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Marcos 6: Sin honor en su propia tierra

No debemos maravillarnos; cuando los hombres han escogido su línea de conducta, y están resueltos a continuar por la senda del crimen en que han entrado, miran mal a todo el que trata de sacarlos de ella. Quieren que los dejen tranquilos; se irritan con la oposición, y se enfurecen cuando se les dice la verdad. Se dijo del profeta Elías que era un «hombre que revolvía a Israel». El profeta Miqueas fue odiado por Acab, «porque nunca profetizó de el bien, sino mal». Los profetas y los predicadores fieles han sido tratados de la misma manera en todas épocas. Han sido aborrecidos al mismo tiempo que no creídos.

No nos sorprendamos, pues, cuando oigamos que se odian, que se injurian a algunos ministros fieles del Evangelio, y que se habla mal de ellos. Recordemos que han sido ordenados para servir de testigos contra el pecado, el mundo, y el diablo, y que si son fieles, tienen que causar ofensas. No es una mancha en el carácter de un ministro no agradar a los impíos y a los malvados; ni deben tener por un honor que todos hablen bien de ellos. Creemos que no se meditan bastante estas palabras de nuestro Señor: «Ay de vosotros cuanto todos los hombres hablan bien de ustedes.

Vemos, en quinto lugar, cuanta influencia tienen en producir el pecado las fiestas y los banquetes. Herodes celebra su natalicio con un espléndido banquete; pasa el día con los convidados en beber y danzar; y en un momento de excitación concede a una joven impía la petición que le hacer de ordenar la decapitación de Juan Bautista. Es probable que el día siguiente se arrepintió de su conducta; pero era ya tarde; lo hecho no tenía remedio.

Es una pintura fiel de las consecuencias que suelen tener las fiestas y las diversiones. Se hacen cosas en tales ocasiones, cuando las pasiones se encienden, que se lloran después amargamente. ¡Felices los que se alejan de semejantes tentaciones, y evitan presentarle al diablo esas oportunidades! Nadie sabe lo que es capaz de hacer una vez que se aventura lejos de los caminos seguros y conocidos. Muchos pueden considerar muy inocente permanecer hasta horas muy avanzadas en salones llenos de turbas numerosas, gozando en fiestas espléndidas con la música y con la danza; pero el cristiano no debe olvidar nunca que tomar parte en ellas es abrir ancha puerta a las tentaciones.

Vemos, finalmente, n estos versículos que premio tan escaso reciben en este mundo algunos de los mejores siervos de Dios. Una prisión injusta y una muerte violenta fueron los frutos que recogió Juan Bautista de sus asiduas tareas. Como Esteba y Santiago y otros, de quienes el mundo no fue digno, fue llamado a sellar su testimonio con sangre.

Historias como estas han sido escritas para recordarnos que cosas mejores están reservadas aun para los verdaderos cristianos. Su descanso, su corona, su salario, su premio, están del otro lado de la tumba. Aquí, en este mundo, tienen que marchar guiados por la fe, y no por la vista; y muy desconsolados se verán, si esperan obtener alabanzas de los hombres.

Aquí, en esta vida, tienen que sembrar, trabajar, combatir y sufrir persecuciones; y si esperan una gran recompensa en la tierra, esperan lo que no recibirán. Pero esta vida no es todo: tiene que llegar el día de la retribución, el tiempo de la cosecha de la Gloria, y el cielo compensará por todo. No, los ojos no han visto, ni los oídos han escuchado, las glorias que Dios ha atesorado para todos los que lo aman. No se ha de medir el valor de la religión verdadera por lo que se ve, sino por lo que no se ve. «Porque yo juzgo, que lo que en este tiempo se padece, no es digno de compararse con la Gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada». Rom.8.18. «Porque nuestra leve tribulación, que no es sino por un momento, obra por nosotros un peso de Gloria inconmensurablemente grande y eterno». Cor.4.17

Mar 6:30-34

Marquemos en este pasaje la conducta de los apóstoles cuando volvieron de su primera misión como predicadores. Leemos que «se juntaron con Jesús, y le dijeron todas las cosas que habían hecho, y lo que habían enseñado».

Estas palabras son muy instructivas: deben servir de guía a todos los ministros del Evangelio y a todos los que trabajan en hacer bien a las almas. Todos ellos deben hacer diariamente lo que los apóstoles en esta ocasión. Deben referir todo lo que hagan a la gran Cabeza de la iglesia; presentar toda su obra a Cristo, y pedirle consejos, dirección, fuerza y ayuda.

La plegaria es el gran secreto del éxito en esas empresas espirituales; conmueve al que pone en movimiento el cielo y la tierra; hace descender la prometida ayuda del Espíritu Santo, sin quien, los mejores sermones, la enseñanza más luminosa, y el trabajo más diligente, son completamente vanos. No son los que tienen las dotes más eminentes los que logran más éxito al trabajar por Dios, sino los que se mantienen en comunión más íntima con Cristo y son más constantes en la oración. Los que claman con el profeta Ezequiel, «Ven de los cuatro puntos cardinales, Oh aliento, y sopla sobre estos muertos para que vivan». Ezeq. 37.9. Los que siguen con más exactitud el modelo apostólico, y «se consagran a la plegaria y al ministerio de la palabra». Hech.6.4. ¡Feliz la iglesia que tiene ministros que saben orar lo mismo que predicar! La pregunta que debemos hacer respecto a un nuevo ministro, no es solamente «¿Sabe predicar bien?» sino también «¿Ora mucho a favor de su pueblo y de su obra?.

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