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Mateo 11: El acento de la confianza

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Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a Sus doce discípulos, Se marchó de allí para seguir enseñando y predicando en las ciudades de ellos.

Cuando Juan se enteró en la prisión de las cosas que estaba haciendo el Ungido de Dios, Le envió a sus discípulos a preguntarle:

-¿Eres Tú el Que ha de venir, o tenemos que seguir esperando a otro?

-Volved a Juan -les dijo Jesús- y contadle lo que estáis oyendo y viendo: los ciegos recuperan la vista, y los cojos vuelven a andar; los leprosos se encuentran limpios, y los sordos pueden oír; los muertos resucitan, y los pobres reciben la Buena Noticia. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de Mí!

La carrera de Juan el Bautista había acabado en tragedia. Juan no tenía por cos dorarle la píldora a nadie; y no podía ver el mal sin den darlo. En muchas ocasiones, y en una especialmente, había hablado demasiado atrevidamente y demasiado claro para su propia seguridad.

Herodes Antipas de Galilea le había hecho una visita a su hermano en Roma. Durante esa visita había seducido a la mujer de su hermano. Cuando volvió a su casa, despidió a su mujer y se casó con su cuñada, a la que había apartado de su marido. Juan reprendió a Herodes pública e inflexiblemente. Nunca fue sin riesgo el reprender a un déspota oriental, y Herodes se vengó; metió a Juan en la mazmorra del castillo de Maqueronte, en las montañas cerca del Mar Muerto.

Para cualquier hombre aquello habría sido una suerte terrible; pero era incalculablemente peor para Juan el Bautista. Él era un hijo del desierto; había vivido siempre en los amplios espacios abiertos, con el viento limpio en el rostro y la espacíosa bóveda del cielo por techo. Y ahora estaba confinado en una mazmorra pequeña y subterránea entre recios muros. Para un hombre como Juan, que tal vez no había vivido nunca en una casa, esto debe de haber sido agonía.

En el castillo escocés de Carlisle hay una pequeña celda. Una vez hace mucho tuvieron allí encerrado durante añosa un jefe de las tribus fronterizas. En esa celda no hay más que una ventana pequeña, situada demasiado arriba para que una persona pudiera mirar por ella poniéndose en pie. En el alféizar de la ventana hay dos depresiones desgastadas en la piedra. Son las huellas de las manos del jefe prisionero, los lugares donde, día tras día, se encaramaba para mirar con ansia los verdes valles que no volvería a cabalgar ya nunca.

Juan debe de haber sufrido una experiencia semejante; y no debe sorprendernos, y menos debemos criticarlo, el que surgieran en su mente ciertos interrogantes. Había estado seguro de que Jesús era el Que había de venir. Ese era uno de los nombres más corrientes del Mesías que los judíos esperaban con tan ansiosa expectación (Mar_11:9 ; Luk_13:35 ; Luk_19:38 ; Heb_10:37 ; Psa_118:26 ). Un condenado a muerte no puede permitirse tus dudas; tiene que estar seguro; así que Juan Le envió sus discípulos a Jesús con la pregunta: «¿Eres Tú el Que ha de venir, o tenemos que seguir esperando a otro?» Esa pregunta podía encerrar muchas cosas.

(i) Algunos piensan que aquella pregunta se hizo, no por causa de Juan, sino por causa de sus discípulos. Puede ser que cuando Juan y sus discípulos hablaran en la prisión, los discípulos le preguntaran si Jesús era de veras el Que había de venir, y que la respuesta de Juan fuera: «Si tenéis alguna duda, id a ver lo que está haciendo Jesús.» En ese caso, fue una buena respuesta. Si alguien se pone a discutir con nosotros sobre Jesús, y a poner en duda Su supremacía, la mejor de todas las respuestas no sería contestar a unos argumentos con otros, sino decir: «Dale tu vida, y verás lo que El puede hacer con ella.» La suprema demostración de Quién es Cristo no se alcanza en el debate intelectual, sino se experimenta en Su poder transformador.

(ii) Puede que la pregunta de Juan surgiera de su impaciencia. Su mensaje había sido un mensaje de juicio Mat_3:7-12 ). El hacha estaba a la raíz del árbol; el proceso de aventar había comenzado; el fuego divino del juicio purificador había empezado a arder. Puede que Juan estuviera preguntándose: «¿Cuándo va a empezar Jesús Su obra? ¿Cuándo va a barrer a Sus enemigos? ¿Cuándo va a empezar el día de la santa destrucción?» Bien puede ser que Juan estuviera impaciente con Jesús porque no actuaba de la manera que él esperaba. Los que esperen una ira salvaje siempre se llevarán el chasco con Jesús; pero los que esperen el amor nunca serán defraudados.

(iii) Unos pocos han pensado que esta pregunta era nada menos que la del amanecer de una fe y esperanza. Juan había visto a Jesús en Su bautismo; en la prisión había pensado más y más en Él; y cuanto más pensaba, tanto más seguro estaba de que Jesús era el Que había de venir; y ahora ponía a prueba todas sus esperanzas en esta única pregunta. Puede que ésta no sea la pregunta de un hombre impaciente y desesperanzado, sino la de uno que empieza a vislumbrar la luz de la esperanza, y que pregunta exclusivamente para confirmarla.

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