Mateo 13: El Sembrador salió a sembrar

LA PALABRA Y EL OYENTE

Esta parábola se dirige realmente a dos clases de personas.

(i) Se dirige a los que oyen la Palabra. Los investigadores dicen con cierta frecuencia que la interpretación de la parábola que encontramos en los versículos 18-23 no es la del mismo Jesús, sino la de los predicadores de la Iglesia Primitiva, y que no es del todo correcta. Se dice que incumple la ley de que una parábola no es una alegoría, y que es demasiado detallada para que la pudieran captar los oyentes a la primera. Si Jesús estaba realmente señalando a un sembrador que estaba haciendo su labor, esa no parece ser una objeción válida; en cualquier caso, la interpretación que identifica las distintas clases de terreno con distintas clases de oyentes ha mantenido siempre su puesto en el pensamiento de la Iglesia, y tiene que proceder de alguna fuente autorizada. Y en tal caso, ¿por qué no de Jesús mismo?

Si tomamos esta parábola como una advertencia a los oyentes, quiere decir que hay diferentes maneras de recibir la Palabra de Dios, y que el fruto que produzca dependerá del corazón del que la reciba. La suerte de cualquier palabra hablada depende del oidor. Como se suele decir, «el éxito de un chiste no depende de la lengua del que lo cuenta, sino del oído del que lo oye.» Un chiste será un éxito si se le dice a una persona que tiene sentido del humor y está de humor para escucharlo. Será un fracaso si se le cuenta a una criatura sin humor y que está decidida a no verle la gracia. ¿Quiénes son los oidores a los que se describe y advierte en esta parábola?

(i) Tenemos al oidor de mente cerrada. No tiene la Palabra más posibilidad de introducirse en la mente de algunas personas que la semilla que ha caído en un sendero endurecido por muchos pares de pies de penetrar en la tierra. Hay muchas cosas que pueden cerrar la mente de una persona. Los prejuicios pueden hacer que uno esté ciego a todo lo que no quiera ver. El espíritu que se niega a aprender puede levantar una barrera que no se pueda sobrepasar ni eliminar. Este espíritu puede proceder de dos cosas. Puede ser la consecuencia del orgullo que no quiere reconocer que necesita aprender; o del miedo a toda nueva verdad y el rechazo a aventurarse por el camino del pensamiento. A veces un carácter inmoral y la forma de vida de una persona pueden cerrarle la mente. Puede que haya una verdad que condene las cosas que ama, y que denuncie las cosas que hace; y muchos se niegan a escuchar o a reconocer la verdad que los condena, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver.

(ii) Tenemos al oidor de mente tan superficial como el terreno que apenas cubre la roca. Es la persona que se niega a pensarse las cosas por sí y en serio.

Algunas personas están a merced de las novedades. Recogen lo que sea sin pensárselo un momento, y lo dejan igual. Tienen que estar siempre a la moda. Empiezan cualquier pasatiempo nuevo o a adquirir alguna nueva técnica con entusiasmo, pero en cuanto les presenta la más mínima dificultad o simplemente se enfrían lo abandonan. Las vidas de algunas personas están llenas de restos de cosas que empezaron y que lo terminaron. Se puede ser así con la Palabra. Cuando uno la oye, se entusiasma; pero no se puede vivir de emociones pasajeras. Tenemos una mente, y la obligación moral de usarla y de tener una fe inteligente. El Cristianismo tiene sus exigencias, y hay que mirarlas de frente antes de aceptarlas. El ofrecimiento cristiano no es solo un privilegio, sino también una responsabilidad. Un entusiasmo repentino puede convertirse en cenizas tan rápidamente como un fuego moribundo.

(iii) Tenemos al oidor con tantos intereses en la vida que a menudo no le queda espacio para las cosas más importantes. Es característico de la vida moderna que cada vez se llena más y va más deprisa. Se está demasiado ocupado para orar; tan preocupado con muchas cosas que se olvida de estudiar la Palabra de Dios; se puede estar tan metido en juntas y comités y empresas y planes que no le dejan tiempo a uno para Aquel de Quien proceden el amor y el servicio. Los negocios le pueden tener a uno tan acogotado que está demasiado cansado para pensar en ninguna otra cosa. No son las cosas manifiestamente malas las más peligrosas en este sentido. Muchas veces son cosas buenas, pero «lo bueno es siempre el enemigo de lo mejor.» No es que uno destierre deliberadamente de su vida la oración y el estudio de la Palabra de Dios y la iglesia; puede que piense en estas cosas con frecuencia y trate de tener tiempo para ellas; pero, por lo que sea, nunca dispone de él en su abarrotada vida. Debemos tener cuidado de no desplazar a Cristo del lugar supremo que Le corresponde.

(iv) Tenemos al oidor que es como la buena tierra. Recibe la Palabra en cuatro etapas. Tiene mente abierta. Siempre está dispuesto a aprender. Está listo para oír. No es demasiado orgulloso, ni está demasiado ocupado para escuchar. Muchos se habrían ahorrado muchos quebraderos de cabeza y de corazón si se hubieran detenido a escuchar la voz de un amigo sensato o de Dios. Entiende. Se lo ha pensado y sabe lo que quiere decir para él, y está preparado a aceptarlo. Traduce la audición en acción. Produce la buena cosecha de la buena semilla. El verdadero` oidor es el que escucha, entiende y obedece.

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