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Mateo 13: El Sembrador salió a sembrar

Pastor Lionel

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La predicación más pura y evangélica no puede impedir que esto suceda. En todos los siglos de la iglesia ha sido lo mismo. Así fue en tiempo de los reformadores; y así es en la época que atravesamos. Jamás ha existido una iglesia visible que se haya compuesto exclusivamente de trigo. El maligno, ese grande enemigo de las almas, no ha dejado nunca de sembrar cizaña.

Tampoco es posible prevenirlo por la disciplina más estricta y prudente. Por mucho que se haga por purificar la iglesia, jamás habrá congregaciones perfectas en cuanto a su religiosidad. La cizaña crece siempre en medio del trigo; muchos hipócritas é impostores se mezclan en las filas de los verdaderos cristianos. Y lo peor es que, si al hacer esfuerzos por purificar la iglesia se emplea demasiada rigidez, se puede causar más perjuicio que provecho; pues hay riesgo de favorecer a muchos Judas Iscariotes y desanimar a muchos cristianos tímidos. En el empeño de arrancar la cizaña se corre el peligro de desarraigar también el trigo. Además, como muy bien dijo Agustín, «Los que hoy son cizaña mañana pueden ser trigo.

Si los escépticos nos atacan con el argumento sarcástico de que el Cristianismo no puede ser la religión verdadera, porque hay muchos cristianos falsos, recordemos esta parábola y no nos alteremos. Digámosles que el hecho del cual ellos hacen irrisión no nos sorprende, pues ya habíamos sido prevenidos por nuestro Maestro respecto de él ochocientos años ha.

2. Que al fin del mundo tendrá lugar la separación de los miembros verdaderos de la iglesia visible de les falsos.

La presente amalgama no va a durar para siempre. El trigo y la cizaña serán al fin apartados. Nuestro Señor Jesucristo enviará sus ángeles el día de su segundo advenimiento, y la muchedumbre de los que hubieren profesado el Cristianismo será dividida en dos grandes cuerpos. Esos esplendentes segadores no cometerán yerro alguno, mas juzgarán con infalible acierto quiénes son los justos y quiénes los réprobos, y darán a cada uno el puesto que le corresponde: los fieles siervos de Cristo recibirán honor, gloria y vida eterna. Los malos, los mundanos y los no convertidos serán arrojados en el fuego y recibirán una condenación eterna.

Que los malos tiemblen al leer esta parábola: En ella encontrarán su propia é indefectible sentencia, a menos que se arrepientan. Que reflexionen que si siguen separados de Dios están labrando su propia desgracia, y serán al fin recogidos como los manojos de cizaña y arrojados al fuego. Importa no tener ideas erradas de la longanimidad de Dios.

Que el verdadero creyente se consuele al leer esta parábola. Ese grande y terrible día del Señor será para él un día de felicidad. La voz del arcángel y el sonido de la trompeta no lo llenarán de espanto. Lo llamarán a que se afilie en lo que por mucho tiempo ha deseado ver: una iglesia perfecta, una perfecta comunión de los santos. ¡Cuan majestuoso no se presentará el cuerpo de los creyentes una vez que hayan sido separados de los malos! ¡Cuan bello no se verá el trigo en el granero de Dios, cuando haya sido separado de la cizaña! ¡Con cuánta brillantez no resplandecerá la gracia cuando ya no la empañe el contacto con los irreligiosos! «Cuando se manifestare Cristo, que es vuestra vida, entonces vosotros también seréis manifestados con él en siglo. Col_3:4.

Mateo 13:44-50

Según parece, la parábola del tesoro escondido en un campo, y la del comerciante en busca de buenas perlas, enseñan una misma verdad. Cierto es que se diferencian en un punto muy importante: el tesoro fue hallado por uno que no lo buscaba, en tanto que la perla fue encontrada por uno que andaba en demanda de ellas. Más en ambos casos los que hicieron el hallazgo se condujeron de una misma manera: uno y otro vendieron todo lo que habían encontrado. Y este es precisamente el hecho principal.

Estas dos parábolas nos enseñan que tos hombres que realmente se persuaden de la importancia de la salvación dan lodo lo que poseen con tal de hacerse discípulos de Jesucristo y obtener la vida eterna.

¿Qué hicieron los dos hombres que describió nuestro Señor? Uno de ellos tenia persuasión de que en el campo había un tesoro escondido de tal valor que le tendría cuenta comprar el campo por grande que fuera el precio que tuviese que pagar. El otro estaba convencido de que la perla que había encontrado era de tal valor, que le convendría comprarla a cualquier costo. Ambos, pues, sabían que habían encontrado un objeto valiosísimo, y que valía la pena de hacer grandes sacrificios para posesionarse de él. Acaso los demás hombres se sorprenderían y los tendrían por necios; mas ellos sabían lo que estaban haciendo y tenían seguridad de que el cambio era bueno.

He aquí como se explica la conducta del verdadero cristiano. Lo que es y lo que hace en materias religiosas es debido a la persuasión íntima que tiene de que vale la pena ser y obrar así. Sale del mundo; se-despoja de su naturaleza corrompida; deja a sus antiguos camaradas: a semejanza de Mateo, lo abandona todo, y como Pablo cuenta todo como pérdida por amor de Cristo. Y ¿por qué? Porque sabe que en Jesucristo encontrará algo que vale más de lo que haya perdido.

He aquí también como se explica la conducta de muchas impenitentes. Lo que motiva su indiferencia en materias religiosas es la falta de una convicción íntima de que vale la pena cambiar de vida. En el momento de elegir un partido los abandonan las fuerzas; no se atreven a tomar sobre sí la cruz; no dan paso alguno decisivo; no se declaran abiertamente discípulos de Jesucristo. Y ¿por qué? Porque no están íntimamente convencidos de que es para su bien. Ignoran que ante ellos hay «un tesoro;» dudan que la perla sea de gran valor; les es imposible aún venderlo todo a fin de hacerse discípulos de Jesucristo. Así es que muy a menudo perecen eternamente. Cuando un hombre no arriesga nada por amor de Cristo, fuerza es inferir, por triste que ello sea, que no posee la gracia divina.

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