Mateo 10: Los Mensajeros del Rey

5. Que los que quieran hacer bien deben fijar sus miradas en el día en que han de aparecer ante su Señor para recibir su eterna herencia. Si quieren que El los reconozca como discípulos y los confiese ante el trono de su Padre, es preciso que ellos no se avergüencen de reconocerlo y confesarlo ante el mundo. Eso les costará a veces muchos sacrificios: talvez tengan que ser víctimas de la irrisión, el escarnio, la burla y la persecución. Mas su deber es recordar el día en que se arreglen todas las cuentas y manifestar a los demás que aman a Cristo, y que quieren que ellos también lo conozcan y lo amen.

Mateo 10:34-42

Con estos versículos el Jefe de la iglesia puso término a las primeras instrucciones que dio a los que envió a anunciar el Evangelio. Tres son las verdades que expresó.

1. Que el Evangelio no produciría paz y concordia en donde quiera que se anunciase. El fin que se propuso en su primera venida no fue establecer un reino como el del milenio en que todos los súbditos fuesen de un mismo modo de pensar, sino introducir el Evangelio, el cual había de crear disensiones y contiendas. No debemos, pues, sorprendernos, si la religión cristiana causa separaciones en las familias, y desavenencia entre los parientes más íntimos. Más esto no depende de defecto alguno en la religión, sino de la corrupción del corazón del hombre.

2. Que los verdaderos cristianos deben resignarse a pasar trabajos en este mundo. Ora seamos ministros, ora oyentes; ora maestros, ora discípulos, tendremos que llevar una cruz a cuestas. Es preciso que nos resignemos a perder aun la misma vida por amor de Cristo. Es preciso que nos conformemos a perder las simpatías de los hombres, a sufrir muchas penalidades, a hacer muchos sacrificios, o de lo contrario jamás entraremos en el cielo. Esto tendrá que ser así en tanto que el mundo, el demonio y la carne continúen lo mismo.

3. Que Dios observa y recompensa el más pequeño servicio que se haga a los que trabajan en su causa. El que diere a un creyente aunque sea solamente un jarro de agua fría, en nombre de discípulo, no perderá su recompensa.

Hay algo muy bello en esa promesa. Enséñanos que el Maestro divino está velando constantemente a los que están empeñados en su causa y procuran hacer bien. El observa quien los trata con bondad, como Lidia a Pablo; y quien estorba sus pasos, como Diotréfes a Juan. Todos los sucesos de su vida se registran: todo está escrito en el libro de sus recuerdos, y será revelado en el último día. El copero mayor olvidó a José cuando le devolvieron su destino; mas nuestro Señor Jesucristo no olvida jamás a ninguno de sus discípulos. En la mañana de la resurrección universal dirá a muchos que poco lo esperaba: «Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber..

Antes de terminar este capítulo pregúntemelos qué parte tomamos nosotros en la causa de Cristo. ¿Coadyuvamos en ella o estorbamos su progreso? Estas son preguntas de grande trascendencia. Los que dan un jarro de agua siempre que tienen oportunidad obran bien y con cordura: mas los que trabajan activamente en la viña del Señor obran todavía mejor.

Cooperemos a fin de que el mundo sea mejor cuando partamos de él que cuando vinimos a él. Ese fue el espíritu de Jesucristo

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