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Mateo 12: Quebrantando la ley del sábado

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Pluguó a Dios concedernos la fuerza de voluntad suficiente para aprovechar nuestros conocimientos, ya sean estos limitados o extensos. Ojalá que nos precavamos de perder nuestras oportunidades y descuidar nuestros privilegios. ¿Conocemos la verdad? Caminemos entonces de acuerdo con la verdad. Tal conducta es el mejor preservativo contra el pecado imperdonable.

De estos versículos se deduce, por último, cuan importante es que seamos comedidos en nuestras palabras. Nuestro Señor dijo que de toda palabra ociosa que hablaran los hombres, tendrían que dar cuenta en el día del juicio, y agregó: « Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado..

Quizá no hay cosa en que los hombres pongan tan poca atención como en sus palabras. Por lo común se habla sin reflexión, pensando que si se obra bien importa poco lo que se diga.

Mas ¿es esto cierto? ¿Son nuestras palabras de tan poca importancia como se supone? Es imposible contestar afirmativamente en vista de un pasaje como el que tenemos a la vista. Así como por el arroyo se conoce la calidad del agua de la fuente, por las palabras se puede juzgar del estado del corazón. «De la abundancia del corazón habla la boca.» Los labios pronuncian lo que la mente concibe. En el día del juicio tendremos que dar cuenta de nuestras palabras así como de nuestros actos. Esta es, a la verdad, una idea aterradora. Si no hubiera en la Biblia otro texto que versara sobre el asunto, este seria suficiente para convencernos de que somos culpables delante de Dios, y de que, por consiguiente, necesitamos una justicia mayor que la nuestra, es a saber : la de Cristo Jesús. Fil. «2.9.

Al leer este pasaje y pensar en el pasado debemos sentirnos humillados. ¡Cuántos conceptos ociosos, frívolos, incautos é inútiles no hemos emitido! Cuántas palabras no hemos empleado que han volado por doquiera como leves plumas esparcidas por la brisa, y han sembrado en el corazón de nuestros semejantes males que jamás podrán desarraigarse. «La palabra hablada,» ha dicho un sabio, «es físicamente pasajera, mas moralmente permanente.» «La muerte y la vida,» dice Salomón, «están en poder de la lengua.» Pro_18:21

Mateo 12:38-50

El principio de este pasaje es uno de aquellos lugares que ponen de manifiesto la autenticidad del Antiguo Testamento. Nuestro Señor aludió a la reina del Austro como persona que realmente había existido; y a la historia de Jonás y su milagrosa preservación en el vientre de la ballena como hechos innegables.

Bueno es tener esto presente, porque hay hombres que profesan creer en el Nuevo Testamento y que hacen burla de las historias del Antiguo como si fueran fábulas. La autoridad de los dos libros es idéntica: si se niega la del uno es preciso negar la del otro, y viceversa. Ambos fueron inspirados por el mismo Espíritu.

Lo primero que llama nuestra atención en este pasaje es la sorprendente tenacidad de los incrédulos.

Los escribas y los fariseos querían que nuestro Señor hiciese en su presencia más milagros, y daban así a entender que solo necesitaban más pruebas para convencerse y hacerse sus discípulos. No les había bastado que hubiese sanado a los enfermos, limpiado a los leprosos, resucitado a los muertos, y arrojado los espíritus inmundos. Aun no estaban convencidos y exigían más pruebas: era que, como nuestro Señor les dio a entender en su respuesta, no querían creer.

Muchos hombres hay que se encuentran precisamente en la misma situación que los escribas y fariseos. Se lisonjean con la idea de que solo necesitan algunas pruebas más para hacerse verdaderos cristianos; y se figuran que si les hiciesen otros pocos argumentos convincentes al momento lo abandonarían todo por amor de Cristo, tomarían la cruz y le seguirían. Más, entre tanto, solo esperan. ¡Ay! qué engañados están: no perciben que las pruebas saltan a la vista, y que la verdad es que no quieren ser convencidos.

La segunda reflexión a que el pasaje da lugar es esta: que una imperfecta reforma religiosa acarrea malas consecuencias.

El cuadro que pinta nuestro Señor del hombre que recibe de nuevo un espíritu inmundo es espantoso en verdad. Cuan terribles no son estas palabras: «Me volveré a mi casa, de donde salí.» Cuan viva no es esta descripción: «La halla desocupada, barrida, y adornada.» Que fatales no son las consecuencias: «Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él..

No hay duda de que nuestro Señor aludió con esas palabras a la historia del pueblo judío hasta la época en que El vino. Habiendo sido libertados de Egipto para que fuesen el pueblo escogido de Dios, nunca abandonaron la tendencia a adorar ídolos. Habiendo sido redimidos más tarde de la cautividad de Babilonia, no se mostraron debidamente agradecidos por la bondad de Dios. Habiendo sido despertados de su letargo por la predicación del Bautista, su arrepentimiento fue muy superficial. Cuando nuestro Señor se dirigía a ellos, parecían ser más perversos y más duros de corazón que nunca. A la supersticiosa adoración de ídolos se había sucedido el frío cumplimiento de ritos externos; siete espíritus más inmundos que los primeros se habían apoderado de ellos; su degeneración era rápida, y su postrer estado venia a ser peor que el primero. Cuarenta años más tarde su maldad llegó a su colmo: se lanzaron temerariamente en una guerra contra Roma; la Judea se convirtió en una Babel por su confusión; Jerusalén fue tomada; el templo fue destruido; y los judíos fueron esparcidos sobre la faz de la tierra.

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