Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Mateo 15: Pureza e impureza legal

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on whatsapp
Share on email

Mateo 15:29-39

Pasaremos a examinar los tres puntos importantes que contiene el principio de este pasaje.

Obsérvese, en primer lugar, cuánto más se afanan los hombres por la curación de sus enfermedades corporales que por la de sus enfermedades espirituales.

Se nos dice que acudieron a Jesús grandes multitudes que llevaban los cojos, los ciegos, los mudos, los mancos y otros muchos enfermos. Es seguro que muchos de ellos habían andado muchas millas, y sufrido en consecuencia muchas fatigas, pues es bien sabido cuan difícil es trasladar un enfermo de un lugar a otro. Más con la esperanza de una curación se vencen todos los obstáculos.

Quien se sorprende de la conducta de esos pacientes conoce muy poco la naturaleza humana. No hay absolutamente por qué sorprenderse. Sabían que la salud es la mayor bendición de que puede gozarse acá en la tierra; y que el dolor que resulta de las enfermedades es muy difícil de sobrellevar. No hay argumentos que valgan contra las sensaciones que uno experimenta. Cuando un hombre percibe que lo abandonan las fuerzas, que su cuerpo se enflaquece y su rostro se torna pálido, y que empieza a perder el apetito, sabe entonces que está enfermo y que ha menester de un facultativo. Muéstresele en tales circunstancias un médico que tenga fama de no errar cura, y se le verá acudir a él sin tardanza. Empero, no olvidemos que nuestras almas están más enfermas que nuestros cuerpos, e imitemos la conducta de las muchedumbres galileas. Nuestras almas padecen de una dolencia más profundamente arraigada, más difícil de curar que cualquier achaque a que el cuerpo esté expuesto: esa dolencia es el pecado. Menester es que sean curadas, y eso de una manera eficaz, o que perezcan por toda la eternidad. ¿Sabemos esto? ¿Lo entendemos? ¿Tenemos conciencia de ello? ¡Ay! desgraciadamente no puede darse sino una sola contestación a estas preguntas: la mayor parte del género humano se manifiesta insensible sobre este particular. Para obtener la salud del cuerpo se agolpan las salas de los médicos, y hacen largos viajes en busca de aires más puros. Más no se cuidan absolutamente de la salud espiritual. ¡Feliz es a la verdad el hombre que ha descubierto la enfermedad de su alma! Seguro es que no estará tranquilo hasta que no haya encontrado a Jesús.

Notase, en seguida, cuan admirable era la facilidad con que nuestro Señor curaba a los enfermos que le presentaban. Se nos dice que las multitudes se maravillaban viendo andar a los cojos, ver a los ciegos, etc.

Un poder semejante tiene el Señor para curar las enfermedades del alma. No hay dolencia espiritual que se le resista. La fiebre de la concupiscencia, la parálisis de la indiferencia, la consunción de la indolencia y la desidia, y esa enfermedad del corazón llamada la incredulidad–todas ellas desaparecen cuando él hace descender su Espíritu sobre los hijos de los hombres. El pone un nuevo canto en los labios de un pecador, y le hace hablar con amor y reverencia del mismo Evangelio de que antes se reía; ilumina la inteligencia de un hombre de tal manera que vea el reino de Dios; abre los oídos de otro y le concede aptitud y voluntad de oír su voz y de seguirle a donde quiera que vaya; al que antes caminaba en la ancha senda que conduce a la destrucción, lo dirige por el camino que conduce a la vida eterna; y hace que le sirvan y ejecuten su voluntad las manos que eran instrumentos de crímenes y venganzas. La época de los milagros no ha pasado todavía. Cada conversión es un milagro.

Es de advertirse también en el presente pasaje cuan grande es la compasión de nuestro Señor Jesucristo. Se nos refiere que habiendo llamado a sus discípulos les dijo que tenía compasión de la multitud. Un concurso numeroso de hombres y mujeres presenta siempre un espectáculo imponente. La idea de que cada individuo es pecador y tiene un alma inmortal en riesgo de perecer eternamente debiera conmovernos. Ninguno se conmovía tanto al ver una muchedumbre como Jesús.

Es un hecho harto curioso y singular que de todas las emociones que nuestro Señor experimentó cuando estuvo en la tierra, ninguna se menciona con tanta frecuencia como la de la «compasión.» En algunos pasajes se nos refiere que experimentó gozo o gratitud; en otros, ira o celo; en otros, tristeza o admiración; más de ninguna de esas emociones se hace mención con tanta frecuencia como de la compasión. El Espíritu Santo parece indicarnos así en la palabra divina que ese era el rasgo distintivo de su carácter y el sentimiento dominante de su corazón cuando habitó entre los hombres. Por nueve veces (sin incluir las expresiones contenidas en las parábolas), por nueve veces el Espíritu Santo hizo escribir en los Evangelios la palabra «compasión.

Este hecho debe alentar a los que se encuentran dudosos y vacilantes sobre si deben o no empezar a seguir el camino que el Señor ha marcado a los creyentes.

Que recuerden que el Salvador está siempre lleno de compasión. El los recibirá con benignidad; los perdonará sin exigirles tributo; olvidará sus iniquidades.

La misericordia de Jesucristo es un manantial perenne, inagotable.

También debe consolar a los siervos del Señor cuando se encuentren cansados de las vicisitudes de la vida. Jesús que sabe en qué especie de mundo es que viven, que conoce las debilidades del cuerpo humano, y que penetra los designios del grande adversario–Jesús, decimos, se compadece de su pueblo. Que no desmayen pues, mas antes bien tengan presente el siguiente texto: «Sus misericordias nunca desfallecieron.» Lam. 3.22.

Deja una respuesta

Ayúdanos a continuar Sembrando La Palabra de Dios

Publicaciones que pueden ser de interés para ti

La botella

Un hombre estaba perdido en el desierto, destinado a morir de sed. Por su buena suerte, llegó a una cabaña vieja, desmoronada sin ventanas, sin techos. El

Artículo Completo

El lenguaje de los Ojos

Hay una palabra que parece resumir la esencia del universo, del alma humana, de la vida misma y… del corazón de Dios. Esa palabra breve en todos

Artículo Completo