Mateo 20: El Propietario busca obreros

Como se ha dicho, esta parábola expresa implícitamente dos grandes verdades que son la carta magna de los obreros: el derecho al trabajo, y el derecho a un salario que le permita vivir.

(v) Aquí está también la generosidad de Dios. Estos hombres no hicieron todos el mismo trabajo, pero recibieron el mismo jornal. Aquí hay dos grandes lecciones. La primera es, como ya se ha dicho: «Todo servicio cuenta lo mismo para Dios.» No es la cantidad de servicio lo que cuenta, sino el amor con que se presta. Puede que uno dé de lo que le sobra una ayuda de 10,000 pesetas, y es verdad que se le agradece; un niño puede que haga un regalo de cumpleaños o de navidad que cuesta unas pocas pesetas que fueron cariñosa y laboriosamente ahorradas para ese regalo que, aunque costaba poco dinero, llegaba al corazón mucho más que el otro. Dios no mira solo la magnitud de nuestro servicio. Siempre que sea todo lo que podemos aportar, todo servicio cuenta lo mismo para Dios.

La segunda lección es aún más grande: Todo lo que Dios da es pura gracia. Nunca podríamos ganar lo que Dios nos da; no podemos merecerlo; Dios nos lo da movido por la bondad de Su corazón. Lo que Dios da no es paga, sino regalo; no es un salario, sino una gracia.

(vi) Sin duda esto nos conduce a la suprema lección de la parábola: Lo más importante del trabajo es el espíritu con que se hace. Los siervos estaban divididos naturalmente en dos clases. Los de la primera habían llegado› a un acuerdo con el propietario, tenían un contrato; dijeron: «Trabajaremos para ti si nos das tal jornal.» Como mostró su comportamiento, todo lo que les interesaba era recibir lo más posible por su trabajo. Pero los que se incorporaron después, no se menciona ningún contrato; lo que querían era la posibilidad de trabajar, y dejaron todo lo referente al jornal al criterio del propietario.

Uno no es cristiano si no tiene interés nada más que en la paga. Pedro preguntó: «¿Qué vamos a sacar nosotros de todo esto?» El cristiano trabaja por el gozo de servir a Dios y a sus semejantes. Por eso es por lo que los primeros serán los últimos, y los últimos serán los primeros. Muchas personas que han obtenido grandes galardones en este mundo tendrán un lugar poco importante en el Reino si en lo único en que pensaban era en las recompensas. Muchos que, según lo valora el mundo, son pobres, serán grandes en el Reino, porque nunca pensaron en términos de compensaciones, sino trabajaron por la ilusión de trabajar y por la alegría de servir. Es la paradoja de la vida cristiana que el que trabaja por la recompensa, la pierde; y el que olvida la recompensa, la encuentra.

HACIA LA CRUZ

Mateo 20:17-19

Conforme iba subiendo hacia Jerusalén, Jesús tomó aparte a los doce discípulos y les dijo mientras iban de camino:

Fijaos: Ahora subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, que Le condenarán a muerte y Le entregarán a los gentiles para que se burlen de Él y Le azoten y Le crucifiquen; pero al tercer día resucitará.

Esta fue la tercera vez que Jesús anunció a Sus discípulos que iba de camino a la Cruz (Mat_16:21 ; Mat_17:22 s). Tanto Marcos como Lucas añaden sus propios detalles al relato para mostrar que en esta ocasión había en el grupo apostólico una atmósfera tensa y un presagio de tragedia inminente. Marcos dice que Jesús iba caminando solo por delante, y los discípulos estaban alucinados y atemorizados (Mar_10:32-34 ). No comprendían lo que estaba sucediendo, pero podían ver en cada línea del cuerpo de Jesús la lucha de Su alma. Lucas también nos dice que Jesús Se llevó consigo aparte a los discípulos a solas para tratar de hacerles comprender lo que les esperaba más adelante (Luk_18:31-34 ). Aquí tenemos el primer paso decisivo hacia el último acto de la inevitable tragedia. Jesús Se puso en camino hacia Jerusalén y la Cruz deliberadamente y con los ojos abiertos.

Había una extraña totalidad en el sufrimiento que Jesús Se anticipaba; era un sufrimiento en el que no faltaría ningún dolor de corazón o mente o cuerpo.

Había de ser entregado traidoramente a manos de los principales sacerdotes y los escribas; ahí vemos el sufrimiento del corazón quebrantado por la deslealtad de los amigos. Había de ser condenado a muerte; ahí vemos el sufrimiento de la injusticia, que es tan difícil de soportar. Había de ser objeto de burlas para los Romanos; ahí vemos el sufrimiento de la humillación y de los insultos deliberados. Había de ser azotado; pocas torturas ha habido en el mundo que se pudieran comparar con el látigo romano, y aquí vemos el sufrimiento del dolor físico. Por último, había de ser crucificado; allí vemos el sufrimiento supremo de la muerte. Es como si Jesús hubiera de reunir en Sí mismo toda clase de sufrimiento físico, emocional y mental, que el mundo pudiera infligir.

Aun en tal momento Sus palabras no terminaron ahí, sino que Jesús pasó a anunciar confiadamente Su Resurrección. Al otro lado del telón del sufrimiento se encontraba la Revelación de la gloria; al otro lado de la Cruz estaba la Corona; al otro lado de la derrota estaba la victoria, y al otro lado de la muerte, la vida.

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