Mateo 19: Matrimonio y divorcio en Israel

Pastor Lionel

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En los días en que nuestro Señor estuvo en la tierra los judíos permitían el divorcio por los motivos más frívolos y baladíes. Esa práctica, aunque tolerada por Moisés para prevenir mayores males, tales como la violencia y el homicidio, había degenerado en enormes abusos, y había dado ocasión, sin duda, a muchas inmoralidades. Mal_2:14, Mal_2:16. La observación que los discípulos hicieron a nuestro Señor demuestra hasta donde había llegado el envilecimiento de la conciencia pública, acerca de dicho asunto. «Si así es,» dijeron, «la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse.» ¡Qué lenguaje tan extraño en boca de unos apóstoles! Nuestro Señor estableció para guía de sus discípulos una norma muy distinta. Primeramente apoyó su precepto en la institución originaria del matrimonio, y citó un pasaje del Génesis, en el cual se describe la creación del hombre y la unión de Adán y Eva, como prueba de lo elevado de la relación de los cónyuges.

Luego para dar más fuerza a la cita añade de su parte estas palabras: «Lo que Dios juntó no lo separe el hombre.» Y, por último, culpa como violadores del sétimo mandamiento a los que contraigan matrimonio después de haberse divorciado por causas de poca monta.

Toca, pues, a los cristianos mirar con profundo respecto el estado del matrimonio. Ese estado fue instituido en el paraíso cuando el hombre gozaba de su prístina inocencia, y ha sido elegido por el Espíritu divino como símbolo de la unión mística que existe entre Cristo y la iglesia. Solo la muerte debiera terminarlo. Ninguno debe adoptarlo de una manera irreflexiva, precipitada o temeraria; sino con madurez, cordura y discreción. Los matrimonios contraídos sin la reflexión debida son no solo una causa fértil de desgracias, sino también de pecados.

Con respecto a los niños nuestro Señor aleccionó a sus discípulos de palabra y con hechos, por medio de preceptos y por medio del ejemplo. Los niños que le presentaron para que les pusiese las manos y orase eran evidentemente pequeñuelos infantes, demasiado tiernos para entender sus preceptos; más no para recibir los beneficios resultantes de la oración. Según parece, los discípulos creyeron que no eran dignos de que el Señor se apercibiese de ellos. Mas El, en contestación, pronunció estas solemnes palabras: «Dejad a los niños, y no les impidáis de venir a mí; porque de los tales es el reino de los cielos..

¡Qué cuadro tan interesante e instructivo el que este pasaje nos presenta! Es bien sabido cuan delicados en todos sentidos son los niños. De todas las criaturas que en el mundo nacen, ninguna necesita de tantos cuidados. Y ¿quién fue El que atendió tanto a los niños que le presentaron y El que, en medio de la ardua tarea de instruir y hacer bienes a los adultos, condescendió en poner sus manos sobre ellos y bendecirlos? Fue el Hijo eterno de Dios, el Sumo Sacerdote, el Rey de reyes.

Nuestro Señor, pues, cuida con ternura de las almas de los niños. Aunque sean pequeñitos no son indignos de sus atenciones. Su infinito amor alcanza al niño en la cuna así como al rey en su trono. El sabe que cada uno encierra dentro de su cuerpecito un principio inmortal, imperecedero, que sobrevivirá a las pirámides de Egipto y verá al sol y la luna apagar su resplandor en el postrer día. Apoyados en un pasaje como éste podemos abrigar la esperanza bien fundada de que todos los que mueran en la infancia se salven. «De los tales es el reino de los cielos..

Mateo 19:16-22

En estos versículos se nos relata una conversación que tuvo lugar entre nuestro Señor y un joven que ocurrió a El para hacerle preguntas acerca de la vida eterna.

Ese episodio nos enseña primeramente, que puede suceder que una persona tenga deseos de obtener la salvación y sin embargo no la obtenga. El joven acudió de motu proprio a Cristo en un día en que abundaba la incredulidad, y esto no para que le curase de alguna enfermedad, o para pedir socorro para algún hijo, sino para hacer indagaciones acerca de su propia alma. Dio principio a la entrevista con estas palabras: «Maestro bueno, ¿qué bien haré para obtener la vida eterna?» Y sin embargo, más tarde ese mismo joven se «fue triste;» y nada se nos dice que demuestra que se hubiera convertido Es menester tener presente que la gracia que salva no consiste solo en abrigar buenos sentimientos. Un hombre puede haber percibido la verdad mentalmente; puede haber experimentado remordimientos de conciencia; puede haber sentido dentro de su pecho emociones religiosas (como por ejemplo recelo acerca de su alma) en grado tal que hasta haya derramado lágrimas de dolor; y, a pesar de todo, puede acontecer que permanezca sin convertirse. La obra del Espíritu Santo abarca algo más que esto.

Aun más, las buenas emociones no solo no forman por sí solas la gracia que salva, sino son realmente funestas en sus resultados si, contentándonos con ellas, no obramos a la par que sentimos. El obispo Butler observó que las impresiones que pasivamente se reciben, pierden su fuerza gradualmente; en tanto que las acciones cambian el modo de ser del hombre.

También nos enseña el episodio cíe que nos ocupamos que las personas no convertidas son a menudo extremadamente ignorantes en cuanto a asuntos espirituales. Nuestro Señor llamó la atención de su interlocutor a la eterna ley que señale la distinción entre el bien y el mal, la ley moral. Habiéndolo oído preguntar con tanta osadía qué haría, lo sometió a prueba dándole un precepto que le serviría para acertar cuál era el verdadero estado de su corazón. «Si quieres entrar en la vida,» le dijo, « guarda los mandamientos,» y luego le repitió la segunda tabla de la ley. Al punto el joven replicó: «Todo esto he guardado desde mi mocedad: ¿qué más me falta?» Ignoraba tanto la espiritualidad de los estatutos de Dios, que jamás dudó de haberlos cumplido perfectamente. No parecía apercibirse de que los mandamientos tienen referencia a los pensamientos y palabras, así como a los hechos, y que si Dios hubiera entrado en juicio con él no « le habría podido responder a una cosa de mil.» Job_9:3.

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