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Mateo 12: Quebrantando la ley del sábado

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Por tanto una persona puede perder la capacidad de reconocer la bondad y la verdad cuando las vea. Si mantiene cerrados los ojos y los oídos a las cosas de Dios; si no hace más que volverle la espalda a los mensajes que Dios le envía; si no ocupa la mente nada más que en sus propias ideas, negándoles la entrada a las que Dios quiere sugerirle… al final acabará por no poder reconocer la verdad y la belleza y la bondad de Dios cuando las vea. Llegará a un estado en que su propio mal le parecerá el bien, y el bien de Dios le parecerá el mal.

Este era el estado en que se encontraban aquellos escribas y fariseos. Habían permanecido ciegos y sordos tanto tiempo a la dirección y a las sugerencias del Espíritu de Dios, y se habían empecinado tanto y tanto tiempo en su propio camino que habían acabado por no reconocer la verdad y la bondad de Dios cuando las veían. Podían estar viendo la bondad de Dios en Persona, y llamarla la personificación del mal; podían estar viendo al Hijo de Dios, y llamarle aliado de Satanás. El pecado contra el Espíritu Santo consiste en rechazar la voluntad de Dios tan insistentemente que se acaba por no reconocerla cuando se nos despliega a la luz del día.

¿Por qué ha de ser imperdonable ese pecado? ¿Qué lo distingue tan terriblemente de otros pecados? La respuesta es sencilla. Cuando se llega a ese estado, el arrepentimiento es imposible. Si una persona no puede reconocer la bondad cuando la ve, no la puede desear. Si no se reconoce el mal como mal, no se puede lamentar ni desear evitarlo. Y si no se puede, aunque sea con fracasos, amar el bien y aborrecer el mal, entonces uno no se puede arrepentir; y si no se puede arrepentir, no se le puede perdonar, porque el arrepentimiento es la única condición del perdón. Ahorraría muchas angustias el que la gente se diera cuenta de que una persona que no puede haber cometido el pecado contra el Espíritu Santo es la que tiene temor de haberlo cometido, porque el pecado contra el Espíritu Santo se puede describir como la pérdida de todo sentido del pecado.

A ese estado era al que habían llegado aquellos escribas y fariseos. Habían pasado tanto tiempo haciéndose los sordos y ciegos a Dios que habían perdido la facultad de reconocerle cuando se encontraban cara a cara con Él. No es que Dios los hubiera desterrado de los límites del perdón, sino que ellos mismos se habían excluido. Años de resistencia a Dios los habían vuelto así.

Aquí hay una advertencia terrible. Debemos tener en cuenta a Dios todos nuestros días para que no se nos atrofie la sensibilidad, ni ensordezca el oído espiritual. Es ley de vida que no oiremos nada más que lo que queramos oír, o nos hayamos capacitado para oír.

Se cuenta de un campesino que estaba en la oficina de un amigo, en medio de todo el ruido del tráfico y el tráfago de la ciudad, y le dijo de pronto: «¡Escucha!» «¿Qué?» le preguntó el amigo de la ciudad. «¡Un grillo!», le contestó el campesino. Tenía los oídos habituados a los sonidos del campo que no podían percibir los de la ciudad. Por otra parte, el tintineo de una moneda al caer a la acera habría hecho que muchos pares de ajos localizaran el punto, y habría pasado inadvertido para el campesino, que tal vez no lo habría oído nunca antes. Sólo el experto, el que se ha habituado a oírlo, puede reconocer el canto característico de. cada ave en el concierto del bosque. Sólo el experto que ha entrenado el oído distingue los sonidos de los diferentes instrumentos de la orquesta hasta el punto de poder localizar el fallo de una nota solitaria que ha salido de los segundos violines.

Es ley de vida que oímos lo que nos hemos entrenado a oír; Día a día debemos escuchar a Dios, para que día a día se nos haga Su voz, no cada vez más tenue, hasta que lleguemos a no poder percibirla, sino cada vez más clara, de forma que sea el sonido al que tengamos los oídos más sintonizados.

Así que Jesús acaba con el desafío: «Si he hecho una buena obra, debéis reconocer que soy un hombre bueno; si he hecho una mala obra, entonces podéis pensar que soy malo. No podéis saber cómo es un árbol nada más que por la calidad de sus frutos, ni el carácter de una persona si no es por sus obras.» Pero, ¿y si uno se ha vuelto tan ciego para Dios que no puede reconocer la bondad cuando la ve?

CORAZONES Y PALABRAS

Mateo 12:34-37

¡Raza de víboras! ¿Cómo vais a decir vosotros nada bueno siendo tan malos como sois? Porque es lo que rebosa el corazón lo que sale por la boca. Una buena persona saca cosas buenas del buen almacén; y una mala persona saca cosas malas de su mal almacén. Os aseguro que de todo lo inútil que haya dicho la gente tendrá que dar cuenta el Día del Juicio; porque por tus palabras se te exculpará, y por tus palabras se te inculpará.

No es extraño que Jesús eligiera hablar aquí de la tremenda responsabilidad de las palabras dichas. Los escribas y los fariseos acababan de decir las cosas más terribles. Habían puesto su mirada en el Hijo de Dios, y Le habían llamado aliado del diablo. Tales palabras habían sido realmente terribles. Así es que Jesús estableció dos leyes.

(i) Se puede ver cómo está el corazón por las cosas que dice. Hace mucho tiempo ya dijo el dramaturgo griego Menandro: «El carácter de una persona se conoce por sus palabras.» Lo que hay en el corazón no puede salir a la superficie nada mas que a través de los labios; y una persona no puede producir a través de sus labios nada más que lo que tiene en el corazón. No hay nada que sea más revelador que las palabras. No nos hace falta hablar largamente con una persona para darnos cuenta de si tiene una mente limpia o sucia; no tenemos que escucharle mucho tiempo para descubrir si tiene una mente amable o cruel; no tenemos que oírle mucho a uno que se dedica a predicar o a enseñar o a dar conferencias para descubrir si tiene una mente clara o confusa. Estamos revelando constantemente lo que somos por lo que decimos.

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