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Mateo 15: Pureza e impureza legal

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Este pasaje nos presenta a Jesús buscando un tiempo de tranquilidad antes de la conflagración del final. Esto no es una evasión en ningún sentido, sino la preparación que hizo Jesús de Sí mismo y de Sus discípulos para la batalla final y definitiva que habría de producirse muy pronto.

Pero hasta en esas regiones extranjeras Jesús no se vería libre de las demandas clamorosas de la necesidad humana. Allí estaba una mujer que tenía una hija gravemente asediada. Tiene que haber oído algo de las obras maravillosas que realizaba Jesús, y se puso a seguirle clamando desesperadamente por ayuda. Al principio parece que Jesús no le hace ningún caso. Los discípulos se sentían incómodos, y Le dijeron: «Dale ya lo que sea, para que nos deje en paz.» La reacción de los discípulos no era de compasión precisamente, sino todo lo contrario: aquella mujer les resultaba molesta, y lo que querían era librarse de ella lo más pronto posible. Conceder una petición para librarse del solicitante que es, o puede llegar a ser, una molestia para uno es una reacción de lo más corriente; pero es muy diferente de la respuesta de la piedad, la compasión y el amor cristianos.

Pero para Jesús aquello no era un problema. No podemos poner en duda que Se sintió movido a misericordia hacia aquella mujer. Pero era una gentil. Y no sólo eso: pertenecía al pueblo cananeo antiguo, que eran los enemigos ancestrales de los judíos de los que son probablemente descendientes los actuales palestinos. Todavía en aquel tiempo, o no mucho después, Escribía Josefo: « Entre los filisteos, los que más rabia nos tienen son los brios.» Ya hemos visto que, si Jesús había de hacer algún efecto, tenía que limitar Su campo de acción y sus objetivos como sabio estratega. Tenía que empezar por los judíos; y aquí estaba una gentil clamando por misericordia. Jesús no podía hacer más que una cosa: tenía que despertar la verdadera fe en el corazón de aquella mujer.

Así es que Jesús se volvió hacia la mujer, y le dijo: «No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perrillos.» Comparar a una persona con un perro siempre ha sido, especialmente entre los semitas, uno de los peores insultos. Los judíos hablaban con insolencia arrogante de «los perros gentiles,» «perros infieles» y más tarde «perros cristianos.» En aquellos días los perros eran carroñeros inmundos por las calles -escuálidos, salvajes, a menudo enfermos. Pero tenemos que recordar dos cosas.

Muchas veces todo depende del tono y el gesto con que se diga una cosa. Algo que parecería brutal se puede decir con una sonrisa y una palmadita cariñosa. Esto lo sabemos muy bien los españoles y los hispanos, que a menudo usamos los peores insultos como elogios, dependiendo naturalmente del contexto y del tono: «¡Anda, que eres un…!» Podemos estar absolutamente seguros de que la sonrisa en el rostro de Jesús y la compasión en Sus labios y ojos despojaban la comparación de todo sentido ofensivo.

Y también, que Él usó la terrible palabra en diminutivo, no perros, sino perrillos (kynaria), que no eran los perros callejeros sino los animales de comía que vivían en las casas, muy diferentes de los perros parias que andaban por las calles y escarbaban las basuras en busca de comida.

La mujer sería griega de cultura, y por tanto rápida de ingenio para captar la diferencia y la oportunidad. «Es verdad Señor -Le contestó ella-; pero también los perrillos saca algo de las migajas que caen de la mesa de sus amos.» Y los ojos se Le iluminaron de gozo a Jesús ante una fe tan indómita, y concedió la demanda, la bendición y la sanidad que ella tanto deseaba.

LA FE QUE OBTUVO LA BENDICIÓN

Mateo 15:21-28

Hay algunas cosas en esta mujer en las que debemos fijarnos. (i) Lo primero y principal es que tenía amor. Como Bengel dijo de ella: «Hacía suya la miseria de su hija.» Puede que fuera pagana, pero tenía en el corazón ese amor hacia su hija que es siempre el reflejo del amor de Dios hacia Sus hijos. Fue el amor lo que la impulsó a salirle al encuentro a aquel Extranjero; fue el amor lo que la hizo aceptar Su silencio y sin embargo seguir suplicando; fue el amor lo que le hizo encajar el aparentemente duro rechazo; fue el amor lo que le hizo ver la compasión por debajo y por detrás de las palabras de Jesús. La fuerza motriz del corazón de esta mujer era el amor; y no hay nada más fuerte ni más cerca de Dios que esa misma cosa.

(ii) Esta mujer tenía fe. (a) Una fe que creció en el contacto con Jesús. Empezó llamándole Hijo de David; ese era un título popular y hasta político. Se Le aplicaba a Jesús como el gran y poderoso Obrador de maravillas, pero todavía sólo en términos de poder y de gloria terrenales. Llegó pidiendo una merced a Uno al Que tomaba por el Hombre más grande y poderoso. Llegó con una especie de superstición, como si acudiera a cualquier mago. Acabó llamando a Jesús Señor.

Jesús, por así decirlo, la obligó a mirarle a Él, y en Él descubrió algo que no se podía expresar en términos terrenales, porque no era nada menos que divino. Eso era precisamente lo que Jesús quería despertar en ella antes de concederle su petición. Quería que viera que la súplica dirigida a un gran hombre tiene que transformarse en una oración al Dios viviente. Podemos ver crecer la fe de esta mujer al encontrarse cara a cara con Cristo hasta el punto de verle, aunque como a través de la niebla, como El Que Es.

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