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Mateo 14: La tragedia de Juan el Bautista

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Por aquel tiempo el tetrarca Herodes tuvo noticias de la fama de Jesús, y les dijo a sus siervos:

-Ese es Juan el Bautista que ha resucitado, y por eso realiza esas obras de poder.

Herodes había detenido a Juan el Bautista, le había encadenado y metido en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, porque Juan le denunciaba insistentemente:

-No tienes derecho a estar casado con ella.

Herodes quería matar a Juan; pero tenía miedo a la reacción de la gente, porque consideraban que Juan era un profeta.

Con ocasión de la fiesta de cumpleaños de Herodes, bailó la hija de Herodías en medio de la compañía, y a Herodes le cayó muy bien. De ahí que le prometiera con juramento que le daría lo que pidiera. Aconsejada por su madre, dijo:

-Dame aquí y ahora la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja.

El rey se encontró en un compromiso por el juramento que había hecho a oídos de todos sus invitados; así es que dio orden de que se concediera la petición; y mandó a algunos a que decapitaran a Juan en la cárcel. Luego trajeron la cabeza en una bandeja, y se la dieron a la joven, que se la llevó a su madre.

Los discípulos de Juan fueron a recoger su cuerpo y lo enterraron. Seguidamente fueron a Jesús y se lo contaron todo.

En este drama trágico de la muerte de Juan el Bautista se nos delinean clara y vivamente los diferentes personajes.

(i) Tenemos al mismo Juan. Por lo que respectaba a Herodes, Juan había cometido dos faltas.

(a) Era demasiado popular. Josefo también nos cuenta la historia de la muerte de Juan, y lo hace desde este punto de vista: « Ahora bien: cuando muchos otros venían a Juan en multitud, porque se conmovían profundamente al oír sus palabras, Herodes, que temía que la gran influencia que Juan tenía sobre la gente le pudiera poner en posición e inclinación de hacer un levantamiento (porque la gente parecía dispuesta a hacer todo lo que él le aconsejara), pensó que lo mejor sería matarle para prevenir cualquier conflicto que pudiera causar, y no meterse en dificultades perdonándole la vida, de lo que podría ser que se arrepintiera cuando fuera demasiado tarde. De acuerdo con esto, ante las sospechas de Herodes, este mandó a Juan prisionero a Maqueronte… y allí le hizo ajusticiar.» (Antigüedades de los judíos, 18.5.2). Según Josefo fueron los celos suspicaces de Herodes los que le hicieron dar muerte a Juan. A Herodes, como a cualquier otro tirano débil, suspicaz y timorato, no se le podía ocurrir otra manera de resolver la presencia de un posible rival que matándole.

(b) Pero los evangelistas vieron la historia desde otro punto de vista. Para ellos, Herodes mandó matar a Juan porque este era un hombre que decía la verdad. Siempre es peligroso denunciar a un tirano, y eso fue precisamente lo que hizo Juan.

Los Hechos eran bien sencillos. Herodes Antipas estaba casado con una hija de los árabes nabateos. Tenía un hermano en Roma que se llamaba igual que él; los evangelistas llaman a ese Herodes de Roma Felipe; su nombre completo puede que fuera Herodes Felipe, o puede que se confundieran en la maraña de las relaciones matrimoniales de los Herodes. El Herodes que residía en Roma era un individuo adinerado que no tenía reino propio. En una visita a Roma, Herodes Antipas sedujo a su cuñada y la convenció para que abandonara a su marido y se casara con él. Para eso tenía que repudiar a su anterior mujer, lo que le trajo unas consecuencias desastrosas. Al dar ese paso, aparte del aspecto moral de la cuestión, Herodes quebrantó dos leyes: se divorció sin causa de su mujer, y se casó con su cuñada en vida del marido de esta, que era un matrimonio prohibido en la ley judía. Juan no dudó en reprochárselo.

Siempre es peligroso enfrentarse con un déspota oriental, y Juan firmó su propia sentencia de muerte cuando reprendió a Herodes. Juan era un hombre que denunciaba intrépidamente el mal cuando lo veía. Cuando el reformador escocés John Knox estaba defendiendo sus principios ante la reina Mary, ella le preguntó si creía que se podía resistir la autoridad de los gobernantes. Su respuesta fue: « Si los príncipes se exceden de sus atribuciones, señora, es lícito resistirlos, y hasta deponerlos.» El mundo les debe mucho a los grandes hombres que arriesgaron sus vidas y tuvieron el valor de decirles aun a los reyes y las reinas que hay una ley moral que quebrantan a riesgo propio.

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