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Mateo 15: Pureza e impureza legal

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Estemos persuadidos que lo principal de la religión es el estado del corazón. No nos contentemos con concurrir a la iglesia y observar los ritos del culto externo. Penetremos más al fondo y procuremos que nuestro corazón sea recto a los ojos de Dios. Hech. 8.21. El corazón recto es el que ha sido rociado con la sangre de Cristo, y ha sido renovado por el Espirito Santo y purificado por la fe.

Finalmente, hagamos la resolución firme de «guardar nuestro corazón sobre toda cosa guardada» hasta el término de nuestra vida. Prov. 4.23. Aun después de haber sido renovados, están expuestos a debilidades. Aun después de haber experimentado el renacimiento, son engañosos. No olvidemos que el peligro mayor está dentro de nosotros. Feliz el que trae diariamente a la memoria las siguientes palabras de Salomón, «El que confía en su corazón es insensato.» Prov. 28.2

Mateo 15:21-28

Es estos versículos se nos refiere otro de los milagros de nuestro Señor. Examinemos en su orden respectivo cada una de las circunstancias en que se verificó.

Se advierte, primeramente, que la verdadera fe se encuentra muchas veces donde menos se la espera.

Una Cananea pidió socorro a nuestro Señor, a favor de su hija. Esa súplica se habría considerado como una manifestación inequívoca de fe si la mujer hubiera vivido en Betania o en Jerusalén; mas al saber que vino de las costas de Tiro y de Sidón no puede uno menos que maravillarse. Bien demuestra que el creyente debe la fe que profesa no al lugar donde reside, sino a la gracia divina. Puede vivirse en medio de la idolatría y la superstición, como la muchacha que servia en la casa de Naaman, y sin embargo permanecer fiel a Dios y al Crucificado. Es posible habitar en Tiro y en Sidón y, sin embargo, entrar al reino de los cielos.

Véase, en segundo lugar, que la desgracia resulta a menudo en beneficio del alma de la persona que la sufre.

Esa madre Cananea había sufrido mucho sin duda. Había visto a su querida hija atormentada del demonio, y no había podido aliviarla. Sin embargo, ese sufrimiento la encaminó hacia Jesucristo, y la movió a hacer una súplica, una oración. Si no lo hubiera experimentado tal vez habría vivido siempre en la ignorancia y en la indiferencia. Es, pues, evidente que la desgracia fue para su bien. Salmo 119.71.

Meditemos detenidamente sobre este asunto. Con demasiada frecuencia nos olvidamos que cada desgracia, cada sufrimiento es un mensaje que el Altísimo nos envía para nuestro provecho. Los trabajos nos hacen reflexionar, nos separan del mundo, nos encaminan a la Biblia, nos hacen postrar de rodillas en actitud de orar. La salud es un gran bien, mas las enfermedades son otro mayor si nos dirigen hacia el trono de Dios. La prosperidad es una bendición; pero más lo es la adversidad si nos atrae hacia Jesucristo.

Se nota, en tercer lugar, que los cristianos son menos benignos y compasivos que Jesucristo.

Los discípulos no dieron buena acogida a la mujer de Canaán. Talvez juzgaron que una habitante de la costa de Tiro y de Sidón era indigna del auxilio de su Maestro. Por lo menos consta que dijeron: «Envíala, que da voces tras nosotros..

Tales sentimientos son harto comunes entre muchos de los que se llaman creyentes. En vez de estimular y apoyar a los neófitos, muchas veces los desalientan y desaniman ; y dudan de lo real de su fe porque es débil, tratándolos como se trató a Saulo la primera vez que fue a Jerusalén después de su conversión.

Hech. 9.26. En vista de estos hechos, cúmplenos advertir a los que no se hayan convertido que no vayan a juzgar de Cristo por el carácter de sus discípulos. Es él más clemente y pió que el más santo de sus siervos. Los Pedro, los Santiago, los Juan dirán acaso al alma atribulada: « Aléjate. Más semejante palabra jamás salió de los labios del Redentor.

Observase, por último, cuántos estímulos se nos presentan para perseverar en la oración.

Es difícil concebir un ejemplo más notable de esta verdad que el que se nos presenta en este pasaje. Al principio parecía que la súplica de la desgraciada madre había sido desoída, pues Jesús no le contestó palabra. Cuando al fin desplegó sus labios, sus palabras fueron desalentadoras. «No soy enviado,» dijo El, «sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» Sin embargo, la Cananea tornó a suplicar: «Socórreme.» La segunda aserción de nuestro Señor fue aun más desalentadora que la primera: « No es bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos.»No obstante «la esperanza que se alarga» no fue «tormento de su corazón.» Prov. 13.12. Aun en aquel momento no calló, mas suplicó que se la diesen siquiera unas migajas de misericordia. Y, al cabo, su importunidad fue premiada. «O mujer,» dice el Salvador, «grande es tu fe: sea hecho contigo como quieres.» Jamás ha faltado Dios a la siguiente promesa: « Buscad y hallareis..

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