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Mateo 13: El Sembrador salió a sembrar

Pastor Lionel

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A semejanza del sembrador, el ministro debe ser diligente, es decir no ha de ahorrar esfuerzos de ninguna clase ni desperdiciar ningún medio lícito para promover el progreso de su causa. Es preciso que siembre en diversos lugares y siembre con esperanza, y que no se arredre ante ninguna dificultad-, ante ningún obstáculo. «El que al viento mira,» dice la Escritura, «nunca sembrará.» Cierto es que el buen éxito no depende de un todo de su diligencia y esfuerzos, mas sin diligencia y sin esfuerzos rara vez se logra éxito alguno.

El ministro, como el sembrador, es incapaz de dar vida. Puede esparcir la semilla, mas no puede hacerla germinar con el poder de su palabra. Infundir el principio vivificante es una prerrogativa que pertenece exclusivamente a Dios. «El Espíritu es el que da la vida.»Dios es quien da el crecimiento. Juan 6 2Sa_63:1 Cor. 3.7.

2. Que de varios modos puede oírse la palabra de Dios sin recibir provecho alguno.

Algunos oyen predicar con descuido desatención é indiferencia. Aunque se les presente el hecho sublime de la pasión y muerte del Redentor, lo oyen todo con la mayor frialdad como asunto que carece para ellos de interés. Las palabras penetran con rapidez en sus oídos mas el diablo parece arrebatarlas, y regresan al hogar como si no hubieran oído sermón alguno. ¡Ay! por desgracia los oyentes de esa clase son muy numerosos. De ellos puede decirse como de los ídolos de la antigüedad, que tienen ojos, pero no ven; y oídos, pero no oyen. Salmo 135 2Sa_16:17.

Otros oyen predicar con verdadero placer, mas la impresión que en sus pechos hace la palabra es de corta duración. Sus corazones, a semejanza del terreno pedregoso, producen tal vez una cosecha copiosa de deseos vehementes y nobles resoluciones ; mas ni unos ni otras tienen sus raíces en lo más profundo del alma, y se marchitan tan luego como sobre ellos sopla el huracán de la persecución o de las tentaciones. Esa clase de oyentes también es muy numerosa.

Otros oyen predicar y aprueban todo lo que el orador sagrado dice, mas no reciben provecho alguno, a causa de hallarse engolfados en los cuidados del mundo. Quizá les agrade el Evangelio y deseen obedecerlo, mas no lo dejan producir fruto, porque otras cosas atraen sus afectos é insensiblemente les llenan el corazón. Conocen bien la verdad y tienen esperanza de ser algún día cristianos decididos; mas nunca llegan al punto de abandonarlo todo por amor de Cristo. No se resuelven a buscar primeramente el reino de Dios, y así es que mueren en sus pecados.

3. Que solo hay un hecho que pruebe que se ha oído la palabra con provecho. Ese hecho es el de dar fruto.

Fruto decimos con referencia al del Espíritu. El arrepentimiento delante de Dios, la fe hacia nuestro Señor Jesucristo, la santidad de vida, el hábito de orar, la caridad, la humildad, la elevación de espíritu–he aquí lo que prueba que la semilla de la palabra de Dios está produciendo debido efecto en nuestros corazones. Si esos frutos no existen nuestra religión es vana, por mucho que sea lo que profesarnos creer y hacer.

El punto a que nos acabamos de referir es el más importante de la parábola. Jamás debemos contentarnos con una ortodoxia estéril o con la fría profesión de verdaderos principios teológicos, Preciso es que cuidemos de que el Evangelio que hemos abrazado produzca abundantes frutos en el curso de nuestras vidas.

En esto consiste la verdadera religión. Con frecuencia debiéramos repetir las siguientes palabras de Santiago: «Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oyentes, engañándoos a vosotros mismos..

Para llegar al cielo se necesita algo más que concurrir a la iglesia con regularidad todos los domingos, y oír con atención los sermones. Menester es que recibamos en nuestros corazones la palabra de Dios y la hagamos la potencia motriz de nuestra conducta: menester es que esa palabra nos trasforme exteriormente y se manifieste en nuestros actos externos.

Mateo 13:24-43

La parábola del trigo y de la cizaña (De propósito se ha diferido para otra parte de esta obra la consideración de las otras parábolas que el pasaje contiene.) tiene señalada importancia en nuestros días, por cuanto tiende a rectificar las extravagantes esperanzas que se forman muchos cristianos con referencia al éxito de las misiones en el exterior y de la predicación del Evangelio en el interior.

He aquí lo que en ella se nos enseña.

1. Que el bien y el mal se encontrarán siempre juntos en la iglesia visible hasta el fin del mundo.

La iglesia visible es un cuerpo mixto; es una vasta campiña en la cual el trigo y la cizaña crecen a la vez. En toda congregación cristiana hay creyentes é incrédulos, convertidos é impenitentes, «hijos del reino» é hijos del maligno.

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