del telón del sufrimiento se encontraba la Revelación de la gloria; al otro lado de la Cruz estaba la Corona; al otro lado de la derrota estaba la victoria, y al otro lado de la muerte, la vida.

FALSA Y VERDADERA AMBICIÓN

Mateo 20:20-28

Por aquel tiempo vino a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se arrodilló delante de Él pidiéndole algo. Y Jesús le preguntó:

-¿Qué quieres?

Dispón -Le dijo ella- que estos dos hijos míos se sienten uno a Tu derecha y otro a Tu izquierda en Tu Reino.

-Tú no sabes lo que pides -le contestó Jesús-. ¿Podéis vosotros beber la copa que Yo he de beber?

-Podemos. Le contestaron. Y Él les dijo:

-Mi copa habréis de beber; pero el sentaros a Mi derecha y a Mi izquierda no Me corresponde a Mí concederlo, sino pertenece a los que Mi Padre se lo ha asignado.

Cuando los otros diez discípulos se enteraron de esto, se enfadaron mucho con los dos hermanos. Jesús los llama para que se Le acercaran, y les dijo:

-Ya sabéis que los gobernantes de los gentiles ejercen señorío sobre ellos, y que sus grandes hombres tienen autoridad sobre ellos. Pero entre vosotros no será así, sino que el que quiera demostrar que es grande entre vosotros debe ser vuestro siervo; y el que quiera ocupar un lugar preeminente será vuestro esclavo, de la misma manera que el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos.

Aquí vemos en acción la ambición mundana de los discípulos. Hay una pequeña diferencia muy reveladora entre los relatos de este incidente de Mateo y de Marcos. En Mar_10:35-45 , son Santiago y Juan los que vienen a Jesús con esta petición. En Mateo, es su madre. Se sugiere que la razón para este cambio es que Mateo escribía veinticinco años después que Marcos; para entonces, se les había colocado a los discípulos una especie de halo de santidad. Mateo no quería mostrar que Santiago y Juan habían sido culpables de ambición mundana, así es que coloca la solicitud en labios de la madre de ellos más que en los de ellos mismos.

Puede que hubiera una razón muy natural para esta petición. Es probable que Santiago y Juan fueran parientes cercanos de Jesús. Mateo, Marcos y Juan nos dan la lista de las mujeres que estaban al pie de la Cruz. Vamos a ponerlas por orden.

La lista de Mateo es:

María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo Mat_27:56 ).

La lista de Marcos es:

María Magdalena, María la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé Mar_15:40 ).

La lista de Juan es:

La Madre de Jesús, la hermana de Su Madre, María la mujer de Cleofás, y María Magdalena (Joh_19:25 ).

María Magdalena aparece en todas las listas; María la madre de Santiago y José debe de ser la misma que María la mujer de Cleofás; por tanto, la tercera mujer se describe de tres maneras diferentes. Mateo la llama la madre de los hijos de Zebedeo; Marcos la llama Salomé, y Juan la llama la hermana de la madre de Jesús. Así que se nos dice que la madre de Santiago y Juan se llamaba Salomé, y que era hermana de María la Madre de Jesús. Eso quiere decir que Santiago y Juan eran primos hermanos de Jesús; puede ser que creyeran que su parentesco les daba derecho a un lugar especial en Su Reino.

Este es uno de los pasajes más reveladores del Nuevo Testamento. Arroja luz en tres direcciones.

Primero, ilumina a los discípulos. Nos dice tres cosas acerca de ellos. (a) Nos habla de su ambición. Todavía estaban pensando en términos de recompensas y de distinciones personales; y en el éxito personal sin el sacrificio personal. Querían que Jesús, por decreto real, les asegurara una vida de príncipes. Todos tenemos que aprender que la verdadera grandeza reside, no en el dominio, sino en el servicio; y que en cualquier esfera, el precio de la grandeza ha de ser pagado.

Esto está en la cara del debe en la cuenta de los discípulos; pero hay mucho más en la cara del haber. No hay incidente que muestre mejor que este su invencible fe en Jesús. Consideremos cuándo se hizo esta petición. Se hizo después que Jesús anunciara repetidas veces que lo que tenía por delante era la inescapable Cruz; se hizo en un momento en que el aire estaba sobrecargado con la atmósfera de la tragedia y el sentido del presagio. Sin embargo; a pesar de eso, los discípulos estaban pensando en un Reino. Es de la mayor significación el ver que, aun en un mundo del que se iban apoderando las tinieblas, los discípulos se negaban a abandonar la seguridad de que la victoria pertenecía a Jesús. En la actitud cristiana siempre tiene que haber este optimismo invencible cuando las cosas conspiran para sumirnos en la desesperación.

Todavía más: Aquí se demuestra la inquebrantable lealtad de los discípulos. Hasta cuando se les había dicho con toda claridad que lo que esperaba al final del camino era una copa amarga, nunca se les ocurrió volver la espalda; estaban decididos a beberla. Si conquistar con Cristo quiere decir sufrir con Cristo, estaban totalmente dispuestos a arrostrar ese sufrimiento.

Es fácil condenar a los discípulos, pero la fe y la lealtad en que se apoyaba su ambición no deben olvidarse nunca.

LA ACTITUD DE JESÚS

Segundo, este pasaje arroja luz sobre la vida cristiana. Jesús dijo que los que quisieran compartir Su triunfo debían beber Su copa. ¿Cuál era esa copa? Jesús Se estaba dirigiendo a Santiago y Juan. Ahora bien, la vida trató a Santiago y a Juan de maneras muy diferentes. Santiago fue el primer mártir de la banda apostólica (Act_12:2 ). Para él la copa fue el martirio. Por otra parte, con mucho la mayor parte del peso de la tradición está de acuerdo en que Juan llegó a una bendita ancianidad en Éfeso y murió de muerte natural cuando ya tenía cerca de cien años de edad.. Para él la copa fue la constante disciplina y lucha de la vida cristiana a través de los años.

Sería equivocado pensar que para el cristiano la copa siempre quiere decir la lucha breve, aguda, amarga, agonizante del martirio; la copa puede muy bien ser la larga rutina de la vida cristiana, con todos sus sacrificios cotidianos, su lucha diaria y sus quebrantos y desilusiones y lágrimas. Una vez se encontró una moneda romana con la efigie de un buey; el buey estaba entre dos cosas: un altar y un arado; y la inscripción decía: « Dispuesto para cualquiera de los dos.» El buey tenía que estar listo, ya fuera para el momento supremo del sacrificio en el altar, o para la larga labor del arado en la granja. No hay una sola copa para los cristianos. Puede que tengan que beber su copa en un gran momento, o a lo largo de toda una vida cristiana. Beber la copa quiere decir sencillamente seguir a Cristo dondequiera que El guíe, y ser como Él en cualquier situación que la vida nos presente.

(iii) Este pasaje arroja luz sobre Jesús. Nos muestra Su amabilidad. Lo maravilloso de Jesús es que Él nunca perdió la paciencia ni Se alteró. A pesar de todo lo que había dicho, aquí estaban estos dos hombres y su madre todavía hablando de puestos de honor en un gobierno y un reino terrenal. Pero Jesús no Se indignó ante su ceguera, ni Se puso furioso con su necedad, ni desesperó por su incomprensión. Con amabilidad, con simpatía, con amor, nunca con una palabra impaciente, Él trata de conducirlos a la verdad.

Nos muestra Su honradez. Él estaba seguro de que Le esperaba una copa amarga que tenía que beber, y no dudaba en decirlo. No habrá nunca nadie que pretenda haber empezado a seguir a Jesús con expectativas que resultaron fallidas. Jesús nunca dejó de decir que, aunque la vida termine con una corona, es la Cruz lo que hay que llevar constantemente.

Nos muestra Su confianza en los hombres. Él nunca dudó que Santiago y Juan siguieran firmes en su lealtad. Tenían sus ambiciones equivocadas; tenían su ceguera; tenían sus ideas equivocadas; pero Él nunca soñó con descartarlos porque no sirvieran. Jesús creía que ellos podían y habrían de beber la copa, y que, al final, todavía se encontrarían de Su parte. Uno de los grandes Hechos fundamentales a los que nos podemos aferrar es que, aunque nos aborrezcamos y despreciemos a nosotros mismos, Jesús siempre cree en nosotros. El cristiano es una persona en quien -Cristo ha puesto Su confianza.

LA REVOLUCIÓN CRISTIANA

La petición de Santiago y Juan molestó naturalmente a los otros discípulos. No comprendían por qué los dos hermanos habían de sacarles ventaja, aunque fueran primos de Jesús. No comprendían por qué a esos se les permitía presentar supuestos derechos a honores especiales. Jesús sabía lo que estaban pensando; y les dirigió una palabras que son la misma base de la vida cristiana. En el mundo, dijo Jesús, es totalmente cierto que los grandes hombres están en control de los demás; son hombre a cuya voz de mando los otros tienen que obedecer; hombres que con un mero gesto hacen que se les supla la más insignificante necesidad. En el mundo había un gobernador romano con su corte, y un potentado oriental con sus esclavos. El mundo los consideraba grandes. Pero entre Mis seguidores el servicio es el único emblema de grandeza. La grandeza no consiste en obligar a otros a hacer cosas para uno, sino en hacer cosas para los demás; y cuanto mayor es el servicio, mayor es el honor. Jesús usa una especie de gradación. « Si quieres ser grande -dijo-, sé un siervo; si quieres ser el primero de todos, sé un esclavo.» Aquí está la revolución cristiana; aquí tenemos la total inversión de todos los valores del mundo. Una nueva escala de valores se ha introducido en la vida.

Lo curioso es que el mundo mismo ha aceptado instintivamente esos nuevos valores. El mundo sabe muy bien que un hombre bueno es el que sirve a sus semejantes. El mundo respetará, admirará, y algunas veces temerá al hombre de poder; pero amará al hombre de amor. El médico que va a cualquier hora del día a servir y salvar a sus pacientes; el sacerdote o pastor que está siempre entre los suyos donde se le necesita; el empresario que se toma un interés activo en las condiciones y en los problemas de sus empleados; la persona a la que todo el mundo puede acudir sabiendo que le atenderá, que no considerará una molestia atenderle esas son las personas que todo el mundo ama, y en las que instintivamente ven a Jesucristo.

Cuando aquel gran santo japonés Toyohiko Kagawa entró en contacto con el Cristianismo por primera vez, sintió su atractivo, hasta que un buen día surgió de sus entrañas el grito: «¡Oh Dios, hazme como Cristo!» Para ser como Cristo, se fue a vivir en las chabolas, aunque él mismo padecía tuberculosis. Parecía el último lugar de la Tierra al que un hombre en sus condiciones debiera ir.

Cecil Northcott, en su Famosas decisiones de la vida, cuenta lo que hizo Kagawa. Se fue a vivir a una choza de dos por dos metros en un suburbio de Tokio. « La primera noche le pidieron que compartiera la cama con uno que sufría una sarna contagiosa. Esa fue la prueba de su fe. ¿Querría volver a su punto de no vuelta atrás? No. Aceptó a su compañero de cama. Luego un mendigo le pidió su camisa, y él se la dio. Al día siguiente volvió por la chaqueta y los pantalones, y Kagawa se los dio. Kagawa se quedó con un viejo kimono raído. Los moradores del suburbio de Tokio se reían de él al principio, pero llegaron a respetarle. Se ponía en cualquier sitio, en medio de la lluvia, tosiendo todo el tiempo. «¡Dios es amor « -gritaba- «¡Dios es amor! Donde hay amor, allí está Dios.» Muchas veces se caía agotado, y la ruda gente de los suburbios le llevaba con cuidado a su choza.»

Kagawa mismo escribía: « Dios mora entre los más desventurados de los hombres. Se sienta en los montones de basura con los condenados a muerte. Se encuentra entre los delincuentes juveniles. Está entre los mendigos. Está entre los enfermos. Espera con los parados. Por tanto, el que quiera encontrar a Dios, que visite las celdas de la cárcel antes que el templo. Antes que ir a la iglesia, que vaya al hospital. Antes de leer la Biblia, que ayude al mendigo.»

Ahí está la grandeza. El mundo puede que mida la grandeza de una persona por el, número de hombres que puede controlar y que están a sus órdenes; o por su talla intelectual y por su eminencia académica; o por el número de juntas en las que es consejero; o por el tamaño de su cuenta corriente y de las posesiones materiales que ha amasado; pero para la valoración de Jesucristo esas cosas no tiene importancia. Su valoración es bien sencilla: ¿A cuántas personas ha ayudado?

EL SEÑORÍO DE LA CRUZ

Lo que Jesús requiere de Sus seguidores lo cumplió Él mismo. Él no vino para ser servido, sino para servir. No vino a ocupar un trono, sino una Cruz. Fue precisamente por eso por lo que la gente religiosa de Su tiempo no Le pudo entender. A lo largo de toda su historia, los judíos habían soñado con el Mesías; pero el mesías con el que soñaban era siempre un rey conquistador, un poderoso caudillo, que derrotaría a los enemigos de Israel y reinaría con poder sobre todos los reinos de toda la Tierra. Buscaban un conquistador; recibieron a un Hombre quebrantado en una Cruz. Buscaban al rugiente León de Judá; recibieron al manso Cordero de Dios. Rudolf Bultmann escribe: « En la Cruz de Cristo se desmoronan los niveles de juicio y las ideas humanas acerca del esplendor del Mesías.» Aquí se demuestra la nueva grandeza del amor doliente y del servicio sacrificial. Aquí se reafirman y renuevan la soberanía y la realeza. Jesús resumió toda Su vida en una breve frase impactante: «El Hijo del Hombre vino a dar Su vida en rescate por muchos.» Vale la pena detenerse a ver lo que las rudas manos de la teología han hecho con ese dicho precioso. Desde muy al principio, algunos empezaron a preguntarse: «Jesús dio Su vida en rescate por muchos. Bueno; pero, ¿a quién se pagó el rescate?» Orígenes no tenía la menor duda de que el rescate se había pagado al diablo. «El rescate no se Le podía haber pagado a Dios; por tanto se le pagó al Maligno, que tenía a los hombres cautivos hasta que se le pagara el rescate: la vida de Jesús.» Gregorio de Nisa se dio cuenta del flagrante fallo de esa teoría. Colocaba al diablo en el mismo nivel que a Dios; quería decir que el diablo podía dictarle sus términos a Dios antes de dejar libres a los hombres. Así que Gregorio de Nisa tuvo una extraña idea: Dios le puso un cebo al diablo. El diablo picó al ver la aparente impotencia de Jesús; confundió a Jesús con un mero hombre; trató de retener a Jesús, y al tratar de hacerlo perdió su poder y fue derrotado para siempre. Gregorio el Grande llevó la alegoría a términos todavía más grotescos, casi repugnantes. La Encarnación, dijo, fue una estratagema divina para atrapar al gran Leviatán. La divinidad de Cristo fue el anzuelo; Su humanidad fue el cebo; el cebo estaba colgando delante de Leviatán; este lo tragó, y fue apresado. Pedro Lombardo llegó al límite cuando dijo: « La Cruz fue la ratonera (muscipula) para cazar al diablo con el cebo de la sangre de Cristo.»

Esto es lo que sucede cuando se toma la poesía del amor, y se trata de convertirla en teorías de hombres. Jesús vino a dar Su vida en rescate por muchos. ¿Qué quiere decir eso? Sencillamente que los hombres estaban en las garras de un poder maligno del que no podía librarse; sus pecados los arrastraban al abismo; sus pecados los separaban de Dios; sus pecados arruinaban la vida para ellos y para el mundo. Un rescate es algo que se paga para librar a una persona de una situación de la que le es imposible librarse por sí misma. Por tanto este dicho quiere decir simplemente que costó la vida y la muerte de Jesucristo el hacer volver la humanidad a Dios.

No hay que preguntar a quién se pagó el rescate. Lo cierto e innegable es la gran, tremenda verdad de que sin Jesucristo y Su vida de servicio y Su muerte de amor, nunca habríamos podido encontrar la manera de volver al amor de Dios. Jesús lo dio todo para traer a la humanidad de vuelta a Dios; y nosotros debemos caminar en Sus pisadas, siguiendo los pasos del que amó hasta lo último.

LA RESPUESTA DEL AMOR AL CLAMOR DE LA NECESIDAD

Mateo 20:29-34

Cuando iban saliendo de Jericó, había mucha gente siguiendo a Jesús. Y, fijaos: Dos ciegos estaban sentados al borde del camino que, cuando oyeron que pasaba Jesús por allí, se pusieron a gritar:

-¡Señor, ten piedad de nosotros, Hijo de David!

La gente se puso a reprenderlos para que se callaran. Jesús Se paró, y los llamó.

-¿Qué queréis que haga por vosotros? -les dijo.

-Señor -Le contestaron-, lo que queremos es que nos abras los ojos a la luz.

Jesús Se conmovió de compasión en lo íntimo de Su ser, y les tocó los ojos; e inmediatamente ellos pudieron ver, y Le siguieron.

Aquí tenemos la historia de dos hombres que encontraron el camino al milagro. Es una historia muy significativa, porque pinta el espíritu y la disposición de mente y corazón a los que se abren los dones más preciosos de Dios.

(i) Estos dos ciegos estaban esperando, y cuando se les presentó la oportunidad, la agarraron con las dos manos. Sin duda habían oído acerca de las maravillosas obras de poder de Jesús; sin duda se habían preguntado si ese poder podría alcanzarlos también a ellos. Jesús iba pasando por allí. Si Le hubieran dejado pasar de largo, su oportunidad habría pasado para siempre; pero, cuando se les presentó, le echaron mano.

Hay un montón de cosas que tienen que hacerse en el momento, o no se harán nunca. Hay un montón de decisiones que tienen que hacerse en un momento dado, o no se harán jamás. El momento de actuar se pasa; el impulso para decir, se desvanece. Cuando Pablo acababa de predicar en el Areópago, algunos le dijeron: «Ya te oiremos acerca de eso otra vez»

(Act_17:32 ). Aplazaron la cuestión hasta un momento más conveniente, pero ese momento no llegó, como sucede muchas veces.

(ii) Estos dos ciegos eran indesanimables. La gente les decía que dejaran de gritar, que estaban haciendo el ridículo. Era la costumbre de Palestina que un rabino enseñara mientras iba de camino; y sin duda los que estaban alrededor de Jesús no podían oírle por el jaleo que armaban los ciegos. Pero no se podía conseguir que se callaran; para ellos la cuestión era ver o no ver, y nada los iba a detener.

A menudo sucede que nos desanimamos muy fácilmente al buscar la presencia de Dios. Es el hombre que se resiste a que se le impida ponerse en contacto con Cristo el que Le encuentra al final.

(iii) Estos dos ciegos tenían una fe imperfecta, pero estaban decididos a ponerla en acción. Se dirigieron a Jesús como Hijo de David. Eso quería decir que creían que Jesús era el Mesías, pero también quería decir que pensaban en su mesiazgo en términos de poder regio y terrenal. Era una fe imperfecta, pero que los movía; y Jesús la aceptó. Si se tiene fe, Jesús la acepta.

(iv) A estos dos ciegos no les daba miedo presentar una gran petición. Eran pordioseros, pero no era dinero lo que pedían, ni nada menos que la vista.

Ninguna petición es demasiado grande para Jesús.

(v) Estos dos ciegos fueron agradecidos. Cuando hubieron recibido el chollo que anhelaban, no se marcharon y se olvidaron de Jesús, sino Le siguieron.

Tanta gente, tanto en las cosas materiales como en las espirituales, reciben lo que desean, y luego se olvidan hasta de dar las gracias. La ingratitud es el más feo de todos los pecados. Estos ciegos recibieron de Jesús la vista, y Le dieron su agradecida lealtad. Nunca podremos pagar a Dios todo lo que ha hecho por nosotros; pero por lo menos podemos estarle agradecidos.

Mateo 20:1-34

20.1ss Jesús clarificó con amplitud las reglas de membresía del reino de los cielos: solo se ingresa en él por la gracia de Dios. En esta parábola, Dios es el dueño de la finca y los creyentes son los obreros. Esta parábola estuvo dirigida a los que se sentían superiores por alcurnia o posición económica, a los que se sentían superiores porque habían invertido mucho tiempo con Cristo, y a los nuevos creyentes como reafirmación de la gracia de Dios.

20.15 Esta parábola no tiene que ver con recompensas sino con la salvación. Enfatiza la gracia, la generosidad de Dios. No debemos envidiar a los que se vuelven a Dios en los momentos finales de la vida porque al fin y al cabo nadie merece vida eterna. Mucha gente que no esperamos ver en el Reino puede estar allí. El ladrón que se arrepintió mientras agonizaba (Luk_23:40-43) estará allí junto con la persona que creyó y sirvió a Dios por muchos años. ¿Se siente usted resentido por la gracia que Dios manifiesta al aceptar a los despreciados, repudiados y pecadores que se han vuelto a Dios en busca de perdón? ¿Está celoso de lo que Dios le ha dado a otra persona? En lugar de hacerlo, piense en los beneficios de la gracia de Dios que le alcanzaron a usted y esté agradecido por lo que tiene.

20.17-19 Jesús predijo su muerte y resurrección por tercera vez (véanse 16.11 y 17.22, 23 donde aparecen las otras dos veces). Pero los discípulos no lo entendieron. Siguieron discutiendo acerca de la posición que ocuparían en el reino de Cristo (20.20-28).

20.20 La madre de Santiago y Juan fue a Jesús y «postrándose» le pidió un favor. Adoró a Dios, pero su verdadero motivo era pedirle algo a El. Esto sucede muy a menudo en nuestras iglesias y en nuestras vidas. Jugamos juegos religiosos, esperando a cambio que Dios nos dé algo. La verdadera adoración, sin embargo, viene como consecuencia de lo que El es y ha hecho.

20.20 La madre de Santiago y Juan le pidió a Jesús que diera a sus hijos un cargo especial en su Reino. Los padres naturalmente quieren ver a sus hijos subir de categoría, pero este deseo puede llevarlos a perder de vista la voluntad de Dios para sus hijos. Dios puede tener una ocupación distinta para ellos, tal vez no tan fascinante pero igual en importancia. Los deseos de los padres de que sus hijos asciendan deben ser puestos en oración para que Dios haga su voluntad en la vida de ellos.

20.20 De acuerdo al 27.56, la madre de Santiago y Juan estuvo al pie de la cruz cuando Jesús fue crucificado. Algunos han sugerido que era hermana de María, la madre de Jesús. Quizás por ese parentesco ella no tuvo pena en interceder a favor de sus hijos.

20.22 Santiago, Juan y su madre fallaron en la interpretación de la enseñanza previa de Jesús relacionada con las recompensas (19.16-30) y la vida eterna (20.1-16). Se equivocaron en su comprensión del sufrimiento que enfrentarían antes de vivir en gloria en el Reino de Dios. El vaso terrible era el sufrimiento y la crucifixión que Cristo enfrentaría. Tanto Santiago como Juan harían frente a grandes sufrimientos. Santiago moriría por su fe y Juan sería desterrado.

20.23 Jesús estaba afirmando que estaba bajo la autoridad del Padre, el que toma las decisiones en cuanto al liderazgo en el cielo. Dichas recompensas no se otorgan como favor. Son para quienes mantienen su entrega a Jesús a pesar de las severas pruebas que les toque enfrentar.

20.24 Los otros discípulos estaban molestos porque Santiago y Juan trataban de acaparar los puestos de privilegio. Todos los discípulos querían ser el más importante (18.1), pero Jesús les enseñó que la persona más importante en el Reino de Dios es el servidor de todos. La autoridad se delega no para que seamos más importantes, ambiciosos o respetados, sino para ser útiles en el servicio a Dios y su creación.

20.27 Jesús describió el liderazgo desde una nueva perspectiva. En lugar de aprovecharnos de la gente, debemos servirla. El propósito de Jesús en su vida fue servir y morir por los demás. Un verdadero líder posee un corazón de siervo. Aprecia el valor de los demás y toma en cuenta que no está cumpliendo una tarea superior. Si ve que hay que hacer algo, no espere que se lo pidan. Tome la iniciativa y hágalo como lo haría un siervo fiel.

20.28 Un rescate era el precio que se pagaba para librar a un esclavo. Jesús dijo con frecuencia a sus discípulos que debía morir y aquí les dice por qué: para redimirnos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Los discípulos pensaban que vivo podría salvarlos. Pero Jesús manifestó que sólo su muerte podría salvarlos a ellos y a todo el mundo.

20.29-34 Mateo manifiesta que eran dos ciegos, mientras que Marcos y Lucas se refieren sólo a uno. Probablemente se referían al mismo acontecimiento pero Marcos y Lucas particularizaron a uno de ellos, el que hablaba.

20.30 Los ciegos llamaron a Jesús «Hijo del rey David» porque los judíos sabían que el Mesías sería un descendiente del rey David (véanse Isa_9:6-7; Isa_11:1; Jer_23:5-6). Aquel pobre mendigo ciego pudo ver que Jesús era el tan esperado Mesías, mientras que los líderes religiosos que fueron testigos de los milagros de Jesús permanecieron ciegos a su identidad, no abrieron sus ojos a la verdad. Ver con los ojos no garantiza ver con el corazón.

20.32, 33 A pesar de que Jesús estaba preocupado por los acontecimientos que se avecinaban en Jerusalén, al detenerse a ayudar a aquellos ciegos puso en práctica lo que había dicho a sus discípulos acerca del servicio (20.28).

Mateo 20:1-16

La clave para la correcta explicación de esta parábola se encuentra en el pasaje con que concluye el capítulo anterior. Pedro había preguntado a nuestro Señor qué recompensa obtendrían él y sus colegas, puesto que lo habían abandonado todo para seguirle, y nuestro Señor replicó haciendo dos promesas: una a Pedro y sus colegas en particular y otra en general a todos los que sufriesen pérdidas por amor suyo.

Ahora bien, es preciso tener presente que Pedro era Judío; y que como a la mayor parte de los de su raza, le eran tal vez desconocidos los designios de Dios respecto de la salvación de los gentiles. Actos 10:28. A esto, se agrega que la fe de Pedro y los otros apóstoles era débil, y sus conocimientos escasos. A causa de esto muy probable es que exageraran la importancia de los sacrificios que habían hecho por Jesús, y que, envanecidos de sus obras, se creyeran justos.

Nuestro Señor lo sabía bien, y por eso pronunció la parábola para provecho de Pedro y de sus compañeros.

Se nos enseña por una parte, que al llamar hacia sí las naciones, Dios ejerce su gracia sin condición alguna, y de acuerdo con su soberanía y libertad absolutas.

Esta verdad se manifiesta en la historia del mundo. Los Israelitas fueron escogidos como el pueblo de Dios desde tiempos muy remotos. Más tarde el Evangelio fue anunciado a los gentiles por los apóstoles. En muchas naciones se difunde hoy la palabra por los misioneros, mientras que a otras no ha penetrado aún esa luz divina. Y ¿por qué sucede así? No podemos decirlo. Solo sabemos que Dios se complace en dominar el orgullo de las iglesias y en privarlas de todo motivo de vanagloria. Los gentiles que se conviertan a la hora undécima podrán estar tan ciertos de heredar la gloria como los Judíos, y de sentarse con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en tanto que muchos de los descendientes de estos serán desechados para siempre. «Los postreros serán primeros..

Nos enseña por otra parte, que en la salvación de cada hombre, así como en el llamamiento de las naciones, Dios obra de acuerdo con su soberana voluntad, y no tiene que dar razón de sus actos. Véase Rom_9:15.

Ejemplos de esta verdad se nos presentan a cada paso en los sucesos de la iglesia cristiana. A unos como a Timoteo, se les inspira fe y se les mueve a arrepentimiento en sus primeros años. a otros se les llama a la hora undécima, como sucedió con el ladrón de la cruz, quien un día fue pecador tenaz y al siguiente fue recibido en el paraíso. Y sin embargo, de lo que en los Evangelios se nos enseña, se sigue que Timoteo y el ladrón recibieron igual perdón.

Extraña, sin duda, les parecerá esta doctrina a los cristianos que carecen de luces y de experiencia; por cuanto está en pugna con el orgullo que es inherente a la naturaleza humana, y no deja lugar para que campeen la jactancia y la vanagloria. Mas para rechazarla seria preciso rechazar toda la Biblia. El que profese hoy fe en Jesucristo se salva con tanta certeza como el que la haya venido profesando por cincuenta años. En el día del juicio Timoteo tendrá a su favor la misma justicia que el ladrón penitente. Ambos serán salvados por la gracia de Dios solamente: ambos deberán su redención a Jesucristo.

Antes de terminar el examen de la parábola de los peones de la viña será bueno hacer una o dos advertencias.

No se vaya a inferir que todos los redimidos recibirán el mismo grado de gloria. Tal inferencia estaría en contradicción con textos claros de la Escritura. Sea entre otros el siguiente: « Cada uno recibirá su propio galardón conforme a su labor.» 1Co_3:8.

Tampoco se vaya a suponer que se puede con seguridad diferir el arrepentimiento hasta la última hora. Semejante suposición sería perniciosísima. Cuanto más tiempo rehúsen los hombres obedecer la voz del Crucificado, tanto más improbable se hace su salvación. «He aquí, ahora el tiempo acepto; he aquí, ahora el da de la salud.» 2 Cor 6.2.

Mateo 20:17-23

Tres son los puntos principales que merecen notarse en este pasaje.

1. El anuncio que en términos explícitos hizo nuestro Señor de su muerte. Por tercera vez comunicó a sus discípulos la aterradora verdad que era preciso que El sufriera y muriera.

Jesús sabia desde el principio todo lo que le había de pasar. Desde su primera edad vio en la perspectiva el Calvario; y sin embargo, lleno de calma, dirigió hacia él sus pasos, sin tornarse a derecha o a izquierda. Jamás ha habido dolor como su dolor, o amor como su amor.

2. La mezcla de ignorancia y fe que se nota aun en muchos cristianos sinceros. La madre de Santiago y Juan ocurrió a nuestro Señor con sus dos hijos, e hizo a favor de estos una súplica muy extraña. Rogó que El dijera que en su reino se sentaran el uno a su derecha y el otro a izquierda. Dejase comprender, pues, que en lo que tocaba a Santiago y a Juan habían sido inútiles las palabras que el Señor había dicho acerca de su pasión y muerte. Solo pensaban en su trono y el día de su gloria. En su súplica se dejaba ver mucha fe, pero mucha más flaqueza. En cuanto creyeron en que Jesús era el próximo Rey, merecían encomio; mas en cuanto se olvidaron que iba a ser crucificado antes de que ascendiese al trono, merecían vituperio.

3. La solemne reconvención que pronunció nuestro Señor con motivo de la súplica que la esposa de Zebedeo y sus dos hijos habían hecho. Les dijo: «No sabéis lo que pedís.» Habían pedido que se les permitiese participar de la bienaventuranza de su Maestro, mas no habían pensado que primero tenían que participar de sus padecimientos. 1Pe_4:13. Se habían olvidado que los que deseaban estar con Cristo en la gloria tenían que libar su cáliz y recibir su bautismo. No comprendieron que solo los que cargan con la cruz pueden obtener la corona.

Pero, ¿no incurrimos nosotros en el mismo error en que incurrieron los hijos de Zebedeo? ¿No hacemos súplicas imprevisivas? Pedimos que Dios conceda que, cuando muramos, nuestras almas se salven y vayan al cielo. Esa súplica es a la verdad muy buena. Pero ¿estamos listos a tomar la cruz y seguir a Jesucristo? ¿Estamos dispuestos a abandonar el mundo por amor suyo? Si no, nuestro Señor podrá decirnos a nosotros también: «No sabéis lo que pedís.» Pedimos otras veces que Dios nos haga buenos y santos. Pero ¿estamos listos a someternos a cualesquiera pruebas que Dios en su sabiduría quiera enviarnos? ¿Hémonos resignado a que se nos purifique por medio del infortunio, a que se nos separe del mundo por medio del duelo, a que se nos acerque a Dios por medio de las enfermedades y la tristeza? Si no lo estamos, nuestro Señor podrá con razón decirnos: «No sabéis lo que pedís.»

Mateo 20:24-28

Es de advertirse en este pasaje, que aun los verdaderos discípulos de Jesucristo abrigan a veces el orgullo, la envidia y la ambición. ¿Qué dice la Escritura a este respecto? «Y como los diez oyeron esto» (es decir, lo que Santiago y Juan habían pedido), «se enojaron de» (contra) «los dos hermanos.» El orgullo es uno de los pecados más antiguos y que produce más funestos resultados. Por él fue que cayeron los ángeles y que Adán y Eva fueron inducidos a comer el fruto prohibido. El obispo Hall ha dicho de una manera singular, pero bastante cierta, que el «orgullo es como una especie de ropa interior, que es la primera que uno se pone, pero la última que se quita.» Merece notarse, en segundo lugar, que el que quiera ser grande en el reino de los cielos debe estar pronto a sacrificar, si fuere necesario, su propia comodidad y bienestar en bien de los demás. Véanse vers. 26 y 27,

En el mundo se llama grandes a los que poseen más fincas, más dinero, más siervos, mayor dignidad, mayor influjo. En el reino del Altísimo, el más grande es el que hace más por promover la felicidad espiritual y temporal de sus semejantes. La verdadera grandeza no consiste en recibir, sino en dar; no en ser servido, sino en servir; no en el egoísmo que absorbe todo lo bueno, sino en la generosidad, que prodiga beneficios a los demás. Los ángeles de Dios se complacen más en la labor del humilde misionero, que en la del que busca oro en las entrañas de la tierra. Guardémonos, pues, de la falsa grandeza. Aspiremos tan solo a lo que es real.

Debe advertirse, en tercer lugar, que la vida de nuestro Señor Jesucristo fue un ejemplo para imitación de todos los cristianos. Debemos auxiliarnos mutuamente «así como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.»

Dios ha concedido a los creyentes todo lo que es necesario para su santificación: preceptos clarísimos, estímulos elevados, promesas halagüeñas. Mas esto no es todo: hales dado también el modelo más perfecto—la vida de su amado Hijo. Conformemos, pues, nuestro carácter al de Jesús; sigamos sus huellas. Ah! Los que no lo hubieren reconocido como su ejemplo, no serán reconocidos de El como sus discípulos. «El que dice que está en él, debe andar como él anduvo.» 1 Juan 2.6.

Debe observarse, por último, que Jesucristo murió en expiación del pecado. “El Hijo del hombre vino a dar su vida en rescate por muchos.» He aquí la verdad más cardinal de la Biblia. Cristo murió para redimirnos de la maldición que gravitaba sobre todos nosotros, y para satisfacer la justicia de Dios, que de otra manera habría condenado al género humano. “Padeció una vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios.» 1Pe_3:18

Mateo 20:29-34

Observemos, ante todo, lo firme de la fe de los dos ciegos. Aunque jamás habían visto los milagros de nuestro Señor, creyeron que el podía socorrerlos, y tan luego como oyeron que pasaba exclamaron: «Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros..

Una fe tal debiera ruborizarnos. Muchos hombres iliteratos, que pueden a duras penas leer el Nuevo Testamento, confían sin vacilar en la intercesión de Cristo, mientras que muchos teólogos eruditos se ven agitados de dudas. Los que, según las apariencias, deberían ser primeros, son a menudo postreros, y los postreros primeros.

Notemos en seguida cómo es prudente aprovechar toda oportunidad de mejorar el estado del alma. Los ciegos se sentaron al lado del camino. De no haberlo hecho así tal vez jamás habrían recibido la vista. Jesús no regresó nunca a Jericó, así es que no era probable que lo volvieran a ver.

En ese sencillo suceso se deja comprender la importancia de ser diligente en el uso de los medios de gracia. No dejemos de concurrir jamás a la casa de Dios, o a cualesquiera reuniones religiosas; no descuidemos la lectura de la Biblia, ni abandonemos la habitud de orar.

Observemos, también, cómo se obtienen grandes resultados si se busca a Jesucristo con tesón y perseverancia. La multitud que seguía a Jesús reconvino a los ciegos y les mandó que mantuvieran silencio. Mas ellos no se intimidaron de esa manera: estando como estaban firmemente persuadidos de que necesitaban socorro, no se cuidaban de la oposición que se les hacia, antes bien «clamaban más, diciendo: Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros..

Por lo que toca a este punto, su conducta debiera servirnos de ejemplo. Cuando se trate de la salvación de nuestras almas no debemos cejar ante la oposición o desmayar ante las dificultades. Nos es preciso «orar siempre, y no desalentarnos.» Debemos recordar la parábola de la viuda importuna y la del amigo que quería que le prestaran pan a media noche; y como ellos hacer nuestras súplicas con instancia ante el trono de la gracia.

Reparemos, finalmente, cuan benigno es nuestro Señor Jesucristo para con los que lo buscan. Cuando los ciegos repitieron su clamor, se paró, los llamó, y les preguntó qué era lo que querían. Oída que hubo su súplica, les concedió lo que pedían. «Teniéndoles misericordia, tocó los ojos de ellos, y luego sus ojos recibieron la vista..

Nuestro Señor Jesucristo no solo es todopoderoso sino clemente, benigno y misericordioso en un grado que está más allá del alcance de nuestra mente. Razón tuvo San Pablo para decir que «su amor sobrepuja todo entendimiento.» Efes. 3:19.

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