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Mateo 16: Ciegos a las señales del cielo

16.25 La posibilidad de perder la vida era muy real tanto para los discípulos como para Jesús. El discipulado verdadero implica compromiso real y arriesgar toda nuestra existencia a su servicio. Si uno trata de librar su vida física de la muerte, el dolor o la incomodidad, puede terminar arriesgando la vida eterna. Si nos protegemos del dolor, empezamos a morir en lo espiritual y emotivo. Nuestra vida se reenfoca en sí misma y perdemos nuestros propósito. En cambio, cuando damos nuestra vida en servicio a Cristo descubrimos el verdadero propósito de la vida.

16.26 Cuando no conocemos a Cristo, tomamos decisiones con la idea de que esta vida es todo lo que tenemos. En realidad, esta vida es sólo la introducción a la eternidad. La forma cómo vivimos este breve lapso, no obstante, determina nuestro estado eterno. Lo que acumulemos en la tierra no vale en la obtención de la vida eterna. Aun los honores sociales o cívicos más elevados no pueden hacernos ganar la vida eterna. Evalúe todo lo que sucede desde una perspectiva eterna.

16.27 Jesús tiene poder para juzgar toda la tierra (Rom_14:9-11; Phi_2:9-11). No obstante de que su juicio ya está manifestándose en nuestra vida, habrá un juicio final cuando Cristo vuelva (Phi_25:31-46) y la vida de cada uno será examinada y evaluada. Esto no se confinará a los incrédulos: los cristianos también serán juzgados. Su destino eterno es seguro, pero Jesús analizará la forma como se emplearon los dones, oportunidades y responsabilidades, a fin de determinar recompensas celestiales. En el juicio, Dios salvará a los rectos y condenará a los que no lo son. No debiéramos poner en tela de juicio la salvación de otros; eso le corresponde a Dios.

16.28 Tomando en cuenta que todos los discípulos murieron antes del regreso de Cristo, muchos creen que las palabras de Jesús aquí se cumplieron en la transfiguración cuando Pedro, Santiago y Juan vieron su gloria (17.1-3). Otros manifiestan que se refiere al Pentecostés (Hechos 2) y al comienzo de la Iglesia. En uno y otro caso, ciertos discípulos fueron testigos del poder y la gloria del reino de Cristo.

Mareo 16:1-12

Nuestro Señor se vio otra vez víctima del incesante encono de los fariseos y saduceos. Por lo general esas dos sectas estaban enemistadas entre sí; mas se unían para perseguir a Jesucristo. Aquella era una liga impía. Sin embargo lo mismo se observa con mucha frecuencia en nuestros días. Hombres de las opiniones más divergentes convienen en su repugnancia por el Evangelio, y obran de consuno a fin de oponerse a su progreso. «Nada hay nuevo debajo del sol.» Ecl. 1.9.

Lo primero que en este pasaje merece atención especial, es que nuestro Señor repitió palabras que, ya había empleado en otra ocasión. Fueron estas: « La generación mala y adulterina demanda señal; mas señal no le será dada, sino la señal de Jonás el profeta.» Si volvemos al versículo 39 del capítulo 12 de este Evangelio, encontraremos allí las mismas palabras.

A algunos les parecerá dicha repetición un asunto insignificante, que a nada conduce. Mas, viéndolo bien, no es así, por cuanto aclara una cuestión que ha confundido a muchos de los que sinceramente veneran la Biblia.

La repetición demuestra que nuestro Señor acostumbraba decir las mismas palabras más de una vez. Es evidente a todas luces, que solía presentar la misma verdad repetidas veces, a fin de imprimirla marcadamente en la mente de sus discípulos, sabiendo como sabia que, en lo que respecta a las cosas espirituales, la memoria del hombre es sumamente débil.

Ahora bien, ¿qué se desprende de todo esto? Se desprende que no debemos afanarnos tanto como lo hacen algunos por armonizar las narraciones contenidas en los cuatro Evangelios. No puede probarse que los dichos que se encuentran en San Mateo y San Lucas, por ejemplo, fueran pronunciados en la misma ocasión, o que los sucesos con que están ligados fueran necesariamente idénticos. San Mateo puede haber descrito un suceso y San Lucas otro; y sin embargo las palabras que nuestro Señor empleaba pueden haber sido las mismas. El empeñarse en probar que ambos sucesos son uno solo, porque las palabras son idénticas, ha enmarañado a los que estudian la Biblia en grandes dificultades.

El segundo punto que llama la atención, es la amonestación que, con motivo de lo que acababa de tener lugar, nuestro Señor dirigió a sus discípulos. Nuestro Señor se había apesarado, sin duda, al percibir las falsas doctrinas que prevalecían en medio de los judíos, y el influjo pernicioso que estaban ejerciendo; y por esa razón aprovechó la oportunidad para hacer una advertencia. «Mirad,» dijo, « y guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos.» Examinemos detenidamente esas palabras. ¿A quiénes fueron dirigidas? a los doce apóstoles, a los primeros ministros de la iglesia de Jesucristo, a los hombres que lo habían abandonado todo por el Evangelio. ¡Aun a ellos hubo necesidad de amonestarlos! Los hombres más sanos y rectos no son sino meras criaturas humanas y están expuestos a caer en tentación.

¿Contra qué cosa fue que nuestro Señor previno a sus apóstoles? Contra la doctrina de los fariseos y saduceos. Según se nos dice con frecuencia en los Evangelios, los fariseos eran hipócritas y gazmoños. Los saduceos, por otra parte, eran escépticos, incrédulos y demasiado libres en su modo de pensar. Más aun Pedro, Santiago y Juan tenían que guardarse de su doctrina.

Nuestro Señor se valió de una metáfora para calificar las falsas doctrinas respecto de las cuales previno a sus discípulos: las llamó levadura. Como levadura respecto de la masa, parecían pequeñas comparadas con ese gran todo que se llama la verdad; más, también como esa sustancia, obrarían secreta y silenciosamente hasta cambiar la naturaleza entera de la religión con la cual se las mezclase.

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