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Mateo 17: El monte de la transfiguración

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17.24-27 Como pueblo de Dios, somos extranjeros en la tierra porque nuestra fidelidad es siempre a nuestro Rey soberano: Jesús. Sin embargo, tenemos que cooperar con las autoridades y la ciudadanía responsable. Un embajador al estar en otro país respeta las leyes locales a fin de representar bien al que lo envió. Somos embajadores de Cristo (2Co_5:20). ¿Es usted un buen embajador de El en este mundo?

Mateo 17:1-13

Estos versículos contienen la narración de uno de los acontecimientos más notables que tuvieron lugar al principio del ministerio de nuestro Señor: el acontecimiento conocido comúnmente con el nombre de la transfiguración. El orden en que se refiere es bello a la vez que interesante. La última parte del capítulo anterior trata de la cruz, es decir, los padecimientos del creyente; en este pasaje el Espíritu misericordiosamente nos ha permitido ver algo del galardón futuro. Los corazones que habían sido apesarados con la descripción de la pasión del Redentor, se regocijan a su turno con la contemplación de su gloria.

Cierto es que mucho de lo que en el pasaje se relata es para nosotros misterioso. Fuerza es que así sea; puesto que hallándonos aún revestidos de un cuerpo material, nuestros sentidos están en contacto con las cosas materiales y nuestras ideas acerca del cuerpo glorificado tienen que ser muy vagas y deficientes.

Prescindiendo, pues, de lo abstracto, nos ceñiremos al examen de aquellas verdades de carácter práctico que de la transfiguración se desprenden.

Ofrécenos, ante todo, un admirable tipo de la gloría en que Cristo y su pueblo aparecerán en el segundo advenimiento.

El objeto del rostro resplandeciente como el sol y la vestidura brillante como la luz era presentar ante los ojos de los discípulos una vislumbre de la gloria venidera. Se levantó un extremo del velo, y vieron ellos la majestad de su Maestro, y viéndola pudieron comprender que si aún no había aparecido con la dignidad de rey, era porque aún no se había llegado el tiempo de ponerse las insignias reales. He aquí la razón por la cual San Pedro dijo con alusión a la transfiguración: “ Como habiendo con nuestros propios ojos visto su majestad.” 2 Pedro 1.16. Otro apóstol también dice con relación al mismo suceso: “Y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre.” Juan 1.14.

También nos presenta una prueba incontestable de lo reales que son la resurrección del cuerpo, y la vida venidera. Moisés y Elías aparecieron con Jesucristo de una manera visible y rodeados de gloria. Se les vio en forma corporal, y se les oyó hablar con nuestro Señor. Hacia mil cuatrocientos ochenta años que Moisés había sido sepultado; y más de novecientos que Elías había ascendido al cielo en un torbellino.

Ahora bien, que dos hombres que hacia tiempo habían partido de este mundo, se presentasen en el cuerpo, es una especie de garantía de la resurrección de todos los mortales. El aniquilamiento es una quimera. Todos los que hayan vivido en la tierra serán vivificados de nuevo para que rindan sus cuentas. Los que hayan fallecido en la fe de Jesucristo habitarán en una morada de salvación–todos, desde los patriarcas, los profetas, los apóstoles y los mártires hasta el más humilde siervo de Dios. Que sus espíritus viven es tan seguro como que nosotros existimos, y que aparecerán algún día en cuerpos glorificados es tan seguro como que Elías y Moisés aparecieron en el monte de la transfiguración. Estos pensamientos son de inmensa trascendencia. La resurrección es innegable: que hombres como Festo tiemblen, y hombres como Pablo se regocijen.

Preséntasenos, finalmente, es estos versículos una atestación notable de la infinita superioridad de Jesucristo respecto de todos los hombres.

Pedro, aturdido por la visión celestial, y no sabiendo qué decir, propuso que se construyesen tres tabernáculos, uno para Jesús, otro para Moisés y otro para Elías. De ese modo parecía colocar al legislador y al profeta al nivel de su Maestro, como si los tres fuesen iguales. Tal proposición fue al momento rechazada con decisión. Moisés y Elías fueron envueltos en una nube y desaparecieron. Al propio tiempo una voz que procedió de la nube repitió las palabras solemnes que fueron pronunciadas al bautismo de nuestro Señor: “ Este es mi Hijo amado, en el cual tomo contentamiento: a él oíd.” Esa voz dio a entender a Pedro que había allí un Ser superior a Moisés y a Elías. Moisés había servido a Dios con fidelidad, y Elías había proclamado la verdad con intrepidez; más Jesús era infinitamente superior a ellos: El era el Salvador a quien la ley y los profetas se habían referido constantemente, el verdadero profeta que todos debían acatar.

Deut. 18.15. Cristo era el verdadero sol: ellos los satélites que debían recibir de El la luz diariamente; El era la raíz, ellos los ramos; El era el amo, ellos los siervos.

Esas palabras son una lección enunciada para provecho de toda la iglesia. Los hombres, por buenos que sean, no pueden ser más que hombres. Los patriarcas, los profetas y los apóstoles; los mártires, los Padres, los reformadores y los puritanos–todos han sido pecadores y han necesitado un Salvador. Cierto es que han sido rectos, útiles y honorables; mas han sido pecadores. Jamás debemos consentir que medien entre nosotros y Cristo. El es el único a quien se ha encomendado la misión de darnos el pan de la vida. Solo El tiene en sus manos las llaves del cielo. Cuidemos pues de acatar su voz y de seguir en pos de El.

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