Marcos 7: Limpio e inmundo

Recordemos también esto en nuestras devociones privadas. No debemos quedar satisfechos con repetir buenas palabras, si nuestro corazón y nuestros labios no marchan de consuno. ¿De qué provecho podrá sernos ser fluidos y abundantes en nuestras plegarias si nuestras imaginaciones corren extraviadas muy lejos del lugar en que estamos arrodillados? De nada aprovecha. Dios ve en lo que estamos ocupados, y rechaza nuestra ofrenda. Oraciones sentidas, plegarias que brotan del corazón, son las que se complace en oír, y son las únicas que responde. Quizás nuestras peticiones nos parezcan humildes, balbucientes y débiles; no estarán presentadas con palabras propias, ni lenguaje escogido y serían casi ininteligibles si fuéramos a escribirlas, pero si nacer de un corazón contrito y creyente, Dios las entiende, y en tales oraciones se deleita.

Lo que debe llamar, por último nuestra atención en estos versículos, es la tendencia que tienen las invenciones humanas en religión a suplantar la palabra divina. Vemos que por tres veces hace nuestro Señor este cargo a los fariseos: «Dejando a un lado los mandamientos de Dios, sostenéis las tradiciones de los hombres» «Rechazáis por completo los mandamientos de Dios, para poder guardar vuestras propias tradiciones» «Dejando sin efecto la Palabra de Dios por medio de vuestras tradiciones» El primer paso de los fariseos fue agregar a las Escrituras sus tradiciones, como suplementos muy útiles. El segundo colocarlas a la misma altura de la palabra de Dios, y darles la misma autoridad. El último fue honrarlas más que a las Escrituras y hacer descender a estas de su legítimo puesto. En este estado se encontraban las ocazas cuando Nuevo Testamento Señor estuvo en la tierra. De hecho las tradiciones humanas lo eran todo, y la palabra de Dios nada. Se consideraba como verdadera religión obedecer las tradiciones, pero no se ocupaban de obedecer las Escrituras.

Es un hecho lamentable que los cristianos hayan ido tan lejos en este particular siguiendo las huellas de los fariseos. El mismo procedimiento ha tenido lugar repitiéndose una y otra vez, y produciendo las mismas consecuencias. Los cristianos se han visto compelidos a aceptar prácticas religiosas de invención humana, prácticas, al parecer, útiles, y que se proponían un fin bueno, pero que no estaban ordenadas en la palabra de Dios. Estas mismas prácticas poco a poco se han ido imponiendo con más vigor que los propios mandamientos de Dios, y se han defendido con más celo que la autoridad de la palabra divina. No tenemos que ir muy lejos para encontrar ejemplos, pues la historia de la iglesia universal puede suministrárnoslos.

Guardémonos de aprender a agregar nada a la palabra de Dios, por considerarlo necesario a la salud; es provocar a Dios que nos condene a una ceguedad absoluta. Es lo mismo que si dijéramos que su Biblia no es perfecta y que sabemos mejor que El lo que el hombre necesita para salvarse. Tan fácil es destruir la autoridad de la palabra de Dios con adiciones, sepultándola bajo los escombros de las invenciones humanas como negando su verdad. Toda la Biblia, y nada más que la Biblia debe ser la regla de nuestra fe; nada debe agregársele ni nada substraérsele.

Finalmente, tracemos una línea divisoria bien marcada, entre las cosas que han sido en religión ideadas por los hombres, y las que se ordenan claramente en la palabra de Dios. Lo que Dios manda es indispensable para salvarse; lo que el hombre traza podrá se útil y conveniente para aquel momento dado, pero la salud no depende de su obediencia. Lo que Dios requiere es esencial para la vida eterna; el que intencionalmente lo desobedece destruye su alma

Mar 7:14-23

Vemos el comienzo de este pasaje cuan difícilmente comprenden los hombres las cosas espirituales. «Escuchadme» dice nuestro Señor al pueblo, «escuchadme cada un de vosotros, y comprended» «¿Estáis así desprovistos de inteligencia?» Dice a los discípulos, ¿No percibís? La corrupción de la naturaleza humana es una enfermedad universal; no solamente afecta el corazón, la voluntad y la conciencia del hombre, sino su espíritu, su memoria y su inteligencia. La misma persona que es lista y avisada en cosas mundanas, dejará muchas veces de comprender por completo las más simples verdades del cristianismo; no le será posible aceptar los más sencillos razonamientos del Evangelio. No le encontrará sentido a los propios más claros que la doctrina evangélica, que le sonarán como necios o misteriosos. Los escuchará como quien oye hablar una lengua extranjera y comprende alguna que otra palabra, pero no el todo de la conversación. «El mundo no conoce a Dios por medio de la sabiduría» 1 Cor.1.21 Oye, pero no entiende.

Debemos pedir diariamente al Espíritu Santo que nos enseñe si queremos hacer progresos en el conocimiento de las cosas divinas. Sin El, muy poco nos hará avanzar, la inteligencia más poderosa y el más fuerte raciocinio. Cuando leemos la Biblia y oímos sermones, todo depende de la manera con que leemos y oímos. Una disposición del espíritu humilde, infantil, ansioso de aprender, es el gran secreto del éxito. Feliz aquel que dice a menudo con David, «Enséñame tus estatutos» Salmo 119.64 ese comprenderá tan bien como oye.

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