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Mateo 17: El monte de la transfiguración

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Hay algo indeciblemente solemne en la idea de que nuestro Señor Jesucristo lo sabe todo; que hay un ojo que observa toda nuestra conducta diaria, un oído que percibe todas nuestras palabras; que todo ante El está descubierto y manifiesto. La disimulación es imposible: vana es la hipocresía. Tal vez sea posible engañar a los ministros o a los parientes y amigos; mas es imposible engañar a Jesucristo.

2. Que nuestro Señor tiene poder infinito respecto de todas las cosas creadas. Hizo que de un animal irracional saliese el dinero con el cual había de pagar al recaudador.

Se cumplieron así al pié de la letra las palabras del Salmista: “Le hiciste enseñorear de las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies…. Las aves de los cielos, y los peces de la mar.” Salmo 8.6 y 8.

Esta es una prueba entre muchas de la grandeza de nuestro Señor Jesucristo. Solo el Creador puede a su arbitrio exigir la obediencia de la criatura. “Todo fue creado por él.” “Todas las cosas subsisten en él.” Col. 1.16 y 18. El creyente que fuere a habitar entre los pueblos paganos para difundir el Evangelio puede con seguridad encomendarse en manos de su Maestro; pues él tiene completo dominio aun sobre las bestias del campo.

3. Que nuestro Señor estaba dispuesto a hacer concesiones antes que a ofender. Con sobra de justicia habría podido pedir que se le eximiera del pago del impuesto. Siendo Hijo de Dios tenía derecho de que se le excusase de contribuir para el sostenimiento de la casa de su Padre. Siendo más grande que el templo podría haber expuesto suficientes motivos para no dar dinero para el templo. Mas no lo hizo así: en vez de pedir exención alguna, mandó a Pedro que pagase la suma requerida, y siguió esa línea de conducta, según El mismo lo dijo, por no ofender.

¿Qué se sigue de ahí? Que en tratándose de ciertos asuntos conviene que los cristianos cedan en sus opiniones, y se sometan a ciertas exigencias que no son de su beneplácito, antes que ofender e impedir así el progreso del Evangelio. Por de contado que jamás debemos ceder lo que a Dios pertenece; mas sí podemos ceder algunas veces lo que nos pertenece a nosotros. Ocasiones hay en que el cristiano manifiesta más lealtad en ceder que en resistir.

Que este pasaje nos sirva de guía en el cumplimiento de nuestros deberes como súbditos o como ciudadanos. Puede suceder que no nos agraden muchos de los actos de nuestros gobernantes, o que nos parezcan demasiado gravosos los impuestos que establecen; mas la cuestión que, en resumidas cuentas, debemos proponernos es esta: ¿Reportará provecho alguno la causa de la religión si sus defensores desobedecen la autoridad civil? ¿Son realmente los actos de ésta perjudiciales a las almas de aquellos? Si no lo son, guárdese silencio por no ofender. “El cristiano.” Dice Bullinger, “no debe jamás turbar la paz pública por asuntos de importancia transitoria..

Sírvanos también de guía este pasaje en el cumplimiento de nuestros deberes como miembros de la iglesia. Puede acontecer que no nos gusten todos los ritos y ceremonias que en ella se practiquen; o que aquellos que rigen en materias espirituales no nos parezcan discretos y prudentes. Mas ¿son los asuntos de que nos quejamos de vital importancia? ¿Se trata de la aplicación de alguna gran verdad del Evangelio? Si así no fuere abstengámonos de protestar, por temor de ofender.

Finalmente, sírvanos este pasaje de guía en el cumplimiento de nuestros deberes como miembros de la sociedad. Acaso haya hábitos y costumbres en el círculo con el cual nos rozamos que para nosotros, en nuestro carácter de cristianos, son cansados o de ningún provecho; mas si no son asuntos que estén en pugna de nuestros principios o que obren en perjuicio de nuestras almas, ¿á qué fin rehusar el cumplir con ellos? ¿Resultaría tal conducta en bien de la religión? Seguro que no: entonces sometámonos con paciencia por no ofender.

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