Mateo 20: El Propietario busca obreros

Jesús sabia desde el principio todo lo que le había de pasar. Desde su primera edad vio en la perspectiva el Calvario; y sin embargo, lleno de calma, dirigió hacia él sus pasos, sin tornarse a derecha o a izquierda. Jamás ha habido dolor como su dolor, o amor como su amor.

2. La mezcla de ignorancia y fe que se nota aun en muchos cristianos sinceros. La madre de Santiago y Juan ocurrió a nuestro Señor con sus dos hijos, e hizo a favor de estos una súplica muy extraña. Rogó que El dijera que en su reino se sentaran el uno a su derecha y el otro a izquierda. Dejase comprender, pues, que en lo que tocaba a Santiago y a Juan habían sido inútiles las palabras que el Señor había dicho acerca de su pasión y muerte. Solo pensaban en su trono y el día de su gloria. En su súplica se dejaba ver mucha fe, pero mucha más flaqueza. En cuanto creyeron en que Jesús era el próximo Rey, merecían encomio; mas en cuanto se olvidaron que iba a ser crucificado antes de que ascendiese al trono, merecían vituperio.

3. La solemne reconvención que pronunció nuestro Señor con motivo de la súplica que la esposa de Zebedeo y sus dos hijos habían hecho. Les dijo: «No sabéis lo que pedís.» Habían pedido que se les permitiese participar de la bienaventuranza de su Maestro, mas no habían pensado que primero tenían que participar de sus padecimientos. 1Pe_4:13. Se habían olvidado que los que deseaban estar con Cristo en la gloria tenían que libar su cáliz y recibir su bautismo. No comprendieron que solo los que cargan con la cruz pueden obtener la corona.

Pero, ¿no incurrimos nosotros en el mismo error en que incurrieron los hijos de Zebedeo? ¿No hacemos súplicas imprevisivas? Pedimos que Dios conceda que, cuando muramos, nuestras almas se salven y vayan al cielo. Esa súplica es a la verdad muy buena. Pero ¿estamos listos a tomar la cruz y seguir a Jesucristo? ¿Estamos dispuestos a abandonar el mundo por amor suyo? Si no, nuestro Señor podrá decirnos a nosotros también: «No sabéis lo que pedís.» Pedimos otras veces que Dios nos haga buenos y santos. Pero ¿estamos listos a someternos a cualesquiera pruebas que Dios en su sabiduría quiera enviarnos? ¿Hémonos resignado a que se nos purifique por medio del infortunio, a que se nos separe del mundo por medio del duelo, a que se nos acerque a Dios por medio de las enfermedades y la tristeza? Si no lo estamos, nuestro Señor podrá con razón decirnos: «No sabéis lo que pedís.»

Mateo 20:24-28

Es de advertirse en este pasaje, que aun los verdaderos discípulos de Jesucristo abrigan a veces el orgullo, la envidia y la ambición. ¿Qué dice la Escritura a este respecto? «Y como los diez oyeron esto» (es decir, lo que Santiago y Juan habían pedido), «se enojaron de» (contra) «los dos hermanos.» El orgullo es uno de los pecados más antiguos y que produce más funestos resultados. Por él fue que cayeron los ángeles y que Adán y Eva fueron inducidos a comer el fruto prohibido. El obispo Hall ha dicho de una manera singular, pero bastante cierta, que el «orgullo es como una especie de ropa interior, que es la primera que uno se pone, pero la última que se quita.» Merece notarse, en segundo lugar, que el que quiera ser grande en el reino de los cielos debe estar pronto a sacrificar, si fuere necesario, su propia comodidad y bienestar en bien de los demás. Véanse vers. 26 y 27,

En el mundo se llama grandes a los que poseen más fincas, más dinero, más siervos, mayor dignidad, mayor influjo. En el reino del Altísimo, el más grande es el que hace más por promover la felicidad espiritual y temporal de sus semejantes. La verdadera grandeza no consiste en recibir, sino en dar; no en ser servido, sino en servir; no en el egoísmo que absorbe todo lo bueno, sino en la generosidad, que prodiga beneficios a los demás. Los ángeles de Dios se complacen más en la labor del humilde misionero, que en la del que busca oro en las entrañas de la tierra. Guardémonos, pues, de la falsa grandeza. Aspiremos tan solo a lo que es real.

Debe advertirse, en tercer lugar, que la vida de nuestro Señor Jesucristo fue un ejemplo para imitación de todos los cristianos. Debemos auxiliarnos mutuamente «así como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.»

Dios ha concedido a los creyentes todo lo que es necesario para su santificación: preceptos clarísimos, estímulos elevados, promesas halagüeñas. Mas esto no es todo: hales dado también el modelo más perfecto—la vida de su amado Hijo. Conformemos, pues, nuestro carácter al de Jesús; sigamos sus huellas. Ah! Los que no lo hubieren reconocido como su ejemplo, no serán reconocidos de El como sus discípulos. «El que dice que está en él, debe andar como él anduvo.» 1 Juan 2.6.

Debe observarse, por último, que Jesucristo murió en expiación del pecado. “El Hijo del hombre vino a dar su vida en rescate por muchos.» He aquí la verdad más cardinal de la Biblia. Cristo murió para redimirnos de la maldición que gravitaba sobre todos nosotros, y para satisfacer la justicia de Dios, que de otra manera habría condenado al género humano. “Padeció una vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios.» 1Pe_3:18

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