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Mateo 17: El monte de la transfiguración

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(iii) Pero esto tiene otra cara. Está claro que Pedro quena esperar en la ladera de la montaña. Quería que se prolongara aquel gran momento. No quería descender a las cosas cotidianas y ordinarias otra vez, sino quedarse para siempre en el resplandor de la gloria.

Ese es un sentimiento que todos hemos tenido alguna vez. Hay momentos de intimidad, de serenidad, de paz, de proximidad a Dios, que todos hemos conocido y querido prolongar alguna vez. Como ha dicho A. H. McNeile: «El monte de la Transfiguración siempre nos encanta más que el ministerio cotidiano o el camino de la Cruz.»

Pero el monte de la Transfiguración nos es dado solamente para proveernos de la fuerza para el ministerio cotidiano, y para ayudarnos a recorrer el camino de la Cruz. Susanna Wesley tenía una oración: «Ayúdame, Señor, a recordar que la religión no se limita a la iglesia o al retiro, ni se practica solamente en oración y meditación, sino que siempre y en todo lugar estoy en Tu presencia.»

El momento de gloria no existe independientemente; existe para revestir las cosas normales y comentes con un resplandor que nunca antes tuvieron.

ENSEÑANDO EL CAMINO DE LA CRUZ

Mateo 17:9-13, 22-23

Conforme iban bajando del monte, Jesús les dio instrucciones rigurosas:

No le digáis nada a nadie de la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado.

Los discípulos Le preguntaron a Jesús:

Entonces, ¿por qué dicen los escribas que Elías tiene que venir antes?

-Es verdad lo que dicen de que Elías ha de venir a restaurar todas las cosas -les contestó Jesús-; pero os aseguro que Elías ya ha venido, y no le reconocieron, sino que hicieron con él lo que quisieron. De la misma manera tiene que sufrir a sus manos el Hijo del Hombre.

Entonces comprendieron los discípulos que Jesús les hablaba de Juan el Bautista.

Cuando se reunieron en Galilea, Jesús les dijo:

El Hijo del Hombre va a ser entregado a manos de hombres que Le matarán; pero al tercer día resucitará.

Y los discípulos se quedaron tremendamente apesadumbrados.

Aquí tenemos otra vez la orden de mantener el secreto, que era sumamente necesaria. El gran peligro consistía en que se proclamara a Jesús como Mesías sin saber Quién ni Qué era el Mesías. La concepción general tanto acerca del precursor como acerca del Mesías, tenía que ser radical y fundamentalmente cambiada. Iba a requerir mucho tiempo el desaprender la idea de un mesías conquistador; hasta tal punto formaba parte de la mentalidad judía que fue difícil, casi imposible, alterarla. Los versículos 9-13 son un pasaje muy difícil. Detrás de ellos está esta idea. Los judíos estaban de acuerdo en que antes de que viniera el Mesías, volvería Elías como Su heraldo y precursor. «He aquí que Yo os enviaré al profeta Elías antes que llegue el día grande y terrible del Señor.» Así escribía Malaquías, -y proseguía: «Y él hará volver el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres, no sea que Yo venga y castigue la Tierra con una maldición» (Malaquías 4: Ss). Poco a poco, a la idea de la venida de Elías se iban agregando detalles, hasta que los judíos llegaron a creer, no solamente que vendría Elías, sino que restauraría todas las cosas antes de la venida del Mesías; que él, digamos, haría que el mundo estuviera dispuesto para la llegada del Mesías. La idea era que Elías sería un reformador grande y terrible, que pasaría por el mundo destruyendo todo lo malo y enderezando todas las injusticias. El resultado era que tanto el precursor como el Mesías se concebían en términos de poder.

Jesús corrigió eso. «Los escribas -dijo- dicen que Elías vendrá como una bocanada de fuego purificador y vengativo. Él ya ha venido; pero su carácter fue doliente y sacrificado, como también ha de serlo el del Hijo del Hombre.» Jesús ha establecido que el método del servicio de Dios nunca consiste en acabar violentamente con la humanidad, sino en atraérsela con arrullos amorosos y un amor sacrificial.

Eso era lo que los discípulos tenían que aprender; y por eso tenían que guardar silencio hasta que lo hubieran aprendido. Si se hubieran puesto a predicar a un mesías conquistador, la consecuencia no habría sido más que una tragedia. Se ha, calculado que el siglo antes de la Crucifixión de Jesús hubo no menos de 200,000 que perdieron la vida en rebeliones inútiles. Antes de que se pudiera predicar a Cristo, había que saber Quién y Qué era Cristo; y hasta que Jesús enseñara a Sus seguidores la necesidad de la Cruz, tenían que guardar silencio y aprender. No son nuestras ideas, sino el mensaje de Cristo lo que debemos, comunicar a la humanidad; y nadie puede enseñar a otros hasta que Jesucristo le haya enseñado a él.

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