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Marcos 6: Sin honor en su propia tierra

Notemos en estos versículos que nuestro Señor Jesucristo envía a sus discípulos de «dos en dos». S. Marcos es el único evangelista que menciona este hecho, y merece especial atención.

No hay duda que este hecho tuvo por objeto enseñarnos las ventajas de la asociación cristiana entre todos los que trabajan por Cristo. El sabio tuvo mucha razón en decir, «Mejor es ser dos que uno» Ecl.4.9. Dos hombres unidos hacen más trabajo que dos hombres aislados; se ayudan mutuamente con sus observaciones y comenten menos errores. Se sostienen en las dificultades y no es tan fácil que fracasen en sus propósitos. Se excitan mutuamente cuando la pereza se apodera de ellos y con menos frecuencia la indolencia o la indiferencia los domina. Se consuelan en las adversidades y así no se dejan abatir.

«Desgraciado del que está solo cuando cae; porque no tiene quien le ayude» Ecel.4.10 Probable es que en el día este principio no se recuerda, como fuera debido, en la iglesia de Cristo. No hay duda que la mies es abundante, tanto en la patria como en países extraños, y que los labradores son pocos; que el nombre de hombres fieles es mucho menor que la demanda que de ellos existe. Es innegable que las razones para enviar misiones uno a uno en las circunstancias presentes son fuertes y de mucho peso; pero, a pesar de todo, la conducta de nuestro Señor en este caso es un hecho notable. Apenas hay un solo ejemplo en el libro de los Hechos, en que veamos a Pablo o a cualquier otro apóstol trabajando enteramente solo, y esta es otra circunstancia muy digna también de consideración. Es casi imposible dejar de concluir que si la regla de viajar de «dos en dos» hubiera sido observada más estrictamente, el campo de las misiones hubiera producido resultados más pingues que los que ha dado.

Una cosa, al menos es cierta, el deber de todos los que trabajan por Cristo de cooperar al mismo fin y ayudarse mutuamente siempre que puedan. «Como el hierro afila el hierro, así el rostro de un hombre anima a su amigo». Los ministros, los misioneros, los visitadores de distritos rurales o urbanos, los maestros de las escuelas dominicales deberían aprovechar todas las oportunidades que se les presentaran para reunirse y consultar entre si.

Pablo encierran una verdad que se olvida con demasiada frecuencia: «Y considerémonos los unos a los otros, para provocarnos a amor y a buenas obras; no dejando nuestra congregación». Heb.10.24-25 Observemos, en segundo lugar, que palabras tan solemnes emplea nuestro Señor cuando se refiere a los que no reciben ni oyen a sus ministros. Dice: «más tolerable será el castigo de Sodoma o de Gomorra en el día del juicio, que el de aquella ciudad.

Esta es una verdad que encontramos muy repetida en los Evangelios, y es doloroso ver como muchos la pasan por alto. Por lo que se ve, millares de personas suponen, que si van a la iglesia, y no matan, ni roban, ni defraudan, ni violan abiertamente ninguno de los mandamientos de Dios, no están en gran peligro. Se olvidan que se necesita algo más que abstenerse de esas irregularidades visibles para salvar su alma. No comprenden que uno de los más grandes pecados que un hombre puede cometer a los ojos de Dios es oír el Evangelio de Cristo y no creer en el, ser invitado a arrepentirse y a creer y permanecer sin embargo, indiferente e incrédulo. En una palabra, rechazar el Evangelio es lo que hunde al alma en lo más profundo del infierno.

No concluyamos las lectura de un pasaje como este sin preguntarnos, ¿Qué es lo que hacemos con el Evangelio? Vivimos en un país cristiano, en nuestras casas se ve la Biblia, durante el año oímos predicar con frecuencia la salvación que encontramos en el Evangelio. Pero ¿lo hemos recibido en nuestros corazones? En una palabra ¿hemos abrazado la esperanza que así se nos ofrece cargando con la cruz y seguido las huellas de Cristo? Si así no obramos, somos peores que los paganos que se prosternan ante leños y piedras; somos más criminales que los habitantes de Sodoma y Gomorra. Estos nunca oyeron predicar el Evangelio, por tanto no lo rechazaron; pero nosotros lo oímos predicar, y sin embargo, no queremos creer en él. Examinemos nuestros corazones y tratemos de no condenar nuestras almas.

Observemos, por último, cual era la doctrina que los apóstoles de nuestro Señor predicaban: Leemos que «salieron y predicaron que los hombres debían arrepentirse.

La necesidad del arrepentimiento podrá parecer a primera vista una verdad muy simple y muy elemental; y, sin embargo, podrían escribirse volúmenes para probar lo fundado de la doctrina y en adaptabilidad a todas las edades y épocas, y a todos los rangos y las clases de la sociedad. Está indisolublemente enlazada con las nociones verdaderas respecto a Dios, la naturaleza humana, el pecado, Cristo, la santidad y el cielo. Todos han pecado y se han apartado de la Gloria de Dios, todos necesitan que en ellos se despierte la convicción íntima de sus pecados, el dolor de haberlos cometido, el deseo y la voluntad de renunciar a ellos, y hambre y sed de perdón. Todos, en una palabra, necesitan volver a nacer y acudir a Cristo. Este es el arrepentimiento que engendra la vida; todo eso se requiera para la salvación de cualquier hombre; hada menos debe exigir de los hombres todo aquel que profese enseñar la religión de la Biblia.

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