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Mateo 13: El Sembrador salió a sembrar

Pastor Lionel

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La Septuaginta, por. así decirlo, descarga a Dios de la responsabilidad y se la impone claramente al pueblo.

¿Cómo se puede explicar todo esto? De una cosa podemos estar seguros: sea lo que sea lo que quiera decir este pasaje, no puede querer decir que Jesús comunicó intencionadamente Su mensaje de forma que la gente no pudiera entenderlo. Jesús no vino para ocultarle la verdad al mundo, sino para revelársela. Y sin duda hubo momentos cuando la gente la entendía.

Cuando los dirigentes judíos ortodoxos oyeron la amenaza de la parábola de los Viñadores Malvados, la entendieron muy bien, y recularon aterrados diciendo: «¡No lo quiera Dios!» (Luk_20:16 ). Y en los versículos 34 y 35 de este mismo pasaje, Jesús cita el dicho del salmista:

Presta oído, oh pueblo Mío, a Mi enseñanza; aplica tus oídos a las palabras de Mi boca. Enseñaré públicamente por medio de parábolas, comunicaré antiguos dichos misteriosos, cosas que hemos oído y que sabemos, porque nos las dijeron nuestros padres.

Es una cita del Psa_78:1-3 , en el que el salmista sabe que lo que está diciendo se entenderá, y que está recordándole al pueblo verdades que tanto ellos como sus padres ya conocían.

La verdad es que las palabras de Isaías, y el uso que Jesús hizo de ellas, han de leerse con intuición, y tratando de ponernos en la situación en que se encontraban tanto Isaías como Jesús. Estas palabras nos dicen tres cosas.

(i) Nos hablan de la perplejidad del profeta. El profeta le traía al pueblo un mensaje que estaba para él tan claro como el agua; y le alucinaba el que no lo pudieran entender. Esta es frecuentemente la experiencia del maestro y del predicador. A menudo, cuando predicamos o enseñamos o discutimos cosas con la gente, tratamos de decirles algo que consideramos que tiene sentido y que es pertinente y de un interés absorbente y de una importancia suprema; y nos oyen como el que oye llover, sin el menor interés, o comprensión, o urgencia. Y nos maravilla y alucina el que, lo que quiere decir tanto para nosotros, al parecer no les dice nada a ellos; que lo que nos provoca un incendio en los huesos, como decía Jeremías (20:9), los deja fríos, y que lo que nos entusiasma y conmueve las entrañas les provoca solo una gélida indiferencia. Esa es la experiencia de todo maestro y predicador y evangelista.

(ii) Nos hablan de la desesperación del profeta. El sentimiento de Isaías era que su predicación parecía hacer más daño que bien, que sería lo mismo si estuviera hablando a un muro de piedra, que no había acceso a las mentes y los corazones de esos sordos y ciegos que, a juzgar por los resultados, parecían ir a peor en vez de a mejor. De nuevo, esta es la experiencia de todo maestro o predicador. Hay veces que los que tratamos de ganar, a pesar de todos nuestros esfuerzos, parece que cada vez están más lejos, en lugar de más cerca, del Evangelio. Nuestras palabras se las lleva silbando el viento; nuestro mensaje choca con una barrera impenetrable de indiferencia; el resultado de todo nuestro trabajo parece menos que nada, porque al final parece que la gente está más lejos de Dios de lo que estaban al principio.

(iii) Pero estas palabras nos dicen más que la perplejidad y la desesperación del profeta; también nos hablan de la fe a ultranza del profeta. Aquí nos encontramos cara a cara con una convicción judía sin la que mucho de lo que decían el profeta, o Jesús, o la Iglesia Primitiva no nos resultaría inteligible.

Para decirlo sencillamente, era uno de los primeros artículos de fe judíos que nada sucede en este mundo fuera de la voluntad de Dios; y cuando decían nada querían decir absolutamente nada. Era tanto la voluntad de Dios cuando la gente prestaba oído como cuando no; cuando se negaban a entender la verdad como cuando la recibían. El judío se arrojaba pronto a la convicción de que todo ocupaba su lugar en el propósito de Dios y que, de alguna manera, Dios tejía juntamente fracasos y éxitos, bien y mal, en la trama de Su diseño.

El propósito final de Dios en todo era siempre bueno. Este es el pensamiento que expresa Pablo en Romanos, capítulos 9 al 11, en los que nos habla de cómo fue que los judíos, el pueblo escogido de Dios, rechazó de hecho la verdad de Dios y crucificó al Hijo de Dios cuando vino a ellos. Parecía absurdo; pero, ¿cuál fue la consecuencia? Que el Evangelio salió al mundo gentil; y el resultado final será que los gentiles introducirán algún día a los judíos. Lo que parecía ser un mal y una tragedia se incorpora en un bien más amplio, porque todo está en el plan de Dios.

Ese era el sentir de Isaías. En un principio estaba perplejo y desesperado; luego, se le hizo la luz y dijo en efecto: «No puedo entender el comportamiento de este pueblo, pero sé que todo este fracaso está incluido de alguna manera en el plan de Dios, y Él lo usará para Su gloria y para el bien final de la humanidad.» Jesús tomó estas palabras de Isaías y las usó para animar a Sus discípulos; y en efecto les dijo: «Sé que esto parece descorazonador; sé cómo os sentís cuando las mentes y los corazones de la gente se niegan a recibir la verdad y cuando sus ojos se cierran a verla; pero también en esto hay un propósito, y algún día lo veréis.»

La actitud que tenían en relación con esta doctrina, la de la predestinación, ha separado a teólogos e iglesias en la historia de la Iglesia; pero lo que a fin de cuentas hace que los cristianos aceptemos con gozo los designios de la voluntad omnímoda de Dios es la Revelación de Su carácter en Jesucristo que los judíos no habían recibido en el Antiguo Testamento. Si Dios es como Le vemos en Su Hijo, y esa es la Revelación suprema del Nuevo Testamento, podemos estar seguros de que a los que Le aman todas las cosas los conducen a bien.

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