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Mateo 13: El Sembrador salió a sembrar

Pastor Lionel

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DONES ANTIGUOS USADOS DE NUEVO

Mateo 13:51-52

Jesús les preguntó:

-¿Habéis entendido todo esto?

-Sí -Le respondieron. Y Él les siguió diciendo:

-Por eso es por lo que todos los escribas que hayan recibido enseñanza acerca del Reino del Cielo serán como padres de familia que sacan de sus alacenas cosas nuevas y cosas antiguas.

Cuando Jesús acabó de hablar acerca del Reino, les preguntó a Sus discípulos si lo habían entendido. Sí; lo habían entendido, por lo menos en parte. Entonces Jesús pasó a hablarles acerca del escriba versado en el Reino del Cielo, que saca de su depósito cosas nuevas y cosas antiguas. Lo que Jesús estaba diciendo de hecho era: «Vosotros podéis entender porque vinisteis a Mí con una herencia preciosa. Trajisteis toda la enseñanza de la Ley y de los Profetas. Un escriba viene a mí después de toda una vida de estudio de la Ley y de los mandamientos. Ese trasfondo os ayuda a entender. Pero después de recibir Mi enseñanza tenéis el conocimiento, no sólo de las cosas que sabíais antes, sino también de otras de las que no teníais noticias, y el conocimiento que teníais antes se os ilumina ahora con lo que Yo os he enseñado.»

Aquí hay algo muy sugestivo: porque quiere decir que Jesús nunca quiso ni pretendió que nadie olvidara todo lo que supiera antes de venir a Él, sino que lo viera en una nueva luz y lo usara en una nueva proyección de servicio. Cuando nos sucede eso, lo que sabíamos antes se convierte en un tesoro mayor del que había sido nunca.

Todos venimos a Cristo con algún don y con alguna capacidad. Jesús no nos pide que renunciemos a nuestro don. Muchas personas creen que cuando se entregan a Cristo tienen que renunciar a todo y concentrarse en los valores llamados religiosos. Pero un investigador no tiene que renunciar a su formación cuando se hace cristiano, sino más bien usarla para Cristo. Un hombre de negocios no tiene que renunciar a su profesión, sino más bien practicarla como cristiano que es. El que vale para cantar, o bailar, o representar, o pintar, no tiene por qué abandonar su arte, sino más bien debe usar su arte como cristiano que es. El deportista no tiene por qué renunciar al deporte, sino practicarlo como cristiano que es. Jesús no vino para vaciar la vida, sino para llenarla; no para empobrecerla, sino para enriquecerla. Aquí vemos a Jesús diciéndonos que no abandonemos nuestros dones, sino que los usemos aún más consagradamente a la luz de Su conocimiento.

LA BARRERA DE LA INCREDULIDAD

Mateo 13:53-58

Cuando Jesús acabó de relatarles estas parábolas, se marchó de allí. Se fue a Su tierra, y se puso a enseñarles en la sinagoga. Su enseñanza era tal que estaban alucinados y decían: -¿De dónde ha sacado Este esta sabiduría y estos poderes? ¿Es que no es el hijo del carpintero? ¿No le dicen a Su madre María, y a Sus hermanos Santiago y José y Simón y Judas? ¿No viven también aquí Sus hermanas? ¿De dónde se ha sacado Él todo esto? Y se escandalizaban de Él. Jesús les dijo: No hay profeta en su propia tierra y en su propia casa. Y no realizó allí muchas obras de poder por culpa de la incredulidad de ellos.

Era natural que Jesús hiciera alguna visita más tarde o más temprano a Nazaret, que era donde se había criado. Pero había que echarle valor. Donde le es más difícil predicar a un predicador es en la iglesia donde todos le conocen desde su infancia; el lugar más difícil para que un médico ejerza su profesión es donde se le conoce desde pequeño.

Y sin embargo Jesús fue a Nazaret.

En el culto de la sinagoga no había una persona encargada de hacer el sermón con carácter permanente. El encargado de la sinagoga podía pedirle que predicara a cualquier extranjero distinguido que estuviera presente, y cualquiera que creyera tener un mensaje se podía aventurar a darlo. No había peligro de que a Jesús se Le negara el derecho de hablar. Pero cuando habló, todo lo que encontró fue hostilidad e incredulidad: no Le prestaron ninguna atención porque conocían a Su padre y a Su Madre y a Sus hermanos y hermanas. No podían concebir que nadie que hubiera vivido entre ellos tuviera derecho a hablar como hablaba Jesús. El Profeta, como sucede a menudo, no recibía honores en Su propia tierra. Y la actitud de ellos para con Él levantaba una barrera que impedía que Jesús ejerciera ninguna influencia en ellos.

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