Mateo 13: El Sembrador salió a sembrar

Jesús decía todas estas cosas a la gente por medio de parábolas, y no acostumbraba decirles nada sino por parábolas. Lo hacía así para que se cumpliera lo que Dios dijo por medio del profeta: «Hablaré en público por medio de parábolas, proclamaré cosas que han estado ocultas desde la creación del mundo.»

Este es un pasaje que está lleno de dificultades, y tendremos que tomarnos el tiempo necesario para solventarlas. En primer lugar, hay dos cosas generales al principio que, si las entendemos bien, ayudarán a iluminar todo el pasaje.

La palabra griega que se usa en el versículo 11, que he traducido por secretos (como muchas traducciones), es en el original mysteria, misterios, como dice la Reina-Valera. En los tiempos del Nuevo Testamento, la palabra misterio se usaba con un sentido técnico especial. Para nosotros quiere decir sencillamente algo oscuro, difícil o imposible de entender, a veces misterioso. Pero en los tiempos del Nuevo Testamento era el nombre técnico de algo que era ininteligible para el de fuera, pero claro como el agua para el iniciado.

En el tiempo de Jesús, tanto en Grecia como en Roma, las religiones más intensas y reales eran las que se llamaban religiones misteriosas o misterios. Estas religiones tenían todas un cierto carácter en común. Eran en esencia dramas o autos de pasión en los que se representaba la historia de algún dios o diosa que había vivido y sufrido y muerto y resucitado gloriosamente. Al iniciado se le daba un largo curso de instrucción en el que se le explicaba el sentido íntimo del drama; ese curso de instrucción duraba muchos meses o hasta años. Antes que se le llegara a permitir ver el drama tenía que pasar un período de ayunos y abstinencias. Todo conducía a un estado de emoción y de expectación. Entonces se le llevaba a ver el drama; el ambiente estaba cuidadosamente preparado: iluminación sugestiva, inciensos y perfumes, música sensual y en muchos casos una liturgia exquisita. Entonces se representaba el drama, que se pretendía que produjera en el adorador una identificación total con el dios cuya historia se representaba en el escenario. Se pretendía que el adorador participara en la vida y sufrimientos y muerte y resurrección de la divinidad, y participara así de la inmortalidad. El adorador clamaba al final: «¡yo soy Tú, y Tú eres yo!»

Vamos a poner un ejemplo concreto. Uno de los misterios más famosos era el de Isis. Osiris era un rey sabio y bueno. Set, su malvado hermano, le odiaba, y con setenta y dos conspiradores le indujo a acudir a un banquete. Allí le persuadió a entrar en un ataúd astutamente diseñado que tenía sus mismas medidas. Cuando Osiris estaba en el ataúd, se le cerró la tapa y se arrojó al Nilo. Tras larga y fatigosa búsqueda, Isis, la fiel esposa de Osiris, encontró el ataúd y se lo llevó a su casa con duelo. Pero cuando ella estaba ausente de su casa, el malvado Set volvió y robó el cuerpo de Osiris, lo cortó en catorce piezas y las distribuyó por todo Egipto. De nuevo Isis inició su búsqueda agotadora y dolorida. Después de mucho consiguió todas las piezas; por un poder maravilloso los trozos se ensamblaron entre sí, y Osiris resucitó, y llegó a ser desde entonces y para siempre el rey inmortal de los vivos y los muertos.

Es fácil comprender lo conmovedora que podía hacérsele esta historia a uno que hubiera recibido la larga enseñanza y que entonces la contemplaba en un ambiente cuidadosamente calculado. Estaba la historia del buen rey; el ataque del pecado; la búsqueda ansiosa del amor; el hallazgo triunfante; la resurrección a una vida que había conquistado la muerte. Con todo eso se pretendía que se identificara el adorador, y que surgiera de ello, según una frase famosa de las religiones misteriosas, «nacido de nuevo para la eternidad.»

Eso era un misterio: algo sin sentido para el que estaba fuera, pero supremamente precioso para el iniciado. De hecho, algo así es la Santa Cena. Para el que no la hubiera visto nunca, parecería una compañía de gente que toma un trocito de pan y bebe un sorbito de vino, y puede que hasta le pareciera algo ridículo. Pero para la persona que sabe lo que está haciendo, que ha sido iniciada en su sentido, es el acto de culto más precioso y conmovedor de la Iglesia Cristiana.

Así es que Jesús les dijo a Sus discípulos: « Los que están fuera no pueden entender lo que Yo digo; pero vosotros Me conocéis; sois Mis discípulos; podéis entender.» El Evangelio sólo se puede entender desde dentro. Sólo se puede entender después de un encuentro personal con Jesucristo. Criticarlo desde fuera es criticar en ignorancia. Sólo la persona que está dispuesta a entrar en el discipulado tiene acceso a las cosas más preciosas de la fe cristiana.

Adolfo Araujo, al final de su libro Cristianidad, aplica al Evangelio el romance del encuentro del Conde Amaldos con aquel misterioso Marinero que cantaba una canción tan maravillosa que hacía posarse las aves en el mástil y salir a la superficie a los peces; y que, cuando el Conde le pide que le diga ese cantar, le contesta:

Yo no digo esa canción sino a quien conmigo va.

«Conde Arnaldos, si quieres embelesarte con el cántico sublime, tienes que embarcarte con el Marinero que te viene a buscar, y, dejando la tierra de tu extrañamiento, volver a tu patria. Y así, lector, si quieres sentir lo inefable del cantar cristiano, entra en el barco de la fe. O, puesto de otro modo, encuéntrate dentro, aunque sea sin saber cómo.»

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