Marcos 7: Limpio e inmundo

Trascendencia : Jesús es bondadoso porque se aseguró de restaurar por completo la vista de este hombre.

Mar 7:1-13

Este pasaje contiene una pintura humillante de lo que es capaz la naturaleza humana en religión. En uno de esos pasajes de la Escritura que debe ser frecuente y diligentemente estudiado por todos los que desean la prosperidad de la iglesia de Cristo.

Lo primero que en estos versículos demanda nuestra atención es la condición baja y degradada en que se hallaba la religión judaica, cuando nuestro Señor estuvo en la tierra. ¿Qué mas deplorable que lo que aquí se nos relata? Vemos a los principales maestros de la nación judía considerando una gran falta, «que los discípulos del Señor comiesen paran sin lavarse las manos» Se nos dice que daban gran importancia al hecho de lavar vasos, copas, vasijas de bronce y mesas. En fin, era considerado el más santo de los hombres el que prestaba atención más rígida a esas prácticas meramente externas y de invención humana.

Debe recordarse que la nación, en que este estado de cosas existía, fue la más altamente favorecida en el mundo. Le fue dada la ley en el monte Sinaí, y el culto de Dios, el sacerdocio, los pactos y las promesas. Moisés, Samuel y David y los profetas vivieron y murieron en su seno. Ninguna nación sobre la tierra gozó de tantos privilegios espirituales; ninguna tampoco hizo tan mas uso de ellos, y rechazó más completamente las misericordias de que había sido objeto.

Nunca oro más puro se vio mas oscurecido. ¡Qué caer tan profundo de la religión del Deuteronomio y de los Salmos a la religión que consistía en lavar manos y vasos y copas! No se de admirarse que en la época del ministerio terrenal de nuestro Señor encontrase al pueblo como ovejas sin pastor. Las prácticas externas no alimentan las conciencias ni santifican los corazones.

Que la historia de la iglesia judaica nos sirva de aviso para no aceptar ligeramente ninguna falsa doctrina. Si empezamos a tolerarla no sabremos donde iremos a parar, ni si al fin no nos hundiremos en una religión degradada. Si nos desviamos de la senda de la verdad un ápice, concluiremos con lavar vasos y copas, como los fariseos y los escribas. Cuando una vez el hombre se aparta de la palabra de Dios, no hay nada, por mezquino, bajo, insignificante e irracional que sea, que no acepte. Hay hoy ramificaciones de la iglesia de Cristo en que las Escrituras nunca se leen, y el Evangelio nunca se predica, en que la única religión que tienen consiste en unas pocas formas insignificantes, y en guardar ayunos y festividades de invención humana; que empezaron bien, como la iglesia judaica, pero como esta se han hundido en la esterilidad más completa y la decadencia más absoluta. Debemos ejercer una vigilancia exquisita respecto a las falsas doctrinas, pues un poco de fermento leuda una gran masa. Defendamos con ardor la fe en su totalidad tal como fue comunicada a los profetas y apóstoles.

Absurdas y ridículas como aparecen a primera vista las costumbres y tradiciones de los fariseos, es un hecho que debe humillarnos que los fariseos encuentren siempre imitadores y sucesores. Ese celo en lavar vasos, copas y mesas parecerá casi risible y solo digno de niños; pero no tenemos que ponernos a buscar muy lejos para encontrarlo en torno nuestro. ¿Qué otra cosa es esa gravedad y ese interés con que en el día se disputa sobre casullas, albas, túnicas, asientos, mesas y cosas semejantes? ¿Qué diremos de la atención exagerada que se presenta a ceremonias, ornamentos, gestos y posturas en el culto divino, cuando las Escrituras no dicen una palabra de cosas semejantes? ¿No es esto la renovación de farisaísmo? ¿Qué otra cosa es sino una triste repetición de su alarde de celo exagerado por unos fundados en tradiciones humanas? ¿Qué argumentos pueden usarse en su defensa que los fariseos no hubieran podido emplear con la misma fuerza? Mil ochocientos años han transcurrido ya, y sin embargo, aún vemos entre nosotros esa generación que daba tanta importancia a lavar vasos, copas y mesas. La sucesión de los fariseos se prolonga.

Lo que en segundo lugar debe fijar nuestra atención, es la inutilidad del culto a Dios que consiste solo en palabras. Nuestro Señor da toda su fuerza a este precepto apoyándolo en una cita del Antiguo Testamento: «Que bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas. Este pueblo me honra con labios, pero su corazón está lejos de mi..

Cuando se trata de religión en el corazón es en donde Dios se fija principalmente. La cabeza inclinada, la rodilla doblada, el rostro grave, la postura rígida, las respuestas en toda regla y el amen en toda forma, todas esas cosas no constituyen el adorador en espíritu. La vista de Dios penetra más lejos y más profundamente. Exige el culto del corazón. «Hijo mío» nos dice a cada uno de nosotros, «dame tu corazón».

Recordemos esto cuando estemos en público en la congregación. No debemos contentarnos con llevar a nuestros cuerpos a la iglesia, si dejamos nuestros corazones en casa. Quizás los hombres no descubran ninguna falta en el servicio; posible es que obtengamos la aprobación de nuestro ministro; nuestros vecinos podrán tomarnos por ejemplos de lo que deben ser los cristianos posibles es también que nuestra voz se oiga por encima de todas las otras en el himno y en la plegaria; pero todo eso será peor que nada ante Dios, si nuestros corazones no toman parte. Es solo leña, paja y hojarasca a los ojos de Aquel que penetra los pensamientos, y que lee los secretos más íntimos del corazón humano.

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